spot_img
jueves, 17 septiembre 2026

Memorias en la Zona Rosa | El año del aburrimiento | Parte 14

¡Sigue nuestras redes sociales!

Zarko Pinkas |

Después de regresar de Guatemala, San Salvador me pareció una ciudad tranquila. Quizá demasiado tranquila. La última semana en Guatemala la había pasado con un aburrimiento considerable, casi esperando que algo ocurriera para sentir que nuevamente estaba vivo. Yo había regresado a un país que acababa de salir de una década de guerra y, sin embargo, para mí la sensación dominante no era la de haber entrado en una nueva época, sino la de estar atrapado en una especie de pausa. El año anterior había caído el Muro de Berlín, el mundo estaba cambiando de manera acelerada y nosotros, con veinte o veintidós años, parecíamos no tener la menor conciencia de aquello. Mis amigos no hablaban del derrumbe del comunismo, ni de Europa, ni de la nueva realidad internacional. El mundo podía estar reorganizándose y a nosotros nos interesaban otras cosas: las discotecas, las mujeres, las conversaciones interminables y la posibilidad de encontrar un lugar donde pasar la noche sin tener que pensar demasiado en el día siguiente.

Yo había comenzado además mis clases en la UCA y aquella experiencia tampoco me había producido una fascinación extraordinaria. Me parecía, para decirlo de una manera sencilla, otro escenario bastante aburrido. Yo siempre había sido un tipo demasiado denso para ciertas cosas, bastante autocrítico y probablemente mucho más preocupado de lo que los demás podían imaginar. Mientras mis amigos parecían avanzar con naturalidad hacia una vida más ligera, yo seguía cargando cosas que venían de antes. Había perdido a mi mejor amigo durante la ofensiva, había vivido la violencia demasiado cerca y todavía no sabía qué hacer con todo aquello. Hoy probablemente alguien hablaría de estrés postraumático; entonces simplemente pensaba que había cosas que uno debía aprender a cargar y continuar.

El grupo, entretanto, había cambiado. Luis, Gerard, Mike, Donald y José se habían metido cada vez más en el mundo de la noche. Yo había sido, en buena medida, quien los había introducido en aquel ambiente, porque permanecer encerrados en las casas me parecía una forma poco recomendable de pasar la juventud. Luis, al que llamábamos Luigi, era más retraído y quizá su propio peso corporal contribuía a que no se sintiera cómodo en algunos de aquellos ambientes. Yo no tenía ninguna explicación psicológica para eso y tampoco me interesaba inventarla. Simplemente insistía en que quedarse en casa hasta la madrugada era mucho menos divertido que salir. Poco a poco terminamos haciendo algo que para mí era casi una forma de reconstrucción: salíamos, conocíamos gente, conversábamos, íbamos al Búho y comenzábamos a recuperar una vida nocturna que la guerra había dejado suspendida.

Mike, en particular, se había convertido en un apasionado de la discoteca. A todos nos gustaba, pero había una razón práctica para que aquel lugar resultara todavía más atractivo: nos regalaban el licor. La explicación era bastante menos romántica de lo que uno pudiera imaginar. Nos daban privilegios porque nosotros dejábamos buenas propinas. Y en la vida nocturna la propina compra muchas cosas: atención, copas, una mesa mejor ubicada, cierta familiaridad con los meseros y, sobre todo, la sensación de que uno ya pertenece al lugar. Nosotros todavía éramos muchachos, pero comenzábamos a descubrir los pequeños mecanismos sociales de aquel mundo.

Yo no bebía. Nunca me interesó hacerlo y tampoco quería hacerlo, y eso me colocaba en una posición extraña dentro del grupo. Ellos podían pasar horas tomando y yo podía pasar horas escuchando. No era necesariamente incómodo, pero sí había momentos en que sentía que estaba mirando una fiesta desde afuera.

Quizá por eso aquella etapa tenía algo de sequía para mí. Había mujeres, por supuesto. Hablábamos con algunas, conocíamos otras y alguna que otra noche aparecía una posibilidad que después no llegaba a ninguna parte. Pero no había una historia sentimental importante en mi vida. No quiero convertir esto en una novela alrededor de una mujer, porque no lo fue. Fue, sencillamente, un año en el que el sexo, las mujeres y las relaciones formaban parte de las conversaciones de todos, mientras yo permanecía en una especie de espera.

Así llegamos a las vacaciones de 1990 y apareció la idea de ir a la Costa del Sol con Mike y algunos de los demás. A mí nunca me habían gustado demasiado las vacaciones ni tenía una fascinación particular por el mar. Lo que me interesaba era otra cosa: la discoteca. En aquellos días parte de la vida nocturna de la Zona Rosa se trasladaba hacia la Costa del Sol, y con ella se movilizaba casi todo nuestro pequeño universo. No era que yo estuviera siguiendo a alguien. Yo tenía mis propios grupos y mis propias amistades, pero necesitábamos un lugar donde caer. Un lugar donde dormir, aunque fuera mal, y un lugar desde el cual salir a la noche. La discoteca era eso: nuestro punto de referencia.

La primera solución fue un rancho de un amigo. Llegamos con una tienda de campaña gigantesca que nadie quería armar y descubrimos que el lugar ya estaba lleno. Había más gente instalada en unas literas que parecían diseñadas para una compañía de soldados y desde el primer momento tuve la impresión de que la madre del dueño no estaba muy contenta con nuestra presencia. Aquel rancho se convirtió rápidamente en un escenario de folclore alcohólico.

Se bebía, se gritaba, se conversaba y la noche iba creciendo en volumen hasta que terminó por estallar. Mientras yo dormía, el dueño del rancho terminó peleándose a golpes con un pariente y, en medio de la confusión, nosotros pasamos de invitados incómodos a culpables oficiales de la borrachera. La explicación familiar fue que nosotros habíamos llevado la tomadera, que habíamos fomentado el exceso y que por nuestra culpa el hombre había terminado así. Nos echaron.

Nos tocó entonces encontrar otro lugar donde armar la famosa tienda de campaña. Lo conseguimos por medio de un amigo de un amigo. Era una solución perfecta siempre y cuando uno aceptara algunas condiciones fundamentales: nadie tenía cama, nadie había llevado un buen sleeping bag y prácticamente nadie había pensado seriamente dónde iba a dormir. Aquello no era exactamente una vacación. Era una especie de excursión ranger improvisada en la que llevábamos una colcha, la tienda gigantesca que todos habían evitado armar hasta el último momento y la convicción de que, de alguna manera, sobreviviríamos.

La Costa del Sol, sin embargo, tenía suficiente espectáculo para compensar cualquier incomodidad. Mi primo se había casado y estaba pasando allí su luna de miel, y por casualidad nos encontrábamos cerca del hotel donde estaba instalado. En medio de aquella noche apareció una de esas escenas que uno recuerda no porque tenga una relación directa con su vida, sino porque parecen pertenecer a otra película.

Allí estaba el Gordo Porcel, acompañado por siete mujeres que parecían salidas directamente del imaginario de una revista de espectáculos: vedettes argentinas, mujeres extraordinariamente llamativas que tendrían unos treinta años mientras nosotros apenas rondábamos los veinte. Para algunos de mis amigos aquello era casi una aparición divina. Las miradas siguieron al grupo durante todo el trayecto y seguramente alguno imaginó que aquella noche podía ocurrirle algo extraordinario. Yo lo miraba con la misma curiosidad con la que podía mirar pasar cualquier espectáculo extraño de aquella época.

La noche continuó entre la discoteca, el ruido, la gente, las conversaciones y esa sensación de fiesta permanente que tenía la Costa del Sol en aquellos años. Sin embargo, en algún momento me aburrí. Recuerdo salir solo hacia el mar. No porque estuviera deprimido ni porque buscara una revelación; simplemente necesitaba caminar. La música quedaba atrás y el ruido se iba haciendo más distante. Caminé un poco por la playa hasta que sentí una mano sobre el hombro.

Me asusté.

Cuando me di vuelta vi a un hombre de unos veinticinco años, aproximadamente de mi edad, con una barba espesa y negra, un sombrero ladeado y un rifle antiguo. Me dijo con acento portugués :

—Yo soy tu bisabuelo.

Lo primero que pensé fue que el hombre estaba loco.

Mi bisabuelo había vivido en el norte de Chile y, según las historias familiares, había sido una figura bastante particular. Yo recordaba fotografías y relatos relacionados con medallas, viajes y su origen europeo, pero jamás había sentido especial fascinación por esa historia familiar. En aquel instante, sin embargo, escuché al extraño decir que venía de Brasil y que había llegado hasta allí para darme un consejo. Entonces pronunció una frase que todavía puedo recordar:

—Más allá de las dos colinas, donde los pájaros verdes anidan, encontrarás tu futuro, que no lo tiene nadie.

Yo lo escuchaba sin saber qué pensar. Caminamos por la playa y comenzó a contarme historias de guerras, viajes y aventuras. Hablaba de Prusia, de Austria y de una juventud que parecía pertenecer a otro siglo. Lo más extraño era que decía haber luchado junto a Nietzsche. Muchísimos años después encontré un artículo titulado precisamente “El extraño señor Pinkas”, que relataba la historia de Julio Pinkas Strauss, un ingeniero de origen austrobrasileño vinculado a Antofagasta, quien habría servido en la Guerra de las Siete Semanas y afirmado haber conocido allí a Friedrich Nietzsche. El artículo también lo describe como un personaje excéntrico, viajero, ingeniero y hombre de una vida extraordinariamente difícil de creer.

Mientras aquel hombre hablaba, yo miraba sus pies. Y fue ahí cuando recordé otra noche, aquella borrachera en el condominio Torre del Bosque y la extraña historia de los escarabajos que alguien había visto alrededor de una persona. De repente tuve una sensación muy precisa: algo no estaba bien. No sabía qué era, pero sentí que algo se había roto en la realidad. Aquel hombre no parecía un fantasma. No tenía aspecto de fantasma. Era demasiado concreto. Caminaba, hablaba, tenía barba, tenía un acento que no era salvadoreño y hablaba con una naturalidad desconcertante. Parecía portugués. Parecía un hombre real.

Al final me dijo unas palabras en un idioma que no reconocí. Muchos años después entendí que eran palabras en griego. Luego caminó hacia el agua y desapareció.

Yo me quedé allí.

No sé cuánto tiempo permanecí sentado en la arena. En algún momento me dormí. Cuando desperté era de día, tenía arena en la ropa, la boca completamente seca y una sensación horrible de desconcierto. Busqué al resto del grupo y descubrí que varios estaban dormidos en distintos lugares. Poco a poco empezamos a reconstruir la noche y apareció una posibilidad todavía más desagradable: alguien había puesto algo en las bebidas. Algunos hablaban de pastillas mezcladas con el licor, otros sospechaban que también habían sido alteradas las sodas. Nunca supimos exactamente qué había sucedido. Hubo reclamos en la discoteca, discusiones y gente intentando reconstruir la noche, pero jamás apareció una explicación definitiva.

Durante mucho tiempo pensé que aquello resolvía el misterio. Probablemente había tomado algo sin saberlo. Probablemente mi cerebro había construido aquella figura a partir de recuerdos, historias familiares, cansancio y quién sabe qué más. Era la explicación racional y yo siempre había preferido las explicaciones racionales.

Pero había un problema. El hombre que se presentó como mi bisabuelo volvió a aparecer un año después.

Y aquella segunda aparición ya no tuvo nada de playa, de fiesta, de aburrimiento ni de una noche extraña en la Costa del Sol. Aquella vez tuve miedo de verdad.


También te puede interesar

Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

Últimas noticias