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sábado, 31 de julio del 2021

Castigo vs Concientización

Al niño hay que enseñarle a respetar siendo respetado, a no dañar haciéndole ver las consecuencias de lo mismo

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El uso de castigos en la educación de los hijos es una práctica habitual, tanto en forma verbal como fí­sica. Ninguno de los dos es del todo recomendable, y el lí­mite es tan difuso que en muchos casos linda -o directamente entra- en el terreno del maltrato. Para empezar, deberí­amos actualizar el término y erradicar la palabra “castigo”, que de por sí­ suena fea. Quizás lo más recomendable es utilizar la frase “concientizar al niño de las faltas que comete”.

Pues sí­, toda mala acción debe tener una consecuencia. Ellos mismos deben aplicarse una sanción apropiada a su edad y congruente a la falta cometida. Pero debemos tener claro que este proceso de concientización inicia desde muy temprano, incluso desde el embarazo. Napoleón Bonaparte decí­a: "Los niños se educan 20 años antes de que nazcan". Es decir, con nosotros como padres. Al niño hay que enseñarle a respetar siendo respetado, a no dañar haciéndole ver las consecuencias de lo mismo. Pero criamos seres egoí­stas, que se consideran pequeños reyecitos y al salir al mundo reciben rechazo con estas conductas.

Si bien lo ideal es que ellos propongan la sanción, debe tratarse de algo que produzca un efecto en el infractor: puede ser un tiempo fuera, hacer planas, no tener un helado”¦ O, en caso de los adolescentes, un determinado perí­odo sin su teléfono celular. Mucho de esto dependerá de cada hogar. Lo importante es despertar conciencia más que poner a alguien morado a golpes sin entender el por qué. Porque de ser así­, eso generará un ser que odie al mundo, se sienta ví­ctima y luego planee una venganza contra la humanidad.

En general, las madres son las que más aplican castigos fí­sicos. Del mismo modo, los progenitores de nivel sociocultural más bajo tienden a poner en práctica medidas disciplinarias más drásticas. Según un estudio, el 52% de las madres consideraba que no debí­an haber empleado el castigo fí­sico más de la mitad de las veces que lo hicieron. Otro informe cientí­fico demostró que mientras más fueron golpeados niños de tres a seis años, peor fue su comportamiento dos años después. La represión fí­sica, además, genera efectos colaterales como complicaciones emocionales.

Es que a veces castigamos con enojo, y eso está mal. No solo se trata de condenar la violencia fí­sica sino la verbal y la psicológica, que a veces pueden dañar más. Es fundamental no dejar que las faltas lleguen al extremo para concientizar y encontrar sanciones adecuadas.

Hay ocasiones que se puede permitir un nalgada en casos puntuales o una palmada en la mano, también un jalón si se va a tirar a la calle”¦ Pero gran parte del problema, como decí­a Napoleón, está originado en los padres. Los adultos no prevenimos sino que vivimos como autómatas, y cuando algo pasa respondemos abruptamente, porque jamás nos hemos planteado riesgos al criar un niño.

Los padres, por ejemplo, no protegemos las áreas donde cocinamos y los niños se pueden quemar. Vamos por la calle y se nos olvida que llevamos un niño, Así­, cientos de cosas. Somos padres porque la naturaleza nos hizo para serlo, pero no tomamos conciencia de lo que implica la paternidad… Definitivamente es mucho más que concebir y parir.

En caso de que estos métodos de concientización no funcionen, lo recomendable es acudir a terapia para tener un punto de vista neutral, discreto y fidedigno. Sabemos que un profesional no tomara partido y velará para que encontremos la mejor solución, consensuada y justa.

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Margarita Mendoza Burgos
Titulaciones en Psiquiatría General y Psicólogía Médica, Psiquiatrí­a infantojuvenil, y Terapia de familia, obtenidas en la Universidad Complutense de Madrid, España.
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