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martes, 18 de mayo del 2021

Actualidad de la Roma antigua

Leyendo el libro de Mary Beard SPQR. Una historia de la antigua Roma (Barcelona, Crítica, 2016) es casi imposible no concluir que, en asuntos de poder político, los seres humanos hemos venido reeditando –con cambios en los recursos técnicos y estilos en su ejercicio– prácticas que se fraguaron en la antigüedad romana. En su libro, la profesora Beard se centra, en lo esencial, en los siglos IV a. C. al siglo II d.C., es decir, el periodo histórico que va del nacimiento y auge de la República hasta la implantación y primeros dos siglos del Imperio. Asimismo, es altamente probable que lo que tuvo vigencia en Roma, en cuando al ejercicio del poder, se pudiera encontrar en otros momentos del pasado humano –en los 200 mil años de presencia en la tierra de nuestra especie, la Homo sapiens, le ha sucedido de todo–, pero el legado romano, en política, derecho y cultura tiene una repercusión y vigencia directa en nosotros, como se verá con algunos ejemplos tomados de las lecciones de historia romana antigua que, en su libro, ofrece Mary Beard.              

Antes de mencionar tales ejemplos quiero anotar un par de cosas que me parecen importantes en el enfoque de Beard. La primera es que ella inicia su narración partiendo de los formulaciones que, en el siglo I a.C., se elaboran en Roma sobre su propio pasado, en las que es pieza clave la referencia a las figuras fundacionales de Rómulo y Remo, al igual que lo es la recreación de un origen glorioso de Roma a partir de presuntas gestas realizadas por quienes, prácticamente, estaban ahí desde el principio de los tiempos o cuya llegada de otro lado está cubierta de un velo de misterio, en el que las fuerzas divinas juegan un papel decisivo.

La profesora Beard hace ver como esa recreación mitológica fue tomada por válida en los siglos siguientes, pese a no tener ningún respaldo en la realidad, la cual –en virtud de estudios  arqueológicos– revela que no hubo ni magnificencia ni misterio divino en la primera urbe que recibió el nombre de Roma. No hubo tampoco unos seres humanos que se originaron en Roma, sino que fueron pobladores migrantes los que ahí se instalaron antes del año mil a.C. Como dice la autora: “lo que es cierto es que en el siglo VI a.C. Roma era una comunidad urbana, con un centro y unos edificios públicos. Antes de esto, en cuanto a las primeras fases, tenemos suficientes hallazgos dispersos de lo que se conoce como la Edad del Bronce Medio (entre 1700  y 1300 a. C) para pensar que había personas viviendo en aquel emplazamiento, más que ‘de paso’” (p. 88).

Este enfoque me hizo pensar en Mesoamérica y los relatos que se elaboraron (y reelaboraron) posteriormente para referirse a su “pasado fundacional”. Creo que de aquí viene esa noción tan emocional, pero tan discutible, de “pueblos originarios”. Sospecho que en algunos ambientes no se ha tenido el cuidado de tomar los “relatos fundacionales” como lo que son: recreaciones posteriores, elaboradas por “ideólogos”, sobre como se imaginaba que había sido ese pasado, a lo mejor en beneficio de castas o familias dominantes. No se trata de una explicación científica, factual y lógica, de lo que realmente sucedió.

De todos modos, ahora lo sabemos bastante bien: los primeros pobladores de Mesoamérica fueron migrantes, provenientes de Norte América, que continuaban la tradición errante del Homo sapiens iniciada en África hace 100 mil años, y que llevó a los de nuestra especie a Asia, Australia, Europa y América. Entonces, si se toma “pueblos originarios” como colectivos, o comunidades, formadas por seres humanos que estuvieron aquí desde los orígenes de la geografía mesoamericana (o que como seres humanos se originaron en estas estas tierras, es decir, que no llegaron de ningún otro lado), eso es absolutamente falso, y en nada ayuda esa visión errónea a la defensa de la dignidad y los derechos que conciernen a esas comunidades, colectivos o individuos en su condición de seres humanos.

Lo segunda cosa que me llama la atención es la postura de la autora sobre los hechos privados, escandalosos, de la vida de los emperadores romanos para la comprensión histórica. Al respecto, Beard es firme: lo anecdótico es irrelevante para entender y explicar las estructuras de poder y el funcionamiento del imperio. “Fueran cuales fueran las opiniones de Suetonio y de otros autores antiguos –escribe–, las cualidades y el carácter de cada uno de los emperadores no eran tan importantes para la mayoría de los habitantes del imperio, ni para la estructura esencial de la historia de Roma y sus grandes procesos…Bajo los relatos escandalosos y las historias de sodomía (…)… hubo una estructura de mando sorprendentemente estable y… un sorprendentemente estable conjunto de problemas y tensiones durante todo ese período. Y esto es lo que necesitamos comprender para darle sentido al gobierno imperial, no las idiosincrasias individuales de los gobernantes. Después de todo, nunca se nombró cónsul a ningún caballo” (pp. 431-433).

Y ahora, tres ejemplos significativos sobre prácticas de poder en la Roma antigua, que no dejan de resultar familiares en el presente. Los ejemplos están tomados del periodo imperial, pero en la época republicana –también examinada por Mary Beard– se pueden encontrar otros muchos. Y el primero tiene que ver con quien inició el ejercicio imperial poder, llamado Cayo Octavio (conocido como Octaviano), que pronto supo explotar la capacidad y habilidad de cambiarse nombre. Primero se cambió a Cayo Julio César, sacando partido del simbolismo de Julio César, de quien era sobrino nieto e hijo adoptivo, y luego, ya investido de poder, en el 27 a.C, se cambió a Augusto, que quería decir algo así como el “reverenciado”. Augusto se mantuvo en el poder durante cuatro décadas, hasta su muerte en el 14 d.C. Hizo todo lo que estuvo a su alcance, con los apoyos correspondientes, para dotarse de un aura de divinidad, lo mismo que para promocionar –y perdurar gracias al mes que que lleva su nombre: agosto– una imagen suya siempre joven, en monedas, esculturas y pinturas, por todo el imperio. No faltaron los críticos que “acusaron al régimen augusteo de basarse en la hipocresía y la falsedad, y de abusar del lenguaje y las formas tradicionales republicanas como capa con la que envolverse y ocultar una tiranía de línea dura”(p. 384). No obstante, fue tanto el influjo posterior de Augusto que los sucesivos emperadores añadieron “Augusto” a su nombre, lo mismo que implantaron el lema de saludo “¡Ave César!”. La transgresión de la diferencia entre los dioses y un persona con poder, realizada por este primer emperador, dio la pauta para que algunos de los emperadores posteriores no dudaran en divinizarse al extremo, como fue el caso de Claudio –tercer emperador después de Augusto, precedido por Tiberio y Cayo (Calígula)–, quien no sólo fue divinizado, sino que tuvo sacerdotes y templo.

Otro ejemplo es el del uso de la barba por parte de un jerarca del poder político romano. La profesora Beard hace notar que fue Adriano –décimo tercer emperador después de Augusto– el primero en hacerlo. El cambio en las imágenes de este emperador, y los siguientes, fue evidente. “Habría que estar medio ciego –escribe Beard– para no percatarse del cambio drástico que se había operado en el aspecto del gobernante casi al comienzo del siglo II d.C. Con al acceso de Adriano en el 117 d.C., después de más 100 años de relatos imperiales si rastro de pelo facial (sólo una mínima barba incipiente si estaban de duelo), empezaron a representar a los emperadores con barbas completas, una moda que se prolongó durante el resto del siglo y bastante después del periodo que abarca este libro”(p. 439).

En realidad, la moda de la barba, como parte de la imagen de líderes políticos, llegó con fuerza al siglo XX latinoamericano, cuando, hacia 1959, con la revolución cubana y su influjo, las barbas –inspiradas en Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos– se hicieron parte de la indumentaria de los revolucionarios, y sus simpatizantes, desde México hasta América del Sur. Y las barbas siguen vigentes en el siglo XXI.

 Mary Beard dice que la decisión de Adriano es un enigma, pese a que, en su momento, algún autor sostuviera que era para ocultar sus granos. “¿Acaso –se pregunta la autora– un intento por emular a los filósofos griegos del pasado?”. Y continúa: “Adriano era un admirador de la cultura griega, al igual que el filósofo Marco Aurelio. ¿Fue, pues, parte de un intento por intelectualizar el poder imperial romano, por representarlo en términos griegos? ¿O apuntaba en la dirección contraria y se remontaba a los rudos héroes militares de la Roma más primitiva, anterior incluso a la época de Scipión Barbato de comienzos del siglo III a.C., cuando lucir barba parecía algo excepcional en un romano? Es imposible saberlo y no existe ningún texto romano que explique la aparición de las barbas”(pp. 439-440). En cuanto a nuestros revolucionarios barbudos, cabe sospechar que la barba, además de mostrar su dureza personal, también revelaba su entrega a la una lucha que se libraba en zonas montañosas (o que ahí adquiría sus rasgos definitorios), en las cuales ni se tenía tiempo ni condiciones para algo tan pequeño burgués como afeitarse.

Por último, la pretensión de cada nuevo emperador de comenzar su mandato de cero, realizando obras de infraestructura –como palacios, templos y anfiteatros– nunca vistas, según cada uno de ellos, en el imperio. Por supuesto que no se partía de cero, sino de lo realizado previamente, pero la idea era creer y hacer creer que lo que iniciaba con el nuevo emperador era algo inédito en cuanto a su magnificencia; y las referencias positivas al pasado incumbían más a los héroes fundacionales que los antecesores en el poder imperial, principalmente al antecesor inmediato. “Muerto el emperador, viva el emperador”: ese fue el precepto que se impuso. Y, en muchas ocasiones, en la anulación del emperador muerto debía procederse con la mayor prisa –para lo cual siempre había servidores del gobernante anterior dispuestos a atender a un nuevo amo–, como sucedió, como indica Mary Beard, con Claudio cuya cabeza se esculpió, una vez muerto Cayo (Calígula), en un molde ya iniciado con la cabeza de éste.

A propósito de esto último, los emperadores más demonizados por sus sucesores fueron los que murieron asesinados, en tanto que los que murieron en sus camas fueron ensalzados, especialmente por sus hijos y herederos. “La política del cambio de régimen –dice Beard– tuvo una influencia decisiva en la forma en que pasaron a la historia los distintos emperadores, pues que se reinventaron las trayectorias y el carácter de los personajes imperiales al servicio de aquellos que los siguieron (p. 430).

No quiero terminar esta reseña del libro SPQR. Una historia de la antigua Roma sin mencionar la inquietud que manifiesta su autora por el lugar de la gente común en todas estas tramas de poder que hicieron transitar a Roma de una República a un Imperio, que vivió momentos críticos, que anunciaban su final, con el saqueo de la ciudad en 410 d. C., por parte de Alarico y sus visigodos. De los aproximadamente 50 millones de habitantes en el Imperio, la mayoría “serían campesinos, no las fantasiosas creaciones de los escritores romanos sino pequeños agricultores a lo largo y ancho del imperio… Para estas familias, poco importaba quién estuviera en el gobierno, las diferencias no iban más allá de un recaudador de impuestos diferente, una economía más amplia en la que vender sus productos y un mayor abanico de baratijas que comprar si tenían suficiente dinero sobrante” (p. 472).

Quienes, dentro de esos 50 millones, eran pobres en el límite, ni siquiera han dejado alguna huella de su existencia, pues “los que nada tienen dejan muy pocas huellas históricas o arqueológicas. Los efímeros barrios de chabolas no dejan marcas permanentes en el suelo; los que son enterrados sin nada en tumbas sin señalizar nos dicen menos de sí mismos que los que van acompañados de elocuentes epitafios” (p. 475). Pareciera que la matriz histórica romana –con la opulencia de unos pocos y la miseria de la mayoría–, y no sólo unos determinados hábitos políticos, sigue siendo el marco organizador de bastantes de nuestras sociedades, en América Latina, África y Asia.       

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Luis Armando González
Columnista Contrapunto

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