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domingo, 05 de diciembre del 2021

Democracia: la voluntad popular y las valoraciones intelectuales

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Por Ricardo Sol Arriaza

La población esta desencantada con la democracia, la democracia está en crisis en América Latina, así lo sostiene un estudio recientemente publicado por la Asociación de Universidades Jesuitas. (1) Por su parte el último informe del Latinobarómetro sostiene, en su introducción, que, Ningún pueblo de la región está contento con la manera cómo funciona la democracia en su país. A más de 30 años de las transiciones, las democracias se han consolidado en grados crecientes de imperfección con Estados anquilosados. (2)

Ambos estudios pueden ayudar a una mejor comprensión de la construcción de regímenes democráticos en El Salvador. El primero de éstos, abarca de 1959 al 2019 y el otro, Informe 2021, recoge datos del 2020. Esta coincidencia nos permite observar el cambio de percepción y valoración que los salvadoreños hacen, por una parte, de los gobiernos de posguerra, que concluyen con la elección del presidente Bukele en el 2019 y, por otra parte, sus expectativas y percepción de los primeros años del actual gobierno.

Como puede leerse en estos estudios, hasta el 2018, la población expresaba un altísimo descontento con la democracia, colocando a El Salvador en el último lugar de credibilidad en ella. A partir del 2020, la población recupera su fe en la democracia colocando a El Salvador en el primer lugar en América Latina. Los datos son esos. En cómo explicarlos y entenderlos esta la diferencia.

El análisis de esta realidad sociopolítica se convierte en un desafío. De manera natural la intelectualidad ligada al viejo régimen y algunos de sus aliados internacionales, tienden a despreciar el veredicto de la ciudadanía y se apresuran a descalificar las aspiraciones populares para así justificar su propio juicio sobre el gobierno de turno. En ese caso, salta a la vista un -no siempre justificado- desprecio por el “demos” o descalificación de la voluntad popular. Me parece más atinado académicamente, aunque parece obvio, partir de que la gente, la ciudadanía, no juzga la democracia teórica o ideal, sino su democracia (así, subrayado), la que le toca vivir día a día.

Se hace necesario reconocer, como se verá más adelante, que el cambio de opinión pública expresado en uno y otro de los análisis citados se explica porque se está ante un lapso o período en el que la ciudadanía salvadoreña valora la democracia, en dos regímenes diferentes.

El primero de estos (1990–2019): bipartidista, de liderazgos débiles, poco competentes para la gestión pública, sustentado en un mandato electoral flaco y desgastado, asentado en una institucionalidad democrática deficitaria, con poderes poco diferenciados sino coligados, con marcadas evidencias de corrupción y atrapado en un proyecto económico excluyente-neoliberal.

El segundo momento, el del régimen actual (2019 a la fecha), de clara hegemonía partidaria y liderazgo fuerte, sustentada en un mandato electoral que le ha permitido un franco control del ejecutivo, con débil experiencia de gobierno, pero que en poco más de dos años ha desnudado los vicios de los gobiernos anteriores. El gobierno es señalado de autoritario por su gestión impetuosa, que privilegia sus iniciativas por sobre el apego a los procesos legales establecidos, aduciendo que dicha legalidad es la base jurídica e institucional del régimen que evidenció tantas deficiencias y que favoreció la impunidad.

Tener en cuenta estas disparidades, es imperioso para comprender lo que reportan los estudios mencionados. El informe de las Universidades Jesuitas coloca a El Salvador como el país menos demócrata durante el período del 2015 al 2018. Textualmente indica que: recurriendo al umbral de Kasuya y Mori, trece de los dieciocho países de América Latina están sobre el valor de 0.42 del índice de democracia electoral.  Mientras los restantes 5 países: Honduras (37), Nicaragua (37), Paraguay (36), Guatemala (35) y El Salvador (35), en ese orden, han sido los países en promedio menos democráticos durante el período estudiado. (3)

Obsérvese que estos datos son del período 2015 al 2018, en el marco de un período más amplio 1959 – 2019, es decir comprenden los gobiernos de posguerra civil en El Salvador. En conclusión, lo que algunos intelectuales (incluyendo voceros de la UCA, a contrapelo de lo que indican los estudios de las propia Universidades de la Compañía de Jesús) se esfuerzan por presentar como avances democráticos o como “incipiente democracia” para el período de posguerra, es decir para los gobiernos ARENA-FMLN, éstos no llegan a enderezar la trayectoria histórica, antidemocrática, del Estado salvadoreño.

Por su parte el Latinobarómetro(4), en su cuadro sobre incremento de apoyo la democracia durante el período 2018/2020, en América Latina, coloca a El Salvador como el país que reporta el mayor crecimiento de apoyo, 18 puntos porcentuales, seguido de Uruguay con 13 y otros con menos de dos dígitos, hasta llegar países con índices de decrecimiento, como Nicaragua con -3. (5).

No obstante éste y otros datos que revelan el renacer de la esperanza, por un porcentaje mayoritario de la ciudadanía salvadoreña, en su régimen político, en el mencionado Informe 2021 del Latinobarómetro, se empeñan en destacar más los calificativos de autoritario o populista con que algunos intelectuales y políticos, ligados al viejo régimen, califican al actual gobierno salvadoreño y su presidente, privilegiando así sus propias interpretaciones de la democracia por sobre una interpretación legítima de la voluntad popular expresada en las urnas o en encuestas.

Es por este mismo descuido que el recurso a las palabras dictadura, autoritarismo o populismo predominan en los discursos sobre la coyuntura política actual en El Salvador, más como adjetivos calificativos que como categorías de análisis. Queda pendiente el desafío de una reflexión que propicie un debate contextualizado, fundamentado en categorías conceptuales y basado en hechos y datos concretos.

Una manera de avanzar en dicho debate, en mi criterio, se encuentra en el estudio de las Universidades Jesuitas, antes citado. En éste se identifica una contradicción, manifiesta en las percepciones y opiniones de la ciudadanía, entre la democracia como sistema de gobierno y la efectividad de los Estados o de sus políticas públicas, de cara a las demandas ciudadanas.  Esto es sin duda un avance importante, para este tipo de estudios. Pasar del esclerosado análisis de la defensa o vigencia de la institucionalidad per se, a lo que le interesa a la gente, es decir al cómo los distintos tipos de regímenes democráticos impactan en su vida cotidiana y en su bienestar, en la vigencia de los derechos económicos, sociales y culturales. A partir de este criterio, si es posible avanzar en identificar las distintas percepciones sobre la democracia real (para cada país y para cada momento histórico).

En el caso del Informe del Latinobarómetro, el análisis de El Salvador en particular es sesgado intelectualmente hablando. Sus propios datos les permitirían conclusiones muy diferentes a las de sus analistas, si éstos en lugar de apresurarse a descalificar al gobierno del presidente Bukele, se orientaran a valorar las opiniones y percepciones de la ciudadanía, que es lo que se supone busca el Informe. Para el caso de este país, el error de análisis está en el no diferenciar los dos momentos de la voluntad popular expresada en las urnas y en las encuestas, para dos regímenes muy distintos, que convergen en el mismo período del análisis.

En un esfuerzo por caracterizar la expresión popular recogida en las encuestas y en las urnas, se puede sostener que, en el primero momento se expresa la voluntad popular de romper con un régimen (1990-2019) que no satisfizo sus demandas y expectativas, como tampoco avanzó en la construcción de una democracia confiable y eficaz. Este es un momento de rechazo, no necesariamente a la democracia, sino a un tipo de régimen democrático deficiente.

En el segundo momento se manifiesta la esperanza y castigo, que se expresa reiteradamente, tanto en las urnas (no solo en la elección presidencial sino en la de los diputados), pero también en las encuestas, como aspiración y búsqueda de un camino para superar aquel tipo de régimen que los decepcionó y marginó a su propia ciudadanía.   

  • “Crisis y desencanto con la Democracia en América Latina”, AUSJAL, , Primera edición, 2021
  • Informe 2021. Corporación Latinobarómetro. WWW.Latinoabarómetro.org
  • AUSJAL, Op. Cit. Tabla 1: Valores promedios, mínimos, máximos del índice de democracia electoral, Pág. 33.
  • Latinobarómetro Op. Cit.
  • Idem Tabla 1, Apoyo a la democracia por país y año, Pág. 21
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Ricardo Sol
Académico, Comunicólogo y Sociólogo salvadoreño residente en Costa Rica. Fue secretario general del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA). Columnista de ContraPunto
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