Por: Nelson López Rojas
Vives en una gran ciudad
junto al reloj con la campana
que te recuerda que el tiempo vuela,
que el tiempo vuela y que te alcanza.
Y corres detrás de la vida,
pues la vida se te escapa
y por correrla se te olvida la vida
como se te olvidó un día tu casa.
Alux
Hace diez años, mis amigos cincuentones y raboverdenses solían decir: «La noche es joven», a lo que yo les respondía: «La noche sí; vos no». Nos reíamos de cómo el tiempo pasaba sin pedirnos permiso, convencidos quizá de que todavía teníamos alguna posibilidad de engañarlo. Era fácil hacerlo entonces cuando el tiempo todavía parecía una cosa lejana, una especie de cobrador que tocaba otras puertas, nos burlábamos de las canas, de las rodillas, de las historias que comenzaban con «cuando yo era joven…», como si nosotros estuviéramos a salvo de convertirnos algún día en esos viejos que hablaban de su juventud.
Qué poco sabía uno. Han pasado los años y ahora la frase me parece menos un chiste que una profecía del apóstol Santiago. La noche sigue siendo joven, solo que esta vez uno es el que llega a ella con menos tiempo, más sueño y un inventario de personas que ya no están.
Hasta hoy conservo otra frase, una que suelo lanzar como una especie de avivamiento pentecostal para quien la recibe: «Portate mal, que la vida es una». Y no se trata de hacer estupideces, sino de no confundir estar vivo con estar esperando. De vez en cuando hay que desobedecer el después lo hago porque uno nunca sabe cuándo se acaba ese después.
Decimos a menudo que la vida es corta, pero la vida no es corta ni larga. Simplemente sigue. Uno se pasa la vida ahorrando para el mañana y cuando uno muere, la vida sigue igual. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan, el sol sale, alguien prepara café, los perros esperan que les abran la puerta, el tráfico sigue siendo insoportable y tu reemplazo en el trabajo ya está listo, mientras tus hijos despilfarran el dinero de la herencia. Alguien se enamora; otro se desenamora. Nace un niño mientras entierran a un hombre. ¿Ves?
Lo que sí se acaba es nuestro tiempo. Se consume en silencio mientras hacemos planes, acumulamos resentimientos, dejamos llamadas para después, posponemos viajes y esperamos, con una ingenuidad conmovedora, que mañana estará garantizado. No lo está.
Por eso cuando hablamos de la muerte, más que hablar del final, deberíamos hablar del presente. Lo pienso estos días porque ha estado demasiado cerca. El mes pasado murió una poeta y otro par de amigos del pequeño mundo de escritores, lectores, presentaciones y cafés al que pertenecemos. Ayer murió Andrés. Hoy estuve en su vela.
Fui por él, naturalmente, pero también por los que se quedan, por su hermano, por su familia. Los muertos ya no necesitan nuestra presencia; los vivos sí. A los velorios uno llega para despedir a quien murió, pero termina acompañando a quienes tienen que aprender a vivir con esa ausencia. Nunca hay algo inteligente que decir, entonces uno hace lo que puede: se queda, abraza y escucha.
Así como contaban chistes en los velorios a los que me llevaban de niño, me puse a bromear con el hermano de Andrés. No por falta de respeto, sino porque aliviar un poco la carga es uno de mis talentos. No quitarla —eso nadie puede—, sino hacerla momentáneamente más llevadera. Conseguí arrancarle una sonrisa que no era felicidad, apenas una tregua, unos segundos para engañar al dolor.
Recordé después que Andrés quería ser alcalde de San Salvador, quería hacer algo por la ciudad, aportar y dejar huella. Yo sé que lo habría hecho, el problema es que no tuvo tiempo. O, mejor dicho, tuvo el tiempo que tuvo, pero un día decidió morirse.
Ya, ya sé. Suena brutal escribirlo así, pero la muerte tiene esa maldita maña de interrumpir los planes de uno. Andrés tenía proyectos y una idea de lo que quería hacer con lo que le quedaba. Y un día simplemente dejó de tenerlo.
Hace poco también recibí la noticia de que una amiga está atravesando un momento muy difícil porque su madre está muy enferma. Fue mi profesora en la universidad. De pronto, la fragilidad deja de ser una palabra abstracta porque tiene nombre, rostro y aquella voz que uno recuerda de un salón de clases. Ahí vuelve aquella frase que ha acompañado a generaciones enteras y que alguna vez fue una columna en este medio: del polvo eres y en polvo te convertirás.
Siempre me ha parecido una de las frases más trágicas y dramáticas, pero también de las más democráticas que existen. Es como el carnaval de San Miguel que no distingue entre ricos y pobres, feos y guapos, sabios e ignorantes. Todos terminamos en polvo, aunque muchos vivamos como si solo les ocurriera a los demás.
El tiempo, sin embargo, nunca firma contratos con nadie y por eso pórtense mal. No hablo de hacer daño ni de convertir la vida en excesos. Hablo de romper con la absurda idea que siempre habrá otra oportunidad para ir al Tagadá. Escriban el libro. Hagan el viaje. Enamórense. Perdonen. Pidan perdón. Llamen a sus padres. Digan lo que sienten. Hagan el ridículo. Empiecen. No porque mañana vaya a ser necesariamente nuestro último día, sino porque algún día lo será.
No hay que vivir aterrorizados por la muerte ni convertir cada día en una orgía obligatoria. La palabra dice que hay días para trabajar, para descansar, para aburrirse, para quedarse en casa y no hacer absolutamente nada. También eso forma parte de vivir, pero no convirtamos el “después” o el “cuando gane la lotería” en nuestra forma permanente de existencia. Después viajaré. Después escribiré. Después llamaré. Después arreglaré las cosas. Después le diré que la quiero. Y de repente ya nuay ese después.
Para los haters del boricua, hace poco escuché una canción cuyo título resume una de esas nostalgias que aparecen cuando ya no hay remedio: Debí tirar más fotos como la prueba de que estuvimos allí, de que una conversación, un viaje o una tarde cualquiera alguna vez sucedieron. Lo que no fotografiamos también existió, pero la edad y la memoria tienen sus propias traiciones.
Mucho antes, desde otra generación y otra sensibilidad, Legião Urbana había puesto una idea semejante en una canción: Eu preciso amar as pessoas como se não houvesse amanhã. Necesito amar a las personas como si no hubiera mañana. Yo sé que no se puede vivir literalmente de esa manera, pues tenemos que planear, trabajar y asumir que habrá un día siguiente, pero la frase recuerda que, para algunas personas, efectivamente, no habrá mañana. Y nosotros no sabemos para quién será hoy el último día.
Entonces, ¿qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos? No con nuestra vida en abstracto, sino con esta llamada que no hemos hecho, con esa persona que tenemos enfrente, con el libro que llevamos años diciendo que vamos a leer o escribir.
No tengo una respuesta, pero después de estar en el velorio de Andrés, de pensar en la poeta que murió, en los amigos que ya no están y en mi antigua profesora enfrentándose a la fragilidad del cuerpo, me parece cada vez más difícil creer que la mejor manera de vivir sea esperar a tener dinero, tiempo, menos miedo o el momento perfecto (que probablemente no exista), pero lo que sí tenemos es este momento imperfecto en el que todavía estamos aquí para llamar, viajar, enamorarnos, cambiar de opinión, hacer el ridículo, comenzar de nuevo, pedir perdón, abrazar y respirar. Mientras podamos hacerlo, quizá nuestra única obligación sea no desperdiciar demasiado el privilegio de estar vivos.
La vida seguirá cuando nos vayamos, fo’ sho’. No somos indispensables para que el mundo continúe. Alguien ocupará nuestra silla, heredará nuestros libros, borrará nuestro número o encontrará una fotografía nuestra en algún cajón. Poco a poco, incluso nuestra ausencia se convertirá en parte del paisaje, pero mientras estemos aquí, este es nuestro tiempo. No la vida en general, no el mundo, no. Nuestra vida, esta, este pequeño y finito pedazo de existencia que nos tocó por alguna razón que probablemente nunca entenderemos.
Y se está acabando mientras leemos esto.
Por eso, pórtense mal. No esperen demasiado para decir lo que tengan que decir. No acumulen una colección de “hubiera” para llevarla consigo hasta el final. Hubiera viajado. Hubiera dicho “te quiero”. Hubiera vivido. El hubiera no existe.
Entre el polvo del que venimos y el polvo al que regresaremos existe este breve intervalo que llamamos vida. No podemos detenerlo ni negociar con él, lo único que podemos hacer es estar presentes mientras ocurre.
Así que amen, así sin tilde. Ríanse. Viajen. Escriban. Perdonen. Abracen. Tomen las fotografías. Hagan el ridículo. Quédense un rato más cuando alguien necesite compañía. Y, sobre todo, estén aquí presentes, en persona, porque del polvo somos y al polvo volveremos.