La tranquilidad, no tiene precio.

Juana Ramírez Salgado |

Estaba acostumbrada al silencio.
Era su compañero y, a veces, se fundían en un largo abrazo.

Pero ese día el silencio se interrumpió de repente. Sintió risas y escuchó pasos. Su familia había llegado. De la sorpresa a la incomodidad fue solo un segundo.

Nunca se imaginó que había construido un muro y que sentía que habían invadido su tranquilidad. Pensó que esa visita tenía un propósito y estaba dispuesta a descubrir cuál era.

La miraban con ojos de lástima y, a la vez, tratando de ser tan, pero tan amables que, interiormente, pensó en hacerles una jugada. Abrían ventanas, corrían cortinas, cambiaban de lugar los objetos y todo eso sin pedir permiso.

De pronto, la mayor dijo:

—Supimos que estabas enferma. ¿Es verdad?

Solo sonrió y supo todo. Se quedó en silencio un momento y luego dijo:

—Lamentablemente para ustedes, estoy gozando de muy buena salud, y creo que tendrán que venir en unos años más a visitarme, cuando realmente tengan que decirme adiós.

Sorprendidas, las parientes se hicieron las ofendidas y, muy molestas, le dijeron que se iban y no volverían.

Hacía años que había aprendido a ser directa, a no disfrazar sentimientos. Sabía que todo era una parafernalia para hacerla creer que les importaba su vida. Vida que se destruyó el día del accidente fatal donde su esposo y su hijo habían fallecido y, desde entonces, nunca nadie la visitó cuando más necesitaba apoyo y cariño.

Se había hecho independiente emocional. Ya no importaba si la querían o no. Su casa siempre estuvo abierta para todos, con generosidad, pero cuando quedó sola nadie vino porque ya no había fiestas.

Fue entonces cuando aprendió que estar sola no era tan terrible.

Conoció gente diferente, de su edad, y disfrutaba de paseos de grupo y de tomar el té con algunos. Lo mejor era que eran sinceros, pertenecían al mismo sector, eran personas solas que podían disfrutar cuando podían y también tener paz en el silencio, elegido por salud mental.

Miró a su gato y lo acarició.

No necesito más. Necesito lo que me dé tranquilidad. No quiero la falsedad, los abrazos mentirosos de la familia. Prefiero el «Hola» del vecino y el «Nos vemos al rato», sincero, corto y sin dobleces.


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