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domingo, 12 julio 2026

Entrevista | «La experiencia no tiene fecha de vencimiento»: Zarko Pinkas reflexiona sobre el edadismo, la memoria y el pensamiento crítico

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Por Juan José Dalton

Periodista, publicista, mercadólogo, politólogo y consultor en comunicación digital, Zarko Pinkas ha convertido sus experiencias personales en el punto de partida para reflexionar sobre el edadismo, la discriminación laboral, la memoria, la cultura y el pensamiento crítico. En esta entrevista, habla sobre los temas que han marcado su escritura, su visión del periodismo y la importancia de defender la dignidad humana en una sociedad cada vez más polarizada.


Hay periodistas que escriben sobre los hechos y otros que convierten sus propias experiencias en materia de reflexión. Ese ha sido el camino de Zarko Pinkas, cuya producción periodística transita entre la memoria, la cultura, la crítica social y el análisis de fenómenos como el edadismo, la discriminación laboral y la polarización. Alejado de los fanatismos y convencido de que el conocimiento exige honestidad intelectual, sostiene que el periodismo no debe servir para confirmar prejuicios, sino para formular preguntas. En esta conversación repasa su trayectoria, sus motivaciones y la manera en que distintas disciplinas han influido en su forma de observar la realidad.

¿Quién es hoy Zarko Pinkas y qué une temas tan distintos como la memoria, la cultura, la discriminación laboral o la música?

Creo que, visto desde fuera, puede parecer que escribo sobre temas muy distintos entre sí. Sin embargo, todos tienen un mismo hilo conductor: la experiencia humana.

No escribo para seguir tendencias ni para convencer a nadie de pensar como yo. Escribo sobre aquello que he vivido, sobre lo que he observado y sobre aquello que considero que merece una reflexión.

Hay personas que me conocen por Memorias en la Zona Rosa; otras por Crónicas del Vinilo; otras por mis artículos sobre edadismo, discriminación laboral o cultura y otras por columnas en El Quinto Poder en Chile o mucho más atrás en el suplemento Planeta Alternativo en Cartas a Caifás. A primera vista parecen mundos separados, pero todos hablan, en el fondo, de la misma preocupación: cómo vivimos, cómo nos relacionamos y cómo tratamos a los demás.

Nunca me ha interesado escribir propaganda. Me interesa que quien lea un artículo termine haciéndose preguntas. Si consigo que alguien reflexione unos minutos sobre un tema que antes pasaba inadvertido, siento que el texto cumplió su propósito.

Nunca me ha interesado escribir propaganda. Me interesa que quien lea un artículo termine haciéndose preguntas.

En los últimos años has escrito con frecuencia sobre edadismo y discriminación laboral. ¿Por qué decidiste abordar esos temas?

Porque no creo en escribir desde la comodidad de la teoría cuando se trata de problemas que afectan la vida de las personas y menos del sofá lejano de los priviligiados de cualquier ideología.

Yo escribo sobre aquello que he vivido. El edadismo, la discriminación laboral y el acoso no son conceptos que aprendí únicamente en un libro. Son experiencias que marcaron mi vida profesional y que me llevaron a comprender que detrás de esos casos individuales existía un problema social mucho más amplio.

Con el tiempo descubrí que miles de personas estaban pasando por situaciones similares. Basta entrar a LinkedIn para encontrar profesionales mayores de cuarenta y cinco o cincuenta años relatando las mismas dificultades para encontrar empleo o para ser valorados por su experiencia. Ahí comprendí que no era un problema personal. Era un fenómeno que merecía ser discutido públicamente.


¿Cuándo comprendiste que el edadismo era una realidad y no una percepción individual?

Creo que alrededor de los cuarenta años.

Comencé a observar ofertas laborales donde el requisito principal no era la experiencia, sino la edad. Era frecuente encontrar anuncios que establecían rangos muy específicos, como si después de cierta edad una persona dejara automáticamente de ser capaz de aportar conocimientos o soluciones.

Eso me hizo reflexionar profundamente. La experiencia no tiene fecha de vencimiento. La tecnología cambia y cualquiera puede aprender nuevas herramientas. Lo que no puede improvisarse son veinte o treinta años resolviendo problemas, enfrentando crisis o tomando decisiones.

Con el tiempo entendí que el edadismo no consiste únicamente en despedir a alguien por su edad. Comienza mucho antes. Comienza con en el acoso, la descriminación y menosprecio profesional. Las razones que existan personas con esa conducta en las empresas tiene que ver con un problema global de irrespeto hacia el otro, impunidad y deterioro interno de los valores de una empresa o institución. Se les permite actuar así pues antes estaba normalizado esas actitudes. Y cuando la victima se rebela o reacciona , es acusado de romper reglas de convivencia laboral y será despedido posiblemente. Sufrir acoso y hostigamiento es una experiencia traumática para las víctimas.


Has dicho que el edadismo empieza antes del despido. ¿Qué significa exactamente esa afirmación?

Significa que el primer paso es intentar deslegitimar tu experiencia.

En estos tiempos, empiezan a hacerte sentir que ya no entiendes el mundo digital, que desconoces las nuevas plataformas o que has quedado atrás simplemente por tu edad.

Lo curioso es que muchas veces esas afirmaciones provienen de personas que desconocen completamente tu trayectoria profesional y tienen menos de cinco años de experiencia laboral sobre ese tema u otros. Son tecnócratas de la discriminación por darles un nombre para que no se ofendan.

He trabajado durante años en periodismo, publicidad, mercadotecnia y comunicación digital. Sin embargo, en distintas ocasiones me encontré explicando conceptos básicos a personas que asumían, desde el primer momento, que yo ya no podía comprender determinadas herramientas digitales.

Ese prejuicio no nace del conocimiento. Nace de una idea preconcebida. Es algo tremendamente terrible para quienes son víctimas de esta situación. Y cuando una empresa comienza a valorar más la edad que la experiencia, pierde una parte importante de su capital humano.


¿Crees que el edadismo termina afectando la dignidad de las personas?

Sin ninguna duda.

El trabajo no representa únicamente un ingreso económico. También forma parte de la identidad y de la dignidad de las personas.

Cuando alguien comienza a ser desplazado únicamente por su edad, lo que está recibiendo no es solo una decisión administrativa. Está recibiendo un mensaje: que toda su experiencia ya no tiene valor.

Eso puede tener consecuencias muy profundas.

Hay personas que atraviesan largos períodos de desempleo y terminan afectadas emocionalmente. Algunas pierden la confianza en sí mismas. Otras sienten que la sociedad dejó de necesitarlas.

Creo que ese daño pocas veces se analiza con la seriedad que merece.


También has sido muy crítico con cierta cultura de la inmediatez en las redes sociales. ¿Qué es lo que más te preocupa?

Las redes sociales son herramientas extraordinarias. Yo mismo trabajo en comunicación digital y consultoría, de manera que sería absurdo demonizarlas.

Lo que me preocupa es cuando la inmediatez sustituye al conocimiento. Hoy cualquiera puede abrir un perfil y presentarse como especialista. Algunos realmente lo son. Otros simplemente repiten lo que escucharon en otro video o en una tendencia del momento y sacan provecho de los procesos de involución cultural.

La popularidad no sustituye la experiencia. Una estrategia de comunicación no puede construirse únicamente a partir de consejos virales o de recetas repetidas miles de veces en un video de TikTok o YouTube.

Las tendencias cambian constantemente. El pensamiento crítico, en cambio, sigue siendo indispensable.


Además de periodista, has trabajado en publicidad, mercadotecnia, comunicación digital y análisis político. ¿Cómo dialogan todas esas disciplinas en tu forma de entender el mundo?

Para mí nunca han estado separadas. Todas parten de una misma pregunta: ¿cómo se comunican las personas y por qué toman determinadas decisiones?

El periodismo me enseñó a verificar los hechos. La publicidad y la mercadotecnia me enseñaron a comprender cómo se construyen los mensajes y cómo funcionan las percepciones. La comunicación digital me obligó a adaptarme a nuevas plataformas. Y la ciencia política me dio herramientas para entender los procesos sociales y el comportamiento del poder.

No veo esas disciplinas como compartimentos aislados. Se complementan entre sí. Cada una aporta una mirada distinta sobre la realidad y, juntas, me permiten analizar un problema desde diferentes perspectivas.


En una época en la que cualquiera puede presentarse como experto en redes sociales o comunicación, ¿qué significa para ti la honestidad intelectual?

Creo que la honestidad intelectual consiste, antes que nada, en reconocer los propios límites.

Yo puedo hablar de periodismo, publicidad, mercadotecnia, comunicación digital y análisis político porque son áreas que estudié y en las que he trabajado durante muchos años. Pero no puedo hablar como médico, abogado o ingeniero. Para eso existen profesionales que han dedicado su vida a esas disciplinas.

Internet democratizó el acceso a la información, y eso me parece extraordinario. Lo preocupante es cuando la popularidad comienza a confundirse con el conocimiento. Hoy es relativamente sencillo construir una imagen de experto en redes sociales. Lo difícil sigue siendo tener el conocimiento que respalde esa imagen.

No creo que la cantidad de seguidores convierta automáticamente a una persona en especialista. La honestidad intelectual también consiste en tener la capacidad de decir: “De esto sé. De esto otro, no.”


¿Crees que el pensamiento crítico está perdiendo espacio frente a la velocidad de las redes sociales?

Sí, y me preocupa. Durante muchos años se pensó que Internet iba a producir sociedades más informadas porque el conocimiento estaría al alcance de todos.

Lo que probablemente no imaginamos fue que la misma herramienta serviría también para difundir desinformación con enorme rapidez.

Hoy conviven investigaciones científicas con teorías conspirativas, información rigurosa con noticias falsas y especialistas con personas que hablan con absoluta seguridad sobre temas que nunca estudiaron. Encuentras terraplanistas, antivacunas, curandores con piedras y cantidad de personajes sin ningún estudio científico dando análisis totalmente distorcionados. Son un peligro para el desarrollo intelectual evolutivo.

Eso hace todavía más importante seguir construyendo el pensamiento crítico. No basta con tener información. Hay que aprender a interpretarla, contrastarla y preguntarse siempre de dónde proviene.


Has vivido entre Chile y El Salvador. ¿Cómo ha influido esa experiencia en tu manera de escribir?

Emigrar cambia profundamente la manera en que uno entiende la memoria. Uno no solo cambia de país. También deja calles, amigos, costumbres, paisajes, conversaciones familiares y pequeños rituales cotidianos.

Con el tiempo comprendí que el inmigrante vive permanentemente entre dos mundos: el lugar donde está y el lugar que recuerda. Quizá por eso escribo tanto sobre la memoria. No porque quiera vivir anclado al pasado, sino porque creo que recordar también es una forma de comprender el presente.


Has escrito sobre clasismo y racismo. ¿Por qué consideras importante diferenciar ambos conceptos?

El clasismo suele relacionarse con diferencias económicas, sociales o culturales. El racismo tiene que ver con prejuicios asociados al origen étnico o al fenotipo de las personas.

En mi experiencia personal, durante los años ochenta y noventa existían expresiones de clasismo que podían sentirse en determinados ambientes sociales en El Salvador, aunque nunca fue tan fuerte como en Chile donde hasta te preguntan en que barrio naciste para clasificarte.

Eso me paso en 2017 con una amiga que insistía en preguntarme dónde había nacido y yo respondía en Santiago. A la tercera vez que me lo preguntó, capté y le dije en el un hospital en la comuna de Providencia. Nunca más le hablé después de eso. En El Salvador, vi esto en la Zona Rosa donde se usaba el término “cholero” o “gabán” para personas con un aspecto físico o que vivían en ciertas zonas. Eran pocos a quienes les percibí esa conducta.

El racismo, en cambio, tiene características distintas y debe analizarse con mucho cuidado. En Chile, tuve una situación con un vecino donde vivía quiene interrogaba a madre sobre de dónde era y hasta que me comenzó a acosarme que debí amanezarlo con ir a Carabineros. Toda radicaba en nuestra acento no tan chileno.

Por eso siempre procuro diferenciar ambos conceptos y no utilizarlos de manera indiscriminada, aunque en naciones como Chile y Argentina están unidos el clasismo con el racismo y xenofobia.


Viviste tanto en Chile como en El Salvador. ¿Cómo compararías tus experiencias personales respecto al racismo?

Las experiencias más directas de racismo que viví ocurrieron durante mi estancia en Chile.

Ya te conté sobre este vecino que era de origen chileno-alemán. A ellos les gusta , diferenciarse así y por eso lo hago. Este vecino acosó a mi madre preguntando de dónde era y hasta que comenzó conmigo con preguntas sobre el auto que tenía y de dónde lo había sacado que debí decirle que pondría una denuncia en la policía y, a la vez, hablándole con un tono más golpeado . Con eso se calmó y después hasta me guardaba estacionamiento. Incleíble vivir esas experiencias en estos tiempos, pero cuando hay que defenderse frente a estas acciones o seremos víctimas.

Las experiencias más directas de racismo que viví ocurrieron durante mi estancia en Chile.

Estas fueron situaciones personales que me hicieron reflexionar sobre ese fenómeno y comprender el impacto que puede tener en la vida cotidiana.

En El Salvador mi experiencia ha sido distinta. Yo no puedo decir que El Salvador sea un país racista porque no sería fiel a lo que he vivido.

Sí he escuchado comentarios ofensivos relacionados con personas judías a partir de la guerra entre Israel y Hamás. En alguna ocasión, incluso tuve que señalar que ese tipo de expresiones me parecían inaceptables en una reunión con un grupo de extranjeros donde uno hizo el saludo nazi.

Pero considero que esos episodios no representan a la sociedad salvadoreña en su conjunto. Siempre he creído que una experiencia individual no debe utilizarse para descalificar a todo un país.


Tu apellido tiene origen judío, aunque has explicado que no profesas esa religión. ¿Cómo has vivido esa circunstancia?

Es cierto. Mi apellido tiene origen judío, pero yo no soy judío ni tengo nacionalidad israelí.

Precisamente por eso me llamó la atención escuchar comentarios ofensivos hacia los judíos delante de mí, como si se tratara de algo normal. En una ocasión decidí decir que ese tipo de expresiones me parecían profundamente equivocadas.

No porque estuviera defendiendo una posición política determinada, sino porque creo que ninguna persona debe ser juzgada por su apellido, su origen o su religión. Si uno escribe contra la discriminación, también debe ser coherente cuando la presencia en la vida cotidiana. Igualmente evito temas que puedan sacar ese tipo de racismo que se justifica con argumentos de defender posturas ideológicas de ciertos sectores. El antisemitismo es y será una de las formas de racismo más antiguas y la más virulante. Solo se debe abrir noticias de periódicos digitales chilenos, españoles y mexicanos para ver memes y comentarios denigrantes contra esa comunidad.


¿Qué representa para ti “Memorias en la Zona Rosa”?

Es, probablemente, el proyecto más personal que he escrito.

No nació con la intención de hacer nostalgia, sino de rescatar una parte de la memoria colectiva que poco a poco ha ido desapareciendo.

Las ciudades también olvidan. Los cafés desaparecen, los cines y las discotecas cierran, los edificios cambian, las personas envejecen y muchas historias terminan perdiéndose para siempre.

Memorias en la Zona Rosa intenta conservar una parte de ese mundo. No para vivir en el pasado, sino para recordar que toda sociedad también se construye a partir de sus recuerdos.

Memorias en la Zona Rosa intenta conservar una parte de ese mundo.

Y “Crónicas del Vinilo”, ¿qué lugar ocupa dentro de tu trabajo?

Es otra forma de hablar de cultura. No escribo sobre discos para convencer a nadie de escuchar determinada música.

Escribo porque creo que la cultura abre ventanas. Vivimos rodeados por algoritmos que constantemente nos muestran violencia, confrontación, escándalos y polarización.

La música, la literatura, el cine o una exposición de arte pueden convertirse en un pequeño espacio para respirar y recordar que la realidad también tiene belleza. Eso intento hacer con Crónicas del Vinilo: compartir el entusiasmo por la cultura y demostrar que todavía existen lugares donde el conocimiento y la sensibilidad pueden encontrarse.

La música, la literatura, el cine o una exposición de arte pueden convertirse en un pequeño espacio para respirar y recordar que la realidad también tiene belleza.

Además del periodismo, también escribes narrativa. Muchos la clasifican como literatura de terror. ¿Por qué te atrae ese género?

No estoy completamente seguro de que lo que escribo sea terror en el sentido clásico. Creo que el verdadero terror no está en los monstruos ni en los fantasmas. Está en la realidad.

Las guerras, la discriminación, el odio, la intolerancia, la pérdida de la memoria o la soledad producen mucho más miedo que cualquier criatura imaginaria. La ficción me permite observar esos temas desde otro lugar.

No escribo para asustar a nadie. Escribo porque la literatura ofrece un espacio simbólico donde podemos mirar nuestros propios temores sin el peso inmediato de la realidad. En cierto modo, escribir también es una forma de terapia. Una manera de ordenar ideas, emociones y preguntas que difícilmente encontrarían otro espacio.


Has publicado durante años en periódicos y medios digitales, pero todavía no has publicado un libro. ¿A qué se debe?

En El Chileno, Planata Alternativo de El Diario de Hoy, La Página, MedioLleno, El Salvador Times y actualmente en ContraPunto y El Quinto Poder en Chile. Creo que hay varias razones.

La primera es muy práctica: publicar un libro no depende únicamente de escribirlo. También depende de tener acceso a editoriales, contactos y recursos económicos. Muchas veces existe la idea de que basta con terminar un manuscrito, enviarlo y esperar una respuesta, pero la realidad suele ser bastante más compleja.

Hace algunos años envié material a una editorial. Al principio existió interés y hubo comunicación. Sin embargo, posteriormente dejaron de responder mis mensajes. Nunca recibí una explicación. No fue una tragedia ni algo excepcional, porque muchos autores han pasado por experiencias similares, pero sí me permitió comprender que el mundo editorial también tiene sus propias dinámicas.

No puedo afirmar cuáles fueron las razones de ese silencio. Lo que sí puedo decir es que tengo la impresión de que, como ocurre en muchos ámbitos culturales, existen afinidades, círculos de confianza y líneas editoriales que terminan influyendo en las oportunidades de publicación.

Tampoco he querido adaptar lo que escribo para encajar dentro de una corriente ideológica determinada. No me identifico con los extremismos políticos ni escribo para hacer propaganda y no me gusta ser un chupamedias. Creo en la justicia social, en la dignidad humana, en la empatía y en el pensamiento crítico, pero no me interesa convertirme en portavoz de ninguna secta ideológica.

Si algún día publico un libro, me gustaría que fuera por el valor de lo que escribo y no porque decidí acomodar mis ideas para agradar a determinados sectores.

Mientras tanto, sigo escribiendo. Para mí, escribir siempre ha sido más importante que publicar.


¿Qué papel crees que debe cumplir hoy la cultura en una sociedad tan polarizada?

Creo que la cultura sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía es posible encontrarse sin necesidad de pertenecer a un bando.

Un libro, un concierto, una película, una exposición o una conversación sobre música pueden recordarnos que el ser humano es mucho más complejo que las etiquetas políticas con las que solemos clasificarnos.

Vivimos rodeados de algoritmos que premian el conflicto, la indignación y la confrontación permanente. La cultura hace exactamente lo contrario. Nos obliga a detenernos, a pensar, a escuchar y, muchas veces, a comprender a personas que piensan distinto. Por eso sigo creyendo que promover la cultura también es una forma de defender la salud democrática y la convivencia.

La cultura hace exactamente lo contrario. Nos obliga a detenernos, a pensar, a escuchar y, muchas veces, a comprender a personas que piensan distinto.

Después de tantos años escribiendo, ¿qué sigue impulsándote a hacerlo?

La curiosidad.

Sigo creyendo que el conocimiento tiene sentido cuando sirve para comprender mejor a las personas y al mundo que nos rodea. No escribo para tener la razón ni para convencer a todo el mundo. Escribo porque sigo haciéndome preguntas. Mientras existan preguntas, probablemente seguiré escribiendo.

También me ayuda a liberarme de ciertas pesadillas y creo que me podría ayudar a conseguir una pareja ja,ja,ja.


Si dentro de treinta años alguien encontrara tus artículos, ¿qué te gustaría que descubriera sobre ti?

(Risas). Bueno… como van las cosas, tal vez dentro de treinta años la humanidad ya ni siquiera lea. Capaz que estemos viviendo una versión de El planeta de los simios y descubramos que la involución también era posible. Es una broma… aunque a veces uno tiene sus dudas.

Hablando en serio, no me preocupa demasiado cómo me recuerden. Creo que existe una obsesión moderna por dejar una huella permanente, como si la inmortalidad dependiera de la cantidad de personas que pronuncien nuestro nombre después de muertos.

A mí eso nunca me ha interesado.

He tenido la fortuna de vivir momentos que para mí ya justifican una vida: crecer rodeado de una familia que me enseñó el valor de la lectura, tener una madre extraordinaria, un padre profundamente inteligente, una hermana inolvidable, unos abuelos y bisabuelos que me inculcaron la curiosidad, el respeto por los animales y la costumbre de sentarse a leer el periódico para entender el mundo pero siempre cuestionando todo para bien o para mal.

Eso vale mucho más que cualquier monumento.

Si algo quisiera dejar en mis artículos es una invitación a pensar por cuenta propia. Que nadie renuncie a la curiosidad. Que nadie permita que el miedo sustituya al razonamiento. Y que nunca dejemos de aprender.

Porque, al final, el conocimiento ha sido una de las grandes herramientas con las que la humanidad ha construido civilizaciones, ha creado arte, ciencia y cultura. Todo lo demás termina pasando.


Una última curiosidad. Firmas como “Zarko Pinkas” y últimamente como “El Ayatola del Rock and Rolla”. ¿De dónde surge ese seudónimo?

(Risas). Mucha gente cree que tiene algún significado político o religioso, pero la verdad es mucho más sencilla.

Es una referencia a Mad Max 2. Hay un personaje llamado Lord Humungus, cuya presentación lo describe como “The Ayatollah of Rock and Rolla”. Siempre me pareció una frase desmesurada, absurda y brillante al mismo tiempo en medio de una realidad distópica donde se luchaban por el petroleo y los restos de lo que queedaba de la humanidad.

Kjell Nilsson, el hombre detrás de Lord Humungus, el inolvidable “Ayatollah of Rock and Rolla” de Mad Max 2

Terminé adoptándola como un pequeño guiño para quienes comparten esas referencias de la cultura popular de los años ochenta y porque murió Kjell Nilsson, el actor que intepreto a dicho personaje.

Al final, detrás de todos los artículos sobre memoria, edadismo, cultura o política sigue habiendo una persona que disfruta el cine, la música, la literatura y el humor.

Creo que uno no puede vivir permanentemente enfadado. Siempre hay que dejar un espacio para la ironía. Y, si además uno puede despedirse con una sonrisa y una referencia a Mad Max 2, mucho mejor.


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Juan José Dalton Cañas
Juan José Dalton Cañas
Periodista y promotor cultural. Director fundador de Diario Digital ContraPunto y del Archivo Digital Roque Dalton

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