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viernes, 14 de mayo del 2021

Clementina Suárez (1906-1991). Mis encuentros con poetas y escritores

Clementina Suarez, insigne poetisa y escritora, nació en la bella ciudad de Juticalpa en Olancho, Honduras, el 12 de mayo de 1902 y murió en circunstancias sospechosas y trágicas, no se duda, que por su posición política, algún sicario arrebatara su vida con saña en 1991, a sus 89 años

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Mi encuentro amistoso con la poetisa CLEMENTINA SUÁREZ, de la hermana Republica de Honduras, conocida a nivel continental, acaeció en la fresca capital de Tegucigalpa, con motivo de nuestra participación, como delegados, junto con los poetas y escritores Roberto Cea, Joaquín Meza, Miguel Ángel Chinchilla y el pintor Isaías Mata, en representación de la Universidad Nacional de El Salvador, en el Simposio de Literatura Centroamericana “ESCRITORES POR LA PAZ DE CENTROAMÉRICA” celebrado en 1986, donde compartimos la presencia amistosa con otros poetas y escritores, centroamericanos y latinoamericanos. Gentilmente los poetas Hondureños Galel Cardenas y Roberto Sosa, nos acogieron amablemente en sus casas.

Clementina Suarez, insigne poetisa y escritora, nació en la bella ciudad de Juticalpa en Olancho, Honduras, el 12 de mayo de 1902 y murió en circunstancias sospechosas y trágicas, no se duda, que por su posición política, algún sicario arrebatara su vida con saña en 1991, a sus 89 años. Según la profesora Janet N. Gold de la Universidad de New Hampshire, U.S.A. expone que Clementina Suarez “mujer bohemia apasionada de los cafés”, que desde joven gustaba ir donde quería, hacer lo que le pareciera en gana, gustaba “frecuentar el estanco de Mamá Llaca en el Barrio la Ronda de Tegucigalpa”, gozando de la tertulia literaria, en compañía de intelectuales, poetas y artistas de su tiempo. Según nuestra mentora, gustaba vestir de forma desarrapada cuya actitud no dejaba de causar ciertos comentarios a las mujeres de su tiempo en Tegucigalpa. (Janet N. Gold: Biografia: 43) Clementina Suarez, surge con su poesía en la generación de 1930, plena época de la vanguardia, movimiento cultural que vino madurando, como consecuencia de los estragos que causa de la guerra mundial, retoñando en poetas y artistas en rompimientos y estilos expresivos, desde los años veinte, haciendo frente a la gran depresión económica de 1929. La expresión vanguardista en Hispanoamérica, surge en contraposición a un “modernismo decadente” (para decirlo así) frente a los imitadores de Rubén Darío, quien había muerto en 1916, poeta de merito, es quien lleva al Modernismo a la cumbre, semilla que floreciera desde los poetas Francisco Gavidia (1867-1955) y Rubén Darío (1863-1916), gracias al estimulo de poetas franceses, como Víctor Hugo y otros poetas parnasianos y simbolistas, con la adaptación del alejandrino francés, con un nuevo estilo expresivo de ritmos clásicos y musicales, sucede durante la primera instancia de Darío hacia 1882 en El Salvador, cuyo apogeo estético influyó en las generaciones de 1898 y de 1927 en España. Tal cual todo movimiento cultural el Modernismo florece y decae, claro, cuando ya no cuajaba estética, ni históricamente con su tiempo, resultaba trillado, decadente ante la reacción imperante de la vanguardia, que surgía en Hispanoamérica desde Europa misma.

Según me contaba en nuestras andanzas y malandanzas, el poeta hermano José Roberto Cea(1939), y que fuera grande amigo de Clementina Suarez, escritora, que convivió hacia 1957 con escritores de su “Generación Comprometida”, cuando la poetisa desempeñaba el cargo de Agregada Cultural de Honduras en El Salvador y quien como promotora de actividades culturales, solía animar, conciertos musicales, recitales poéticos y tertulias literarias, me cuenta, que la visitaban poetas, músicos, pintores, pues resaltaba como una voz de vanguardia femenina, que mostraba carácter rebelde, mujer que hacia crítica punzante a los amaneramientos o normas oficiales, dictatoriales y religiosos. Tenía un sentido de humor característico, de gracia delicada, con esa rebeldía a flor de labio, sin escatimar momento, ni lugar ante quien fuera, cuando se deben decir las cosas coloquialmente, con franqueza moral, con sarcasmo, con valentía, contra aquellos que gustan mantener un estado de cosas injustas, egoístas; en este sentido, su poesía profesaba una expresión vanguardista profundamente humana, de protesta y de reivindicación social por la clase más humilde. Como una anfitriona, la poeta Clementina Suárez, animaba tertulias en el llamado Rancho del Artista, ubicado en la salida a Santa Tecla, frecuentada por poetas y artistas como: Camilo Minero, Luis Ángel Salinas, Orlando Fresedo, Manuel Olsen, Dagoberto Orrego Candray, Eugenio Martínez Orantes, René Arteaga, Roberto Armijo, Tomas Guerra, Otto René Castillo (Guatemalteco que vivía su exilio por esa época en El Salvador, después cayó combatiendo ante la dictadura militar del sátrapa coronel Arana Osorio en 1967), Jorge Arias Gómez, Raúl Edmundo Monzón, René Velasco, Roberto Arturo Menéndez, Eugenio Acosta Rodríguez, Roque Dalton, Manlio Argueta, Tirso Canales, José Napoleón Rodríguez Ruiz y José Roberto Cea, quien con esa jocosidad (de cipote jodión que lo distingue) me cuenta algunas estupendas anécdotas sobre Clementina: ”Para un concierto de Angelita García Peña, Clementina alquiló un piano de cola, nos pidió que ayudáramos en la introducción del artefacto al salón del Rancho, para llegar a éste había una pendiente bastante inclinada, así es que los más fornidos tenían que empujar o sostenerle desde atrás, los más dotados por su altura física eran Roberto Armijo y Manlio Argueta, quienes muy afanados detenían el piano que estaba en la cama del vehículo automotor que lo había trasportado al Rancho; por la concentración y el esfuerzo que esto requería, Armijo y Manlio dejaron al descubierto sus traseros, y Roque, juguetón de siempre, al ver los pantalones de los hermanos caines pegados a sus nalgas, sus inclinaciones propiciaban un buen espectáculo, se las tocó dándoles un pasón con las palmas de sus manos; Armijo y Manlio se asustaron y al mismo tiempo que decían ¡No jodas cabrón! Levantaron los brazos y soltaron el piano que por su inclinación en la pendiente no lo pudieron sostener, sus rodos lo impulsaron hacia la calle, todos nos desconcertamos y salió disparado hasta que se detuvo en el árbol que está en ese triangulo donde convergen las calles. Allí mismo dio su concierto aquel piano que se fue en música dodecafónica, la envidia que tuvo Esteban Servellón (1921) compañero de generación. A los ruidos y nuestras exclamaciones que no sé cómo calificarlas llegó Clementina y dijo: ¡Qué han hecho! ¡¿Con qué voy a pagar esto cabrones?! ¡No lo podré hacer ni con los pelos de la pupusa!

Me hace reír el Pichón Cea, a carcajada cruda, mientras brindamos una segunda ronda de Supremas bien heladas con boca de manguitos tiernos y chicharrones en la conchería de la niña Remigia Solórzano, mientas, rio desmesuradamente y sigue contándome con alegría, mientras le saltan los ojos al poeta ante una hermosa camarera de piernas relucientes que le dice: y "cuando me va escribir el poema que me ofreció don Roberto” ya lo encontrará en uno de mis libros”. Le dice sonriente el poeta Cea, saboreando en día caluroso la fresca cerveza, quien como incansable contador de cuentos en amena conversación, me ilustra con otro pasaje sobre Clementina Suarez, viviendo aquí en El Salvador hacia 1957: “En otra ocasión, quien se llevó lo mejor de la noche fue el embajador franquista: su eminencia llegó con sus ceceos y seseos y zezeos hablando como un colonizador falangista, se había olvidado de la llamada independencia del istmo centroamericano y del resto de nuestra América; entonces Clementina le dijo que se callara, él, le respondió que era Embajador del Generalísimo Franco y tenía que decir lo suyo; como siguiera hablando y Clementina ya se encontraba en la etapa donde podía más la liberada mujer que la diplomática, subió el tono de voz y:”!A callar cabrón!” “No estoy acostumbrado a estos tratos” dijo el embajador franquista. ¡Aquí te acostumbrarás hijueputa!” Respondió Clementina. Lo demás fue un pandemónium. Cea dice que Clementina tenía tres etapas de sociabilidad: la primera era de amor, dulzura, comprensión, toda alegría; la segunda conforme llegaban los “nepentes” al gaznate, era la de conquista, colonizadora, y por último, en la tercera: la intolerancia ante la impertinencia o sin ellas, ésta le tocó al franquista embajador” (Cea: generación comprometida: 2002: 69-69)

Clementina Suarez, estuvo casada aquí en El Salvador, con el pintor de tendencia indigenista José Mejía Vides, quien había sido en México discípulo de loa famoso artistas, Diego Rivera, Siqueiros y Orosco. Luego al enfocar la trayectoria poética de Clementina Suarez, comprendida entre 1930 a 1991 se destacan: “Corazón sangrante”(1930), “Los templos de fuego”(1931), “De mis sábados el ultimo” (México, 1931), “Iniciales” (1930) en coautoría de Lamberto Alarcón, Emilio Cisneros Canto y Martin Paz, “Engranajes, poemitas en prosa y en verso” (Costa Rica, 1935), “Veleros”(Habana, 1937), “De la desilusión a la esperanza”(1944), “Creciendo con la hierba”(1957), “Veleros” (La Habana, 1937), “Canto a la encontrada patria y su héroe”(1958), “El poeta y sus señales” (1969). El renombrado poeta Roberto Sosa (1930- ), premio de Poesía Casa de las Américas (1971), en una entrevista a la poetisa antes de morir en manos delincuenciales dice que: “Si hubiera una sola palabra para extraer su dilatada trayectoria vital, yo propondría: intensidad hasta la última gota de luz que fuera posible. Por eso, Clementina Suarez le ha profesado al tiempo la mas legitima de las lealtades: la autenticidad, lo cual supone a despecho de lo establecido no dejarse avasallar por aquel, no prestar obediencia a sus varios y variados fueros. Ella ha vivido para crecer.” Como vemos Clementina, fue leal a su poesía, muy consecuente con su manera de pensar y de venerar en colectivo todo cuerpo de mujer en sublimidad delicada con el amor, amor intenso como desborda un rio de pasiones, amor humano, amor social, no amor pasivo, sino amor rebelde con visión de ruptura y tradición, amor en la identidad de nuestro pueblo, con sentido de compromiso. La ensayista hondureña Helen Umaña ha valorado la poesía de Clementina, con justo merito en zendo ensayo de interpretación critica: “leer la poesía de Clementina Suarez es una experiencia deslumbrante y conmovedora. Deslumbrante por la riqueza de materiales anudados en torno a un eje de tipo erótico-amoroso. Conmovedora por constituir la apasionada radiografía de una mujer empecinada en conquistar, cada vez más, el sentido de su propia dignidad” (“Literatura Hondureña Contemporánea” (Editorial Huaymuras, Honduras, 1ª edic., 1986)

Clementina Suarez, recibió honores y desempeñó cargos como: Miembro de la Real Academia de Lengua, Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” en 1970, fundadora de la prestigiada Revista Prisma. Respectivamente en 1969 y en 1984, en reconocimiento a su labor cultural, se publican dos Antologías poéticas, una por la Universidad Autónoma de Honduras y la segunda patrocinada por la Secretaria de Cultura y Turismo de Honduras. Cerramos con su voz poética este opúsculo con uno de sus bellos poemas “Mágicamente iluminado como un paraíso”: Me Salí de mi vestido/ y fui a dar con mi cuerpo, / y pude comprobar entonces / el valor de mis pies, mis manos, mis piernas, / mi estomago, mi sexo, mis ojos y mi cara./ supe del deleite que cada uno de ellos me ha dado / y me he dicho de improviso: Qué contorno mágico el de mi costado, / qué antiguos y nuevos ecos en el hielo de mis venas, / qué voz en la garganta, / qué silaba impronunciable en el labio,/ y qué sed detenida en la garganta ¡

Alfonso Velis Tobar: Poeta, ensayista, escritor e investigador de la Literatura Salvadoreña

Bibliografía referida.
– Gold, Janet N. “Retrato en el Espejo, Una Biografía de Clementina Suarez, Editorial Guaymuras, Honduras, 2012, Pág. 43.
– Cea, José Roberto. La generación comprometida (Canoa Editores, San Salvador, El Salvador, Centroamérica, 2003. Págs. 66-68.
– Umaña, Helen. “Una teoría del amor en la poesía de Clemtina Suarez” en “Literatura Hondureña Contemporánea”. Colección Lámpara, 1986. Págs. 217, 221.

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