martes, 16 julio 2024
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¿Cuál es el lugar en el mundo de la izquierda?

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A lo largo de los años he sufrido una incomodidad inmensa cuando la gente cuyos análisis resonaban al menos parcialmente con los míos de pronto se mostraban como fascistas antisemitas, estalinistas recalcitrantes, libertarios chiflados o, más recientemente, trumpista

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Por Yanis Varoufakis

Lidiar con abusos aleatorios y sin provocación nunca es fácil, pero lidiar con halagos aleatorios y sin provocación puede resultar aún más difícil.

Un taxista ateniense, partidario de los nazis, me dijo hace poco: «voté por el Amanecer Dorado, pero usted me encanta». Hubiera preferido un puñetazo en el estómago.

Sentí la misma desazón el otro día cuando leí las propuestas del primer ministro húngaro Viktor Orbán, de extrema derecha, para lograr la paz en Ucrania —que no fueron muy diferentes de las que vengo sugiriendo desde que comenzó la repugnante invasión de Putin. Aunque Orbán, a diferencia del partidario del Amanecer Dorado, no me alabó de manera personal, sentí la misma repugnancia.

A lo largo de los años he sufrido una incomodidad inmensa cuando la gente cuyos análisis resonaban al menos parcialmente con los míos de pronto se mostraban como fascistas antisemitas, estalinistas recalcitrantes, libertarios chiflados o, más recientemente, trumpistas. Tratados excelentes, que exponían los chanchullos de los banqueros, degeneraron en viles ataques contra los judíos. Las críticas a la era dorada del capitalismo financierizado temprano se convirtieron en un himno al «tío Joe». Los análisis forenses de la propensión de nuestros bancos centrales a tomarse nuestro dinero a la ligera finalizaban con descabelladas propuestas de criptomonedas que olían a la peligrosa idea libertaria del dinero apolítico. Y por último, pero no por eso menos importante, los reproches perfectamente razonables al imperialismo «liberal», o al desdén de la clase dirigente liberal hacia los obreros, se convertían en llamados a levantar muros, perseguir a los «morenos» o invadir el Congreso.

Sergei Eisenstein captó de manera brillante en su película de 1925, El acorazado Potemkin, la sagrada obligación de detectar la transición radical de un compañero, del humanismo a la misantropía. Durante una ferviente demostración contra la brutalidad del ejército zarista, Eisenstein muestra a un agitador que, de pronto, trata de redirigir la furia de los manifestantes contra los judíos… y entonces otros manifestantes lo callan a gritos. ¡Ojalá fuera tan fácil!

En 2011 fui testigo de cuán difícil es esto. Durante las magníficas demostraciones en Atenas que reunieron a decenas de miles de personas en la plaza Sintagma durante 72 noches consecutivas para protestar contra el deliberado empobrecimiento de Grecia a manos de la troika infame (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), los fascistas merodeaban entre nosotros. Como el hombre en la película de Eisenstein, instigaron a la gran muchedumbre con afiches que reclamaban el ahorcamiento de todos los miembros del parlamento, mostraban a Angela Merkel en uniforme nazi e, irónicamente, recurrían a tropos antisemitas para referirse a sus ayudantes locales.

Mientras la muchedumbre de izquierda aprendía a mantenerse a distancia de ellos y se congregaba en la parte inferior de la plaza Sintagma, lamenté que nunca hubiéramos respondido a los fascistas con tanta decisión como los manifestantes en la película de Eisenstein. Peor aún es que las sucesivas derrotas que sufrió la izquierda internacionalista llevaron a muchos a abrazar la horrible lógica que postula que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

En 1981 me uní a una pequeña demostración en Londres contra Saddam Hussein, por entonces el niño mimado de Occidente, cuyo régimen recientemente había invadido Irán en nombre de los occidentales. Después de que la policía me maltrató y detuvo brevemente, los partidarios de la izquierda me reprendieron y me tildaron de ingenuo por no percibir que nuestra obligación para con la causa palestina era apoyar al único régimen en la región dispuesto a enfrentar a Israel.

Unos 22 años más tarde, después de la demostración contra la invasión de Saddam a Irak impulsada por Estados Unidos, otro grupo de la izquierda me reprendió por oponerme a la invasión. Desestimaron la posibilidad de condenar tanto al asesino Saddam como a la catastrófica invasión para derrocarlo.

La ruptura de Yugoslavia creó incomodidades similares. En 1999, durante la guerra de Kosovo, la izquierda se dividió en dos bandos, que me resultaron detestables por igual. Algunos cayeron en la trampa y apoyaron al régimen criminal de Slobodan Milošević, considerándolo el último bastión en pie contra el imperialismo estadounidense y el expansionismo económico alemán en los Balcanes. Otros plantearon que los bombardeos de la OTAN eran una intervención liberal necesaria como preludio a la democracia en los Balcanes. Fueron días solitarios para quienes nos oponíamos con igual fervor al fascismo de Milošević y al bombardeo ilegal de civiles serbios por la OTAN.

Tal vez el momento más solitario haya sido en 2001, durante una reunión de la junta docente en la Universidad de Atenas, cuando su director sometió a discusión una solicitud del presidente griego para que otorgáramos un doctorado honorario a Vladímir Putin a cambio de un honor similar que la Universidad Estatal de Moscú le había conferido. Fui la minoría unipersonal que se opuso, basándome en que las manos de Putin estaban manchadas con la sangre de más de 200 000 chechenos (había bombardeado Chechenia implacablemente durante una guerra cruel para aferrarse al poder).

Unos doctos colegas con tendencias de izquierda me reprendieron luego por no reconocer que un seudozar autócrático en Rusia era un pequeño precio a pagar a cambio frenar el avance del poder estadounidense en Europa Oriental. Hoy día muchos camaradas de Europa Oriental me señalan como el idiota útil de Putin por no creer que una guerra interminable llevará consigo un régimen democrático a Moscú.

Durante años perdí la esperanza de que la izquierda internacional pudiera salvarse de alguna forma de los puntos ciegos que llevan a los progresistas a perder el rumbo una y otra vez. Hasta ahora. La nueva revolución iraní ofrece a la izquierda internacional una oportunidad excelente.

Los levantamientos de mujeres, estudiantes y trabajadores en todo Irán son categóricos: no se rendirán ante el fascismo oculto tras el seudoimperialismo del régimen, no entregarán su país a la hegemonía estadounidense, ni su economía al capital financierizado.

Están aprendiendo por las malas a negarse a las posturas binarias engañosas (neoliberalismo-estatismo, imperialismo-autocracia, patriarcado-consumismo). Espero que puedan enseñarnos a hacer lo mismo y confío en ello. Es un motivo más por el que debemos apoyar su lucha.

Traducción al español por Ant-Translation

Yanis Varoufakis exministro de Finanzas de Grecia, es líder del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas.

Copyright: Project Syndicate, 2022.
www.project-syndicate.org

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Yanis Varoufakis
Yanis Varoufakis
Analista internacional de ContraPunto. Ex ministro de Finanzas de Grecia; profesor de Economía en la Universidad de Atenas

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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