por Redacción ContraPunto
La incorporación de la Generación Z al mercado laboral y al sistema financiero está planteando un desafío que trasciende las decisiones individuales: una parte importante de los jóvenes adultos enfrenta dificultades para administrar sus ingresos, comprender el costo real del crédito y construir un ahorro capaz de responder ante una emergencia.
La llamada Generación Z —formada aproximadamente por quienes nacieron entre finales de la década de 1990 y los primeros años de la década de 2010— creció en un entorno caracterizado por la digitalización de los servicios financieros. Banca móvil, tarjetas de crédito, préstamos inmediatos, compras en línea y modalidades como “compra ahora y paga después” han reducido las barreras para acceder al crédito. Sin embargo, el acceso a productos financieros no necesariamente significa comprenderlos.
Un estudio publicado en 2026 por investigadores de la Universidad de Salamanca analiza la alfabetización financiera de la Generación Z en España y Ecuador y destaca la importancia de factores como el conocimiento financiero, las características institucionales y el grado de inclusión financiera para explicar las diferencias entre jóvenes.
La dificultad financiera de los jóvenes no puede explicarse únicamente por el consumo. Los ingresos insuficientes, el costo de la vivienda, la precariedad laboral, la inflación y la ausencia de educación financiera también tienen un peso considerable.
La investigación reciente del Urban Institute, realizada en Estados Unidos con una muestra nacional de 3,194 personas, encontró que 65 % de los jóvenes de la Generación Z considera que enfrenta condiciones económicas más difíciles que las generaciones anteriores. Al mismo tiempo, muchos están ahorrando: 75 % mantiene ahorros en cuentas corrientes, 42 % en cuentas para jubilación y 25 % en cuentas de ahorro de alto rendimiento.
Esto demuestra que presentar a toda la Generación Z como una generación “irresponsable” con el dinero sería una simplificación. El comportamiento financiero juvenil combina ahorro, endeudamiento, incertidumbre y búsqueda de nuevas formas de inversión.
Uno de los principales riesgos aparece cuando el crédito se utiliza para cubrir gastos cotidianos o para pagar otras deudas. Una persona puede comenzar con un préstamo relativamente pequeño y terminar utilizando un segundo crédito para cancelar el primero. Cuando los ingresos no aumentan al mismo ritmo que las obligaciones, comienza una cadena de refinanciamiento que puede terminar en mora.
Una encuesta de Experian encontró que 71 % de los miembros de la Generación Z consultados consideraba que su conocimiento insuficiente sobre crédito y finanzas personales les había ocasionado errores financieros. Además, 29 % afirmó que esos errores le habían costado al menos 5,000 dólares.
Otro dato resulta particularmente significativo: solamente 19 % de los consumidores Gen Z consultados por Experian en una encuesta anterior afirmó sentirse con un conocimiento sólido sobre el crédito.
Estos datos ayudan a comprender por qué la educación financiera debe comenzar antes de que una persona tenga acceso masivo al crédito.
El problema adquiere características particulares en América Latina, donde conviven bajos niveles de ingreso, desigualdad, empleo informal y una expansión acelerada de los servicios financieros digitales.
La OCDE señala que el acceso al financiamiento en América Latina continúa marcado por importantes diferencias entre países. Según datos correspondientes a 2021, 42 % de la población de la región había contratado algún préstamo, pero solamente 20.1 % lo había hecho con instituciones financieras formales. Esto significa que una parte importante del endeudamiento ocurre fuera del sistema financiero tradicional.
CAF, por su parte, mantiene una base regional de capacidades financieras con más de 400 indicadores sobre conocimiento financiero, ahorro, endeudamiento, planificación, resiliencia ante emergencias y utilización de productos financieros. Las encuestas abarcan países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, Panamá, Uruguay y Costa Rica.
La evidencia regional permite comprender que la educación financiera no consiste únicamente en enseñar a sumar y restar. Implica saber calcular intereses, distinguir entre una tasa nominal y una tasa efectiva, comprender el costo total de un préstamo, evaluar la capacidad de pago y reconocer los riesgos asociados al endeudamiento.
La Generación Z es probablemente la primera generación que puede solicitar un crédito desde un teléfono celular en cuestión de minutos. Esta facilidad tiene ventajas evidentes: permite acceder a servicios financieros, realizar pagos y construir historial crediticio.
Pero también genera riesgos.
La rapidez de las aplicaciones financieras puede reducir el tiempo que una persona dedica a analizar si realmente necesita el crédito. La publicidad personalizada puede estimular el consumo y las plataformas digitales pueden presentar el financiamiento como una solución inmediata, sin que el usuario valore suficientemente el costo acumulado.
Por eso, inclusión financiera y educación financiera deben avanzar conjuntamente. La OCDE ha advertido que la alfabetización financiera puede contribuir a evitar acumulaciones excesivas de deuda y que los bajos conocimientos financieros están relacionados con una mayor utilización de productos crediticios costosos.
El Salvador tampoco está al margen de esta discusión. La Encuesta Nacional de Inclusión y Educación Financiera 2025, impulsada por el Banco Central de Reserva, busca medir precisamente los conocimientos, conductas y actitudes de la población adulta frente al ahorro, el gasto, el crédito y la toma de decisiones financieras. Además, permite analizar los resultados por grupos de edad.
Esto resulta especialmente relevante para las nuevas generaciones. La expansión de las billeteras digitales, las tarjetas, los créditos de consumo y las plataformas financieras hace necesario que los jóvenes conozcan no solamente cómo obtener dinero prestado, sino también cuánto terminarán pagando por él.
El endeudamiento juvenil no debe abordarse exclusivamente como un problema de disciplina personal. También es un asunto de política pública.
La educación financiera debería incorporarse de manera práctica al sistema educativo: elaboración de presupuestos, ahorro, interés compuesto, utilización responsable de tarjetas, comparación de préstamos, riesgos del crédito informal, historial crediticio y planificación para emergencias.
La evidencia internacional demuestra que la alfabetización financiera está relacionada con el bienestar económico y la capacidad de enfrentar shocks. La OCDE/INFE incluye precisamente conocimiento, comportamiento, actitudes, inclusión financiera y bienestar financiero dentro de sus instrumentos de medición.
La Generación Z no necesariamente es una generación incapaz de administrar su dinero. Es una generación que enfrenta un sistema financiero más complejo, más rápido y más accesible que el conocido por sus padres.
El verdadero desafío consiste en lograr que la velocidad para obtener crédito no sea mayor que la capacidad para comprenderlo.
Porque cuando un joven adquiere un préstamo sin conocer su costo total, el problema no comienza el día en que deja de pagar. Comienza mucho antes: en el momento en que firma una obligación financiera que no comprende plenamente.
La educación financiera, por tanto, no debe verse como un complemento de la educación tradicional. En una economía cada vez más digitalizada, constituye una herramienta fundamental para proteger los ingresos, evitar el sobreendeudamiento y construir autonomía económica.
Fuentes principales consultadas: OCDE, CAF, Banco Central de Reserva de El Salvador, TIAA Institute/GFLEC, Experian y estudios académicos recientes sobre alfabetización financiera de la Generación Z