spot_imgspot_img
spot_imgspot_img
viernes, 30 de julio del 2021

Cita con el santo

Quedaron de juntarse a las dos de la tarde del recién pasado jueves 11 de abril en un sacro sitio martirial: el hospital “La Divina Providencia”, mejor conocido como “el hospitalito” donde ‒en su mayorí­a‒ ingresan personas con cáncer terminal sin capacidad para pagar sus cuidados paliativos. Ahí­ se reunirí­an mi madre, doña Lidia o simplemente Lya, con él. Ella llegó antes: a la una y media; él no. Hubo que aguardar entre las atenciones proveí­das por las solí­citas enfermeras, las explicaciones de los diligentes médicos y el apoyo del personal restante de tan acogedora antesala del viaje a emprender.

Él apareció, por fin, a las ocho y cuarenta de la noche; pero, a final de cuentas, llegó para abrazarla y llevársela. Me hubiera encantado presenciar el encuentro, pero las reglas se respetan: el portón se cierra a las seis de la tarde y nadie entra ni sale hasta doce horas después. Pero tuve el privilegio de acompañarla durante cuatro horas de ansiosa espera, recitando con ella nuestras cómplices “letaní­as”; también haciéndole lo que “por favor”, como siempre, me pedí­a le hiciera.

De eso hay quienes pueden dar fe; de lo que no, es de mi molestia. “Cuando los canonizan ‒pensé‒ quizás se vuelven creí­dos”. “Se les suben las ‘nubes´ en lugar de los ‘humos´…”, rumiaba egoí­sta para mis adentros hasta que alguien me recordó que san Romero de América estaba y está muy ocupado intercediendo en favor de las mayorí­as populares de nuestro paí­s y el mundo. Menudo trabajo; por algo es el santo patrono de los derechos humanos. Lo entendí­ y me consolé porque, no obstante la espera, llegó por ella y ‒me imagino‒ hoy la está preparando para que le ayude en su celestial defensa de la dignidad humana.

Más allá de sus “tufitos”, algo le heredó a tres de sus hijos en esa materia. Ella también vivió tiempos difí­ciles. Su edad: una incógnita por razones que no vienen al caso comentar. Pero nació casi una década antes de la matanza de enero de 1932; fue niña, adolescente y joven durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martí­nez. Su “primer amor”: uno de los tenientes sublevados contra el tirano en abril de 1944. “Me lo fusiló Martí­nez” decí­a, cuando le preguntaban por él; lo lloró a pesar de ser “platónico”. Otro evento cercano a ella: meses después sus hermanos menores, Roberto y Fidias, fueron parte de una fallida “invasión” emprendida para derrocar al coronel Osmí­n Aguirre.

Mi padre, Roberto Emilio Cuéllar Milla, fue candidato a cuarto regidor para el Gobierno municipal de San Salvador ‒perí­odo 1960 a 1962‒ por el Partido Acción Renovadora; más adelante fungió como sí­ndico municipal entre 1964 y 1966, siendo Napoleón Duarte alcalde de la capital por primera vez. Eran “tiempos de conciliación” en los que ser oposición les costaba caro al polí­tico y a su familia. De  entonces, lo más relevante ocurrió cuando ‒en septiembre de 1960‒ la Universidad de El Salvador fue asaltada por fuerzas represivas oficiales. Con un  brazo fracturado y una grave herida en la cabeza regresó mi padre a casa, porque su esposa tuvo el valor para rescatarlo de ‒en palabras de mi hermano Beto‒ las “garras policiales”.

Era “la señora ‘de las cosas bellas y se fue con ellas cuando se marchó. Se bebió de golpe todas las estrellas, se quedó dormida y ya no despertó´. Alberto Cortez cantó así­ y así­ le canto yo, mi querida Lya; mi cómplice, mi maestra en el ‘mal hablar´, en el reí­r y en el gozar. Gracias doña Lidia Margarita Martí­nez de Cuéllar, heroí­na de mil y más batallas. Ya no tendré con quién joder…” Eso fue lo primero que escribí­ tras la cita de mi madre con el santo. Ahora, reconfortado y alegre sabiendo que está con él, debo corregir. Lya, mi hija que heredó de su abuela no solo el nombre sino también otras cosas, me dijo: “Nos tenés a nosotras”. Y es cierto; aunque en otras tierras, tengo a mis hijas.

Y tengo a mi madre que, estando con quien está, vigilará que sea coherente con sus sabias enseñanzas resumidas en tres de sus imborrables frases que me marcaron. De ella aprendí­ a no creer todo lo que dicen porque “el papel aguanta con todo… Hasta en el baño hay”; a no creerme el mejor ya que “hasta entre los perros hay razas… Y vos me saliste aguacatero”; y a rechazar la injusticia pues “el gato que a mí­ me araña estando conmigo en paz, por más halagos que me haga no me vuelve a arañar ¡jamás!”. Y a mí­ me “arañan” cuando atropellan la dignidad de las personas.   

 

spot_img

Últimas entradas