sábado, 18 mayo 2024

¿Cómo sería una política japonesa de disuasión?

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Las dos características principales de esa capacidad de contraataque son la velocidad y la potencia. Y otro elemento crucial para una disuasión creíble es contar con datos de inteligencia de primera calidad

Por Bill Emmott

LONDRES – La respuesta de Japón a la invasión rusa de Ucrania, y a la «alianza estratégica» anunciada por Rusia y China poco antes de eso, ha sido notablemente decidida. La propuesta del gobierno de duplicar el presupuesto de defensa del país en los próximos cinco años es una muestra de realismo político y de determinación práctica. La pregunta clave ahora es cómo usar ese dinero.

En los documentos que describen las nuevas estrategias de seguridad nacional y de defensa nacional, Japón reconoce el hecho de que para poder defenderse y ayudar a mantener la paz en la región, debe seguir trabajando con sus aliados (en particular Estados Unidos, con el que tiene un tratado de seguridad desde 1951). Pero estos documentos también traen algo nuevo. El gobierno declara públicamente su determinación a asumir un papel central en la autodefensa de Japón, y a disuadir a otros de intentar «cambios unilaterales al statu quo».

Este compromiso con la disuasión es la tarea más importante que se ha fijado Japón. Pero también es la más difícil. Implica disuadir un ataque (convencional o nuclear) de Corea del Norte. Implica disuadir una agresión rusa (por ejemplo desde las cuatro islas Kuriles situadas frente a la costa septentrional de Japón, que la Unión Soviética capturó en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial). Pero sobre todo, implica disuadir acciones chinas contra Taiwán o contra las islas japonesas Nansei, estratégicamente situadas en su cercanía.

Todos saben que al hablar de «cambios unilaterales al statu quo», el documento se refiere ante todo a una invasión o bloqueo de Taiwán por parte de China. El primer ministro japonés Fumio Kishida planteó esa cuestión en el Diálogo de Shangri‑La organizado en junio de 2022 por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Singapur, donde en un discurso de apertura memorable advirtió que «lo que hoy es Ucrania, mañana puede ser Asia oriental».

A quienes crecimos durante la Guerra Fría, la palabra disuasión nos hace pensar en armas nucleares y en la doctrina, temible pero en última instancia tranquilizadora, de la «destrucción mutua asegurada». Pero Japón no tiene esa opción. Las especulaciones respecto de una posible obtención de armas nucleares por parte de Japón son sólo eso: los japoneses no van a tomar esa senda por mucho tiempo, y menos aún con Kishida, cuya familia procede de Hiroshima.

El nuevo rearme japonés también refleja la conciencia de que el país no siempre podrá confiar en la protección (nuclear o no) estadounidense. Sobre todo si en el futuro Japón no hiciera un aporte significativo a la tarea común más amplia de disuadir a China, Rusia y Corea del Norte.

Por eso la nueva estrategia incluye una llamativa mención a la adquisición y creación de «capacidades de contraataque», es decir, una fuerza de misiles tal que adversarios potenciales comprendan que podrá usarse para una represalia inmediata o incluso para llevar a cabo ataques preventivos. Aunque la idea de capacidad de ataque preventivo sigue siendo polémica, el objetivo principal de la nueva fuerza misilística no sería ser usada, sino más bien que se sepa que existe. Tal es la esencia de la disuasión.

Las dos características principales de esa capacidad de contraataque son la velocidad y la potencia. Y otro elemento crucial para una disuasión creíble es contar con datos de inteligencia de primera calidad, sea que Japón los obtenga por su cuenta o en colaboración con los Estados Unidos; porque sólo entonces la potencia de una capacidad de contraataque se puede usar con la velocidad suficiente.

La creación de una capacidad de contraataque creíble es vital para aumentar el poder de disuasión de Japón respecto de sus adversarios potenciales del norte y del oeste: Rusia y Corea del Norte. Pero el adversario del sur, China, presenta un desafío más difícil. Estos últimos años, Japón ha dado señales mucho más claras de su oposición a «cambios unilaterales al statu quo» en relación con Taiwán y el Mar de China Oriental. También puso en claro que sus fuerzas de autodefensa apoyarán a Estados Unidos en caso de conflicto con China. Pero una vez más, la disuasión en estos teatros depende de que Japón desarrolle una capacidad de respuesta cuya rapidez y potencia sean creíbles.

Para ello, no sólo debe modernizar y ampliar sus fuerzas de defensa marítimas, terrestres y aéreas; también debe introducir cambios en su modo de despliegue. Si bien la Fuerza de Autodefensa Marítima de Japón (lo que otros llaman armada) y su numerosa y bien equipada Guardia Costera operan en toda la extensión de las inmensas aguas territoriales japonesas, ninguna de las dos, ni tampoco el ejército o la fuerza aérea, cuenta con alguna base o centro de reaprovisionamiento significativos en las sureñas islas Nansei cerca de Taiwán.

Sin esas bases, por muy poderosas que lleguen a ser las fuerzas japonesas, seguirá siendo demasiado difícil desplegarlas con rapidez a las zonas de conflicto más probables; y lo más importante, será imposible transmitir a los estrategas chinos el mensaje de que Japón tiene capacidad efectiva para una movilización rápida. Mal puede tener un efecto disuasor serio el potencial de sumarse a un conflicto militar semanas o meses después de iniciado.

El uso conjunto de las bases estadounidenses, tanto en la isla principal de Honshu como en la isla meridional de Okinawa, puede ayudar. Pero lo más efectivo sería que China sepa que cualquier intento de invasión o coerción contra Taiwán generará una poderosa respuesta militar de fuerzas japonesas cercanas. Y eso implica establecer bases militares adecuadas en las islas más meridionales.

Esto tampoco será fácil. Las sensibilidades políticas en relación con los mandatos de Tokio son tan fuertes en estas islas del sur como más al norte en Okinawa. Aprovisionar las bases y adaptarlas para que puedan ocuparse todo el año en forma duradera será costoso. Pero es la prueba real de la nueva estrategia de defensa de Japón en los próximos cinco años y después. ¿Son las capacidades japonesas suficientes para modificar los cálculos de riesgo de los planificadores militares chinos? Porque de eso depende en última instancia el poder de disuasión.

Traducción: Esteban Flamini

Bill Emmott, ex jefe de redacción de The Economist, preside el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y la Japan Society del Reino Unido.

Copyright: Project Syndicate, 2023.
www.project-syndicate.org

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Bill Emmott
Bill Emmott
Analista Económico; ex editor jefe de The Economist, es codirector de la Comisión Global para la Política Post-Pandemia
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