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jueves, 23 de septiembre del 2021

¡Ah esos gringos!

En la actualidad, Donald Trump, desde sus primeros momentos en la presidencia, pretendió reestablecer el sistema mundial fundado después de la Segunda Guerra Mundial

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Hay que reconocer que los fundadores de la nación llamada Estados Unidos de América, al final del siglo XVIII, tenían una visión más clara del futuro, que los antiguos imperios, a la sazón en decadencia, de España e Inglaterra. Desde el primer momento, hicieron del expansionismo, una doctrina política. En 1823 el presidente James Monroe acuñó la frase “América para los americanos”. Dicha doctrina está basada en el principio con el que fue fundada la nación, “el destino manifiesto”. Un artículo de fe, que se puede resumir en que la Providencia les dio todo el continente en propiedad, para instaurar la libertad y el autogobierno. Esa es la noción primigenia del liberalismo. Todo un verdadero credo religioso, que llega hasta la fecha.

Compraron a Francia, España y Rusia, las grandes extensiones de terrenos que éstos poseían en aquella región. A México, en cambio, se los arrebataron. En 1895 se agenció su influencia sobre Cuba mediante la intervención en su guerra de independencia del Imperio Español.

En Centroamérica (1856-57), los ejércitos mal armados y peor vestidos de las naciones recién fundadas al disolverse la Federación, detuvieron las pretensiones expansionistas de los Estados Unidos, en la célebre Campaña Nacional, en contra de los esclavistas sureños que buscaban implantar un dominio en la zona del río San Juan, frontera de Nicaragua y Costa Rica. Pero eso no les quitó el sueño. La Guerra de Secesión mandó a los esclavistas a la tumba –aunque solo medio muertos–. Ya entrado el siglo XX, rompieron el territorio colombiano de más allá del Darién y tuvieron su tan anhelado paso interoceánico, el Canal de Panamá. Un sueño de cuatrocientos años, desde que Cristóbal Colón buscó el “Estrecho Dudoso”. Debemos de reconocer que es una de las más grandiosas obras de ingeniería del siglo XX. Así pasamos a ser su “patio trasero”.

Su visión expansionista pretendió continuar durante el siglo XX, extendiéndose hacia los antiguos protectorados y colonias inglesas, francesas, italianas, etc. La Segunda Guerra Mundial vino a cambiar todo el panorama global, cuando en 1945, después del desangramiento total de Europa y la Unión Soviética, los Estados Unidos se erigieron en salvadores del mundo, llevando su Plan Marshall, con el que repartieron unos 12 mil millones de dólares de aquella época, para la reconstrucción, a cambio de detener la expansión del comunismo. No importó que los seis años de guerra recayeran sobre los hombros de las guerrillas de resistencia de los países, compuestas por alianzas de todas las corrientes políticas, incluidos los comunistas, ni que la URSS pusiera una cuota de sangre de treinta millones de muertos para detener el avance del ejército alemán.

Pero como nada es regalado, y menos tratándose de los Estados Unidos, a cambio impusieron su globalización. Reorganizaron todo el tinglado mundial. Revisemos un poco: Fundaron la Organización del Tratado del Atlántico Norte OTAN, una alianza de los antiguos aliados, menos la URSS y los países que quedaron bajo su dominio. A la vez, propiciaron la fundación de la Organización de las Naciones Unidas ONU y sus organismos, como la UNESCO, la OMS, la UNICEF, etc.; por supuesto con sede en Nueva York. La Corte Internacional de Justicia, fundada al mismo tiempo, pero con sede en La Haya, no recibió la bendición de Estados Unidos y no se somete a ella. Desde su asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, ha defendido a gobiernos represores y corruptos, pero proclives a su política imperialista.

Pero la perfecta jugada fue cambiar el patrón monetario basado en el oro, por el patrón basado en el dólar. Para entendernos, ya no era el oro el que daba valor al dinero, sino el dólar. Éste pasó a ser la única divisa internacional. El comercio mundial y las reservas de los países se tuvieron que realizar en la moneda norteamericana. Eso dio a los Estados Unidos una exorbitante ventaja sobre el resto del mundo, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, donde los países en general vivieron una permanente inestabilidad económica. El dólar se convirtió en la única referencia monetaria, a pesar de todas sus crisis. Su secreto, ser el dueño de la máquina de imprimir. Esta es la razón por la que ha utilizado los bloqueos económicos como arma de chantaje político.

En África y Asia lo hicieron a través de asesinatos y desmantelamientos de poderes locales, imponiendo su “sistema democrático”, por el que sometieron a las comunidades religiosas y étnicas al dominio de sectores proclives a la corrupción, a manos de la CIA. Dividieron naciones y crearon países, llevando dolor y muerte a millones, pero afincándose territorios y costas para su doctrina expansionista. De Latinoamérica hay muchos ejemplos que, por sabidos se callan, donde impusieron la Doctrina Monroe. Además, la doctrina del destino manifiesto, extendida al resto del mundo.

Ya dueños del mundo, su paso lógico fue romper el equilibrio social en su mismo territorio. Extrajo las industrias locales, fuentes de subsistencia de las clases media y baja estadounidense, –justo la atracción de las migraciones– y las mandó a países lejanos como India y China. Eso exterminó la clase media estadounidense, otrora muy fuerte y, por supuesto, sus organizaciones sociales, asociaciones y sindicatos, hundiendo a millones en la pobreza y la inseguridad social y laboral, todo por asegurar pingües ganancias a la elite norteamericana. Al sur de su frontera, en su patio trasero, nuestros países quedaron relegados a dos cosas: proveer de materia prima y servicios, además de gente, mano de obra barata. Zbigniew Brzezinski, que fuera Consejero de Seguridad Nacional del gobierno de Jimmy Carter, dijo: “No queremos otro Japón al sur de nuestra frontera” –Citado por el doctor Alfredo Jalife–, con lo que cerraban nuestros países al desarrollo tecnológico. Todo un planeta hecho a la medida de sus necesidades.

El siguiente paso en su expansión se puede resumir en dos fuentes de acumulación. La primera es la implantación del sistema llamado “capitalismo salvaje”, que no es más que la doctrina neoliberal, creación de Milton Freedman y sus Chicago boys, que no es más que la eliminación del estado –excepto los sistemas judiciales y represivos–, en especial en las áreas sociales (solo veamos las crisis de los sistemas de salud con la emergencia actual en toda Europa y Estados Unidos).

La segunda fuente de acumulación es la globalización de la industria y el comercio. Sin embargo, esta jugada era un arma de dos filos. Aquellos países, en especial China e India, fueron desarrollando también su propio progreso. De pronto, éstos se convirtieron en competencia. No era tan preocupante la India, como China, la que tiene un sistema diferente, curiosamente apodada con un nombre que les hiela la sangre a los gringos: El comunismo. Aunque China ya no es comunista ni nada que se le parezca, desde la muerte de Mao y el encarcelamiento de su esposa; con la reforma y apertura de Deng Xiaoping, la China ha adoptado el capitalismo neoliberalista, el cual se le acomoda muy bien, en su sistema autoritario. Pero el sistema de gobierno estadounidense se basa en los mismos viejos fantasmas.

Con la disolución del bloque soviético, la elite política estadounidense tuvo una muy equivocada lectura. Se creyeron los dueños absolutos del mundo y se lanzaron a la guerra de conquista del mundo islámico –con el exterminio de los gobiernos opositores a su política–. Desde la perestroika a la actualidad, el panorama que Estados Unidos ha impuesto al mundo es, verdaderamente, apocalíptico. Las destrucciones de pueblos y ciudades con historia ancestral, han sido totales. Los refugiados se cuentan por millones, con todo el drama que eso contiene. El único límite para sus afanes destructivos, es que los países no contengan la bomba atómica.

En la actualidad, Donald Trump, desde sus primeros momentos en la presidencia, pretendió reestablecer el sistema mundial fundado después de la Segunda Guerra Mundial. “Make America Great Again” fue su lema, sin darse cuenta de que era anacrónico y que caducó hace muchos años. Su primera reunión con la OTAN fue para exigirles que compraran más armas. Turquía las fue a comprar a Rusia.

Enfrentó a los países asiáticos por conflicto de la propiedad intelectual y declaró la guerra comercial a China, con catastróficas consecuencias para él. En estos momentos, Europa está hablando de eliminar la OTAN, que ya no tiene ninguna razón de existir, puesto que Rusia ya es su aliado comercial. Después de muchas guerras de dominio, Estados Unidos enfrenta una crisis de inéditas dimensiones, además del desafío de países como Irán, Venezuela y Rusia, que han sabido campear los bloqueos y sanciones.

El caso de Irán es muy ejemplar. Después de muchas amenazas y acosos comerciales y militares, ha sobrevivido; en ningún momento ha dejado su desarrollo armamentista ni su industria petrolera, a pesar de las agresiones de los gringos. La peor fue el asesinato artero al general Qasem Suleymani, comandante de las Fuerzas Quds, a través de un ataque con drones, después de haber sido invitado a Irak para charlas de paz. La represalia fue ejemplar y magistral. Un ataque con misiles que destruyó por completo la base de drones de USA, sin bajas humanas. Ante el secuestro de un barco petrolero, por la marina británica, Irán secuestró dos. Y el último desafío a los gringos, fue el envío de cinco barcos petroleros a Venezuela, sin importarle los bloqueos ni las amenazas bélicas, ante las que advirtió represalias en el estrecho de Ormuz.

El dólar está perdiendo su hegemonía mundial, países como Rusia y China están comerciando con sus propias monedas y preparan todo su sistema para desechar esa divisa, con lo que daría el golpe de gracia a la fuerza imperialista de Estados Unidos.

En este momento, la pandemia del Covid19 ha venido a interferir en ese orden mundial que le dio días de gloria a los imperialistas y sus criados locales, corruptos que medraron de la desgracia de sus pueblos. Ha quedado más que demostrado que Estados Unidos no tiene aliados, sino vasallos. La crisis generada por la pandemia reveló a Trump como una persona sin valores morales ni empatía por nadie. Prohibió la venta de insumos médicos al resto de países y hasta robó cargamentos de éstos. Como dice Dagoberto Gutiérrez, dicho virus vino a poner en claro un conflicto endémico, que es la guerra entre la salud y la economía.

Trump, desde el primer momento, ha estado en negación, ha rechazado todos los protocolos sanitarios y prácticamente ha obligado a los estados a no hacer cuarentena. Su campaña de reelección es más importante que nada. Su arrogancia ideológica y su doctrina recalcitrante de la época de Teddy Roosevelt, ha motivado a lo peor de la sociedad gringa, a salir de sus madrigueras. Los racistas, supremacistas y, con ellos, los fanáticos “cristianos”, puntal principal de sus electores.

Lo que no esperaba –¿o sí?– era que la población, harta de todos los desmanes de la policía –fundada en el siglo XIX para perseguir esclavos fugados, ahora se encarga de reprimir a las minorías–, se alzara en todos los estados de la nación, en un movimiento civil de gran envergadura. Comenzó como protesta por la muerte de George Floyd y se convirtió en un poderoso movimiento antirracista, que amenaza con cambiar de raíz la historia de los Estados Unidos. El repudio es tal, que están derribando monumentos a líderes esclavistas, generales del Ejército Confederado, a los que aún se les rendía culto, la bandera confederada, que aún ondeaba en los estados sureños y hasta Cristóbal Colón y fray Junípero Sierra. Ante esto, la imagen que Trump ha proyectado es de un matón desquiciado, que no tiene ningún nivel de empatía por la gente ni su sufrimiento. Lejos de buscar la pacificación a través de palabras conciliadoras, ha atizado el fuego respaldando los excesos policíacos. Incluso, haciendo claros llamados a la violencia racial.

Como resultado, los sentimientos racistas han despertado con todo el vigor de años de espera en voz baja. Diariamente se producen agresiones de ciudadanos caucásicos comunes y corrientes, contra ciudadanos de minorías. En la época de los teléfonos inteligentes, las redes sociales son testigos oculares de esos eventos.

Todos esos energúmenos son los votantes de Trump, ignorantes, fanáticos “cristianos” sectarios, racistas y que creen que la tierra es plana. En el mundo de ellos, solo hay dos clases de seres humanos: Ellos y los extremistas-comunistas-terroristas. El neoliberalismo elevado a nivel de credo religioso. Pero no nos engañemos. En Estados Unidos hay dos sectas de la misma religión, tan fanática la una como la otra y en la actualidad, pelean por el botín.

Aris Roussinos, reportero de guerra y estudiante de PhD en Relaciones Internacionales, dice en el artículo “Covid has exposed America as a failed state” (UnHerd, 1 de junio 2020): “A través de algún proceso mágico, todos los modales de pensamiento político en los Estados Unidos se transmutaron en religión. Los oponentes de Trump en la izquierda radical y liberal han destrozado la teoría del postmodernismo francés y la han convertido en un calvinismo duro y milenario. En la derecha populista, la teoría de la conspiración (QAnon) del estado profundo contra Trump, está volviéndose rápidamente en un culto religioso ampliamente difundido, una herejía maniquea con Trump al centro, como su deidad vengadora”.

Esta religión laica, ha sido extendida hasta Latinoamérica, con catastróficas consecuencias. Solo recordemos el aciago evento del asesinato de un sabio maya-quiché, en Guatemala, por la acusación de brujo, un científico de la medicina natural, quemado como las brujas en la Europa antigua. También las formas de organización militar que las sectas evangélicas han adoptado en países como Brasil.

Por su parte, China e India, los antiguos socios menores, con pueblos que trabajaban en aquellas industrias globalizadas por una pitanza, se convierten en potencias económicas –se le crecieron los enanos–, Rusia ha sido reconstruida y reconvertida en polo de poder en el mundo. Los analistas de la geopolítica hablan de la transición de un mundo bipolar, cuando existía la URSS, a otro unipolar, con US como poder hegemónico, aterrizando en la actualidad, con un mundo multipolar.

La guerra económica y tecnológica que Trump le declaró a China terminó siendo ganada por ésta. La compañía tecnológica Huawey terminó doblándole el brazo a aquél. Los últimos reportes económicos, colocan a Huawey en el primer lugar en ventas mundiales de teléfonos celulares. Las amenazas de Trump a sus aliados para que no negocien con China y Rusia no han logrado su objetivo. Europa, después de muchos años de sometimiento a los dictados de los gringos, los países están comenzando a tomar posiciones independientes.

Angela Merkel, la presidenta alemana fue contundente al responderle que va a seguir con la construcción del gasoducto ucraniano. Sobre todo, después de la conducta tan poco solidaria que US tuviera en la emergencia de la pandemia; fiel a su credo neoliberal, no mira más que oportunidades de negocios, no importa con qué, desde las mascarillas y guantes, hasta la posible vacuna. Posiblemente, los europeos no olviden que fueron China y Cuba los dos países que les tendieron la mano en los momentos más difíciles.

En estos días, China, Rusia e Irán están creando organismos paralelos a los tratados comerciales de Estados Unidos y están propugnando por cambiar la sede de la ONU, ya que, al tener la residencia en Nueva York, los gringos han podido manipular el papel de dicho organismo. La “diplomacia” de Trump, tampoco ayuda mucho. Más amenazas y más chantajes, sin ofrecer nada a cambio, mientras que China avanza con negocios, préstamos blandos y apoyo social. Sus megaproyectos, como la Ruta de la Seda y el Tren Rápido, que ya conectan países europeos y asiáticos, continúan a pesar de las bravatas de Trump.

Muy interesante la respuesta que el expresidente Jimmy Carter le dio a Trump en una llamada telefónica, publicada en el Newsweek del 15/4/19: “Desde 1979, ¿sabes cuántas veces China ha estado en guerra? Ninguna. Y nosotros hemos estado en guerra. Somos la nación más guerrerista en la historia del mundo, por nuestra tendencia a forzar a otras naciones a que adopten nuestros principios… Mientras que China tiene cerca de 18,000 millas de Tren Rápido, los EU han desperdiciado, creo, $3 trillones en gastos militares… China no ha botado ni un solo centavo en guerra. Por eso están delante de nosotros. En casi todo”.

Pero ni Trump está derrotado todavía, ni el imperio y el sistema liberal han muerto. Las estimaciones de los analistas es que, en noviembre, podemos tener la sorpresa de una reelección. Aunque si hay un relevo, será de la misma gerontocracia. Al respecto del imperio y su sistema, concuerdan en que está herido de muerte, pero que todavía puede hacer mucho daño, como toda fiera en agonía.

Y en toda esta historia, ¿cómo quedamos los patios traseros de US?

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Carlos Velis
Escritor, teatrista salvadoreño. Analista y Columnista ContraPunto
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