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martes, 9 junio 2026

Cuando la censura se viste de universidad: experiencias y bloqueos en la UCA

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Cuando la censura se viste de universidad: experiencias y bloqueos en la UCA.

Por Zarko Pinkas-Ramírez.

Ingresé a la Universidad José Simeón Cañas (UCA) con la ilusión de aprender, de debatir y de formar una visión crítica. Entre 1990-1996, me formé en dicha institución tratando de aceptar lo que fui viendo no solo yo, sino también otros compañeros. Lo que descubrí  fue un entramado de favoritismos, control y censura que contrastaba brutalmente con el discurso progresista, social y humanista  que la universidad proyecta al mundo.

Desde el primer año, se hicieron evidentes las asignaciones de becas: mientras algunos estudiantes con escasos recursos no recibían oportunidades para avanzar, otros, hijos de políticos de izquierda o de familias influyentes de ese sector, accedían a becas internacionales, las cuales eran para salvadoreños de escasos recursos. Era un claro mensaje: los cuadros que podrían sostener la ideología que ellos querían formar eran privilegiados. Los demás, aprendimos pronto, quedábamos en un segundo plano.

Más adelante, en mi segundo o tercer año, intentamos organizar una federación de estudiantil. Me consultaron a mí, como chileno, cómo funcionaban las federaciones en la Universidad de Chile. Compartí mi experiencia y mi visión sobre la participación política y la formación crítica. Pero en la UCA, ninguna iniciativa estudiantil independiente era bienvenida. Dos reuniones bastaron para que rumores y chismes llegaran a todos los pasillos, creados por los acólitos más cercanos al régimen teocrático: que nos expulsarían, que no nos darían equivalencias de notas, que estábamos arriesgando nuestra carrera. La federación se desarticuló antes de consolidarse. La autonomía estudiantil chocaba con la estructura jerárquica y controladora de los jesuitas sobre su feudo.

Durante los últimos años, la presión se volvió más directa. Un vigilante, que parecía alimentarse del resentimiento social hacia los estudiantes, nos hostigaba constantemente. Un día, sin motivo real, me retiró el carnet de estudiante, impidiéndome el ingreso. Esto llevó a una discusión con el guardia, donde expuse porqué él podía tener mi carnet e impedirme la entrada a la universidad siendo que también ya había pagado mis cuotas. El colmo fue que tuve que presentarme a un careo con el jefe de vigilancia, acompañado por el profesor Luis Craus, quien me apoyó como guía y testigo en esta especie de proceso. La injusticia estaba servida: el poder de un vigilante, legitimado con toda la autoridad por la universidad, podía obstaculizar el paso de un estudiante a ingresar, mi libertad a circular y entrar a mis clases.

Todo esto hubiera quedado en la memoria de mis años de estudiante si no fuera porque, más de veinte años después, la UCA repite sus viejos patrones en el mundo digital. Fui bloqueado en la página de Facebook de la universidad por un comentario crítico sobre una conferencia sobre neomarxismo por el año 2014 o 2015. No se trataba de insultos, ni amenazas, ni violencia; solo de opinión y crítica sobre ese evento.

Había olvidado dicha acción de censura hasta que tuve que realizar una labor investigativa para una reseña. Necesitaba fechas y detalles para escribir una nota sobre la edición de un libro de Francisco Gavidia. Al contactar al departamento de comunicaciones para solicitar información, la funcionaria me respondió después de dar mi nombre, explicar el contexto del bloqueo y explicar que esto afectaba mi trabajo investigativo del tema, el cual pude realizar de igual forma (Ver nota: La narrativa de Gavidia vuelve con UCA Editores): “Puede proceder como desee”.

La frase parecía neutra, pero el tono molesto y la falta de empatía me resultaron inmediatamente confuso y después familiares: era el mismo patrón de mis años de estudiante, cuando pedí que no se me subiera la cuota mensual por la pésima situación económica que vivía y el encargado de diferenciación de cuotas me dijo que, si no podía pagar, ese problema no era de la universidad o cuando te toca carearme con un vigilante prepotente o escuchar los chismes amenazantes sobre si  formas parte de una federeción de estudiantes.

¿“Puede proceder como desee”? Ya en ese momento dije lo que se tiene que decir: si yo procediera como periodista, haría una nota sobre la censura que aplica la UCA a sus estudiantes que hacen comentarios en su página de Facebook.

Capaz estaba el río muy pacho: “¿Me está amenazando?” fue su respuesta. La frase, dicha con victimización y personalización, reflejaba un enfoque institucional: un periodista que ejerce su derecho a informar es percibido como amenaza. Respondí que no amenazo, que como periodista escribo sobre hechos y análisis. Su réplica: “Usted juega la carta de que por ser periodista puede publicar lo que desee”.

Este intercambio es un microcosmos de censura semántica: la palabra “amenaza” es utilizada en contextos donde un individuo informa o cuestiona, y el ejercicio profesional del periodismo se percibe como agresión, como un peligro, como una molestia. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y su Relatoría Especial para la Libertad de Expresión, las agresiones, amenazas o intimidaciones a periodistas constituyen una grave violación de este derecho. Lingüistas y expertos en violencia semántica muestran que este tipo de uso de “amenaza” se da en entornos autoritarios y en países donde el periodismo independiente es limitado, como Venezuela, Cuba, Nicaragua, Irán o China [1][2]. La sola asociación entre periodista y amenaza es suficiente para generar intimidación y autocensura.

La reacción de la funcionaria no es un hecho aislado, sino un reflejo de patrones internos de esta institución: favoritismo, control jerárquico, desarticulación de iniciativas críticas y vigilancia hostil. Yo hablé con una representante de la universidad y esta persona es su voz. Al final, que se negara a decir su nombre solo deja más claro mi punto del irrespeto también como exestudiante de esa universidad, como profesional y como ciudadano que pide que se respete la libertad de expresión y una solución que no afecte mi trabajo.

Cada una de estas experiencias, por separado, podría parecer anecdótica; juntas, revelan un patrón que contrasta radicalmente con la imagen humanista y progresista que esta universidad proyecta externamente. El paralelismo final es inevitable: la figura del vigilante físico que hostiga al estudiante y le quita su carnet para impedir su entrada y buscar hostigar para que se vaya de la institución , hoy se replica en el vigilante digital que bloquea a un exestudiante miembro de esa comunidad  por una crítica en Facebook.

Estos bloqueos, estas actitudes y esta victimización institucional recuerdan, en microescala, los mecanismos de control de regímenes autoritarios. No hablamos de dictaduras clásicas, pero sí de la misma lógica: miedo, control, silenciamiento de voces disidentes. La diferencia es que la UCA se presenta como faro de derechos humanos, progresismo y rectitud ; y , sin embargo, aplica internamente un régimen de restricciones y prepotencia que normaliza la censura.

Yo no amenazo; escribo. Y al escribir sobre estas experiencias, expongo un fenómeno ético y profesional: la contradicción entre la apariencia progresista y la práctica interna autoritaria. La UCA es un ejemplo de cómo instituciones con discurso humanista pueden reproducir, en pequeña escala, lógicas autoritarias, hostigando y bloqueando a quienes simplemente ejercen su derecho a opinar y a investigar o aquellos estudiantes que no son visto como parte de su visión de influencia en el poder.

Por eso, cuando una institución educativa adopta ese mismo discurso —cuando una universidad con discurso “humanista” o “de cambio social” percibe como amenaza la libertad de palabra—, se asemeja más a los modelos de persecución estudiantil que caracterizan a cualquier dictadura.

Y todo comienza con algo tan aparentemente simple como un bloqueo en redes sociales, ejemplificando cómo la censura microinstitucional se convierte en un mecanismo de control que va en contra de los principios que la misma universidad dice defender.


[1] González, A. (2020). Amenazas semánticas en contextos autoritarios. Universidad Nacional de Comunicación.
[2] Martínez, F. (2019). El uso del lenguaje como instrumento de control en regímenes represivos. Editorial Universitaria.

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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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