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jueves, 02 de diciembre del 2021

Coronavirus contra Neoliberalismo

La madre naturaleza se equilibra sola. Por mucha arrogancia que la humanidad sienta como la reina de la creación, seguimos siendo un ente más; para la naturaleza, no somos superiores a la mosca de la fruta, con la que compartimos un elevado porcentaje de ADN

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Claude Bernard (1813 – 1878), biólogo teórico, médico y fisiólogo francés, dijo: “El terreno lo es todo, el microbio no es nada”. La opinión generalizada habla que el coronavirus provoca más daños y hasta la muerte, en las personas con problemas previos de tabaquismo, cáncer, VIH y otros factores que han minado sus defensas. Se dice que, en otros casos, pasa como una simple gripe. Sin embargo, reúne otros aspectos de peligrosidad, es altamente contagioso y muta rápidamente. Estas dos características son las que nos tiene a todo el mundo, en confinamiento en casa.

Aparte de las teorías conspiranoicas, sean ciertas o no, no importan, como no importa quien tenga la culpa. La realidad es que el virus y sus consecuencias es verdadero, que puede ser mortal y que la única forma de luchar contra eso es cortando la cadena de contagio, o sea poniéndonos en cuarentena. Dicha medida no es nueva, ya en los tiempos del Antiguo Testamento, se habla de aislar a los leprosos; en el siglo XIII, las ciudades ponían en cuarentena a los viajeros, para evitar el contagio por la peste negra. Después de todo lo desarrollado, los avances científicos y tecnológicos, la humanidad ha tenido que aterrizar en los métodos de antes de la imprenta. Naturalmente que todos los avances nos garantizarán que no seremos diezmados como entonces. ¿Medidas viejas, o medidas naturales?

La madre naturaleza se equilibra sola. Por mucha arrogancia que la humanidad sienta como la reina de la creación, seguimos siendo un ente más; para la naturaleza, no somos superiores a la mosca de la fruta, con la que compartimos un elevado porcentaje de ADN. Así, contra todo pronóstico, estamos en jaque por un virus, un organismo tan elemental, que no puede ser considerado ni organismo.

Las consecuencias de esto son de tres clases: sanitarias, económicas y sociales. De acuerdo con analistas y comentaristas muy actualizados, la situación sanitaria es muy grave y se pronostica que durará, al menos, ocho meses. Se habla de que se están desarrollando vacunas en algunos países, pero también se advierte que dicho fármaco no estará apto para el consumo humano, hasta en un año, como mínimo. El contagio crece de manera exponencial. Esto lo explican muy bien las cifras de casos en España, publicadas por El País del 18 de marzo: “Los casos pasaron de 2 a 100 en una semana, la siguiente, de 100 a 1.000 y de 1.000 a 4.000 en cuatro días”. Una auténtica avalancha. Si bien dicen los epidemiólogos que algunas personas no lo desarrollan, otras lo pasan como una gripe y solo un porcentaje menor se enferma de gravedad y el 1% muere, todos son transmisores y contagian con el contacto directo, los pasamanos, los asientos del transporte colectivo, etc.

En cuanto a la situación económica y financiera, las condiciones no podrían ser peores. Todas las actividades económicas están detenidas, las fronteras cerradas y las cadenas de producción paralizadas, lo que ocasiona un desastre mundial. Las bolsas de valores entran en pánico y la economía mundial se precipita a la crisis. Cada uno de los países está tomando medidas para detener la cadena de contagio, a su manera. Sin embargo, todas las medidas lesionan la economía, inevitablemente. De hecho, en Italia y España, la situación se salió de las manos, porque no actuaron a tiempo. Aunque ya tenían la experiencia china, le dieron larga a la prevención. Continuaron con la vida, como que nada pasara. Incluso, minimizaron la gravedad, llamándole “una simple gripe”. Continuaron con los torneos de fútbol, conciertos y aglomeraciones de población. Actualmente, el sistema de salud italiano está colapsado y España va por el mismo camino. Ya se habla que, en los próximos días, llegarán al nivel de Corea del Sur. El Primer Ministro de Inglaterra, Boris Johnson, según el periódico “El Día”, de Argentina, edición del 17 de marzo actual, ha tomado una estrategia, verdaderamente reprochable, como es que se contagie el 60% de la población, porque se van a inmunizar los que sobrevivan. Aunque pronto se retractó, sí nos deja bien claro el verdadero rostro del sistema económico actual, el neoliberalismo, que ha elevado el mercado a niveles divinos y la humanidad no es más que la masa de consumidores. Y ese es todo su valor.

Por su parte, varios periódicos europeos y americanos han publicado que Trump está cabildeando con los laboratorios alemanes CureVac que desarrollan la vacuna, ofreciendo miles de millones de dólares por la exclusividad de la patente, lo que ha indignado al gobierno de Angela Merkel. Después, esta noticia fue desmentida y, a continuación, Trump anunció que laboratorios de Estados Unidos están desarrollando la vacuna. Para mientras, este mismo se apresura a inyectar miles de millones de dólares a las bolsas de Wall Street, para salvarlas de la bancarrota y el FMI está ofreciendo préstamos a todos los países, por supuesto con las mismas condiciones leoninas de siempre.

Pero la realidad del día a día es desoladora para la población civil, aquella que vive de su salario, de su venta diaria o de su pequeña producción, que ahora están detenidas por la cuarentena. Mientras los grandes siguen adorando al dios mercado y jugando a sacar ganancias de esta crisis, los de abajo se hunden en la insolvencia. La infección no impacta lo mismo a todos; algunos pasan su cuarentena en yates de lujo, mientras que la gran mayoría no tiene acceso a un verdadero sistema de salud, por las políticas reduccionistas de los gobiernos neoliberales.

El neoliberalismo es más que una doctrina económica. Es un sistema social perverso que ha destruido los principios y valores humanistas, inoculando la peor de las doctrinas entre la población mundial, el individualismo, la codicia y la insensibilidad por el prójimo. Ha creado líderes políticos y sociales, incluso empresariales, incapaces de sentir empatía por nadie ni nada. La reducción de los programas sociales, la corrupción de los sindicatos y gremios y su eventual eliminación, han condenado a la población civil a un aislamiento social, al destruir el sentido comunitario, lo que ahora llaman el tejido social. Como resultado, los estratos más bajos de la sociedad han buscado su tejido social en las formas de antisociedad, como un natural mecanismo de defensa.

Esta es la condición social en que nos encuentra el ataque del Covid-19, el microorganismo que tiene en jaque a todo el sistema actual. Inesperado, desconocido y evasivo, está planteando un verdadero dilema a los líderes mundiales. Nadie pensó en que una pandemia como esta podría ocurrir. Los brotes de protestas populares en todo el mundo parecen ahora como el preámbulo de esta situación. Y muy poco se consiguió ablandar posiciones de los jefes de estado, verdaderos sociópatas, ante las demandas de sentidas reivindicaciones. Ante la nueva realidad que plantea el Covid-19, están obligados a cambiar –o a plantearse cambios– en cuanto a la inversión social. El mismo FMI pide urgentemente, que se aumente el gasto público en salud. Y el presidente de Francia, Macron, dijo el 16 de marzo, en mensaje televisivo: “Lo que revela esta pandemia es que la atención médica gratuita, sin condiciones de ingreso, carrera o profesión, nuestro estado de bienestar, no son costos ni cargos, sino bienes preciosos, activos esenciales, cuando ataca el destino. Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben colocarse fuera de las leyes del mercado”. Ese discurso contrasta con las medidas neoliberales que él mismo aplicó en 2018 y 19, que llevaron al estallido social de los chalecos amarillos.

En los Estados Unidos, con 8,525 casos confirmados hasta el día de hoy, se corre el peligro de que se salga del control, por las características que ya apuntamos. Cada estado está tomando medidas para combatir el contagio. En California, toda la población está en cuarentena. Para mientras, Trump sigue en su campaña de reelección y ha rebautizado el Covit-19, como el “virus chino”, en una clara manipulación chauvinista y de odio hacia China, que le dobló el brazo en la guerra económica.

En nuestro país hay muy poca gente que aún cuestiona las medidas del presidente Bukele, que tomó un claro liderazgo, sin importarle el costo político que podría haber tenido. Eso es pensar en la gente. Es deuda de honor, presentar los respetos a los equipos de salud, migración, logística, PNC, etc., que están trabajando sin descanso en esta emergencia. Honor a quien honor merece.

No hay duda de que el mundo no será el mismo después de esta prueba. Es impredecible el futuro inmediato, pero sí está claro que las repercusiones económicas serán catastróficas, lo que obligará a replantear muchas cosas. Pero también nos obligará a cambiar de actitud. No quiero ahondar en predicciones, solo quiero cerrar con el pensamiento del principio: La madre naturaleza se equilibra sola. Nosotros, como hijos de ella, al romper el equilibrio, estamos ante una respuesta que nos obligará a revisar nuestra conducta y a repensar nuestro futuro.

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Carlos Velis
Escritor, teatrista salvadoreño. Analista y Columnista ContraPunto
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