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miércoles, 1 julio 2026

David Greilsammer cautivó al público en el Museo MARTE durante el 75.º aniversario de la Alianza Francesa

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Zarko Pinkas | Fotos: Zarko Pinkas

El pianista y director de orquesta franco-israelí , David Greilsammer, convirtió el Museo MARTE de San Salvador en un puente entre cuatro siglos de música, donde Mozart, Debussy, Satie, Schumann, Couperin, Ravel y la compositora colombiana Carolina Noguera dialogaron en un recital que trascendió la interpretación para convertirse en una experiencia profundamente humana.


Antes de escribir una sola línea sobre el recital de David Greilsammer, siento la necesidad de hacer una confesión.

A veces uno llega a un concierto cargando un peso que no aparece en la acreditación de prensa. Esa tarde había sido una de esas. Desde muy temprano las noticias se habían encargado de recordarme el mundo en el que vivimos: guerras que parecen no terminar nunca, terremotos, crisis humanitarias, violencia, injusticias y esa interminable sucesión de tragedias que hoy irrumpen en nuestra vida apenas abrimos el teléfono o encendemos una computadora. La inmediatez de la información tiene una virtud incuestionable, pero también una consecuencia silenciosa: termina cayendo sobre la mente como una lluvia constante de preocupaciones.

Confieso que durante buena parte del día dudé si asistir al recital. No era falta de interés. Era simplemente el cansancio emocional que a veces producen los tiempos que vivimos.

La tarde fue transcurriendo entre lecturas, algo de música y las tareas habituales. Como siempre, tenía pensado llegar con suficiente anticipación al Museo MARTE. Sin embargo, cuando estaba a punto de salir recibí la llamada de una muy buena amiga. Le propuse acompañarme al concierto y, afortunadamente, aceptó. Hoy pienso que aquella decisión fue una de las mejores del día.

Nunca he compartido la idea de que la música clásica, la ópera, el ballet o las grandes expresiones artísticas pertenezcan a una élite intelectual. El arte auténtico no necesita credenciales académicas para conmover. Tampoco exige conocimientos técnicos para emocionar. Basta con estar dispuesto a escuchar.

Vivimos una época donde con frecuencia se desprecia aquello que requiere paciencia, contemplación o silencio. Hace poco escuchaba a un joven actor afirmar que la música clásica, la ópera y el ballet eran manifestaciones artísticas superadas por las nuevas generaciones. No me corresponde discutir con quienes piensan así. Cada generación tiene derecho a construir su propio lenguaje. Pero también creo que existen obras cuya grandeza trasciende las modas, precisamente porque hablan de aquello que nunca cambia: la condición humana.

Quizá por eso estos conciertos no congregan multitudes. Y no necesitan hacerlo. Basta una sala llena de personas dispuestas a detener por un momento el ruido del mundo para comprender que la cultura sigue siendo uno de los últimos refugios de la serenidad.

Mientras esperaba el inicio del recital, regresó a mi memoria una historia familiar que escuché desde niño. Mi bisabuelo, Julio León Pinkas Strauss, vivió en Antofagasta, Chile, y solía contar que, hacia 1921, mantuvo una amistad con quien años más tarde sería uno de los pianistas más extraordinarios del siglo XX: Claudio Arrau. Según la anécdota que pasó de generación en generación en mi familia, Arrau ofreció una interpretación en una casa de la calle Colón, cerca del Parque Colón, y abrieron las ventanas para que quienes caminaban por la calle también pudieran escuchar la música. No importaba si estaban dentro o fuera de la vivienda; por unos instantes, el arte pertenecía a todos.

Mientras David Greilsammer se preparaba para comenzar su recital en San Salvador, pensé en aquella escena ocurrida más de un siglo atrás. Cambiaron las ciudades, los países, los edificios y los protagonistas. Cambió incluso la forma en que hoy consumimos cultura. Pero la esencia permanecía intacta: un pianista sentado frente a un teclado y un grupo de personas reunidas únicamente para escuchar cómo la belleza logra imponerse, aunque sea durante unos minutos, al ruido del mundo.

Tal vez esa sea una de las cadenas invisibles de la historia. Cada generación hereda algo más que los apellidos de sus antepasados. Hereda también sus asombros, sus silencios y la capacidad de emocionarse frente a las mismas obras que otros escucharon hace cien, doscientos o trescientos años. Esa noche, en el Museo MARTE, comprendí que no había asistido únicamente a un concierto. Había participado, una vez más, de esa conversación interminable entre la memoria, la música y el tiempo.


Hay conciertos que concluyen cuando el público abandona la sala. Otros, en cambio, permanecen resonando mucho después del último aplauso. El recital “Bailarinas Imaginarias”, presentado por el pianista y director de orquesta franco-israelí David Greilsammer en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE), pertenece a esa segunda categoría: la de los encuentros que dejan una huella silenciosa en la memoria.

Desde el primer acorde fue evidente que no se trataba únicamente de un recital de piano. Era una invitación a recorrer la historia de la música como quien atraviesa un puente construido sobre los siglos. Durante poco más de una hora, el escenario desapareció y el piano se convirtió en un narrador capaz de enlazar épocas, culturas y sensibilidades aparentemente distantes, pero unidas por un mismo lenguaje universal.

Nacido en Jerusalén, Greilsammer inició su formación musical desde muy temprana edad en el Conservatorio Rubin de Jerusalén antes de continuar sus estudios en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York, donde perfeccionó su arte bajo la guía de reconocidos maestros como Yoheved Kaplinsky y Richard Goode. Con el paso de los años se consolidó no solo como uno de los pianistas más originales de su generación, sino también como un destacado director de orquesta. Actualmente desarrolla una intensa carrera internacional entre Europa y América, dirigiendo proyectos musicales innovadores y colaborando con algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo. Al frente de la Geneva Camerata y como director musical de la Orquesta Filarmónica de Medellín, ha impulsado una visión artística que derriba las fronteras entre los repertorios tradicionales y las nuevas formas de interpretar la música.

Nacido en Jerusalén, Greilsammer inició su formación musical desde muy temprana edad en el Conservatorio Rubin de Jerusalén antes de continuar sus estudios en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York

Su prestigio no proviene únicamente de una técnica depurada. Lo distingue una manera muy particular de concebir cada concierto: para Greilsammer la música no pertenece al pasado, sino que permanece viva cada vez que un intérprete consigue devolverle el aliento a una partitura escrita siglos atrás.

Esa filosofía quedó reflejada en “Bailarinas Imaginarias”, un programa concebido como un verdadero palíndromo musical. El recorrido comenzó con Mozart, avanzó por Couperin, Schumann, Debussy, Ravel y otros universos sonoros, hasta regresar nuevamente a Mozart, cerrando un círculo donde el final parecía encontrarse con el principio. No fue una simple sucesión de obras, sino un relato cuidadosamente construido, donde cada composición dialogaba con la siguiente para formar una única historia.

Uno de los momentos más significativos de la velada fue la interpretación de “La noche de los cuerpos”, de la destacada compositora colombiana Carolina Noguera, una obra escrita especialmente para David Greilsammer. Inspirada en las culturas precolombinas y en las tradiciones folclóricas centroamericanas, la pieza aportó una dimensión profundamente espiritual al programa y demostró que la creación contemporánea puede dialogar de igual a igual con los grandes clásicos. Lejos de sentirse como una pausa dentro del repertorio, la composición encontró su lugar natural entre Mozart, Couperin, Schumann, Debussy y Ravel, reafirmando que la música continúa escribiéndose con la misma capacidad de emocionar que hace siglos.

Uno de los momentos más significativos de la velada fue la interpretación de “La noche de los cuerpos”, de la destacada compositora colombiana Carolina Noguera, una obra escrita especialmente para David Greilsammer.

Mientras las obras se sucedían, surgía una reflexión inevitable. Muchas de aquellas composiciones fueron escritas hace doscientos, trescientos o incluso cuatrocientos años. En algún momento de la historia, otras personas permanecieron en absoluto silencio escuchando exactamente las mismas melodías. Quizá bajo la tenue luz de las velas en un salón vienés, en una corte francesa o en una pequeña sala europea donde la música era un acontecimiento reservado para unos pocos.

Han desaparecido imperios, se han transformado las ciudades, cambiaron los idiomas, las costumbres y la tecnología. Sin embargo, esas mismas notas siguen despertando idénticas emociones. La música posee un privilegio que muy pocas manifestaciones humanas pueden reclamar: vencer al tiempo sin perder su capacidad de conmover.

La interpretación de Greilsammer evitó cualquier gesto de exhibicionismo. Su virtuosismo nunca buscó imponerse sobre las obras; por el contrario, estuvo siempre al servicio de ellas. El fraseo respiró con naturalidad, las dinámicas fueron construyéndose con delicadeza y los silencios adquirieron tanto significado como las propias notas. Cada obra encontró su propio carácter sin romper la unidad narrativa del recital, demostrando un dominio absoluto del instrumento y, sobre todo, una extraordinaria sensibilidad artística.

Más que ejecutar una partitura, Greilsammer pareció conversar con ella. Sus manos recorrían el teclado con una naturalidad que hacía olvidar la enorme complejidad técnica de las obras, mientras cada matiz encontraba un equilibrio entre precisión y emoción. Esa capacidad de desaparecer detrás de la música es, quizá, una de las mayores virtudes de los grandes intérpretes: el protagonismo nunca pertenece al ejecutante, sino a la obra que vuelve a cobrar vida.

La interpretación de Greilsammer evitó cualquier gesto de exhibicionismo. Su virtuosismo nunca buscó imponerse sobre las obras; por el contrario, estuvo siempre al servicio de ellas.

En ese sentido, el recital fue también un homenaje a la permanencia del arte. Mientras el mundo cambia vertiginosamente, existen creaciones que permanecen intactas y continúan emocionando a generaciones enteras. Mozart sigue hablando con la misma claridad, Debussy continúa pintando paisajes sonoros llenos de luz y sombra, Schumann mantiene intacta su intensidad emocional y Ravel conserva esa elegancia inconfundible que desafía el paso de los siglos.

La inclusión de Carolina Noguera dentro de ese recorrido recordó, además, que la historia de la música no terminó con los grandes compositores europeos. Continúa escribiéndose en nuestro tiempo, incorporando nuevas voces, nuevas geografías y nuevas sensibilidades que enriquecen un patrimonio artístico universal.

Al finalizar el concierto, el público respondió con una prolongada ovación que reconocía mucho más que una brillante interpretación. Agradecía la oportunidad de haber participado en un encuentro con la belleza, con la memoria y con una tradición musical que continúa renovándose sin perder su esencia.

Más allá de la impecable ejecución técnica, David Greilsammer ofreció algo mucho más valioso: la posibilidad de detener el tiempo durante unos instantes. Porque un gran pianista no se limita a interpretar una obra; despierta a compositores que parecían dormir entre las páginas de una partitura y los devuelve al presente para conversar con nuevas generaciones.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que la música clásica continúa conmoviendo al mundo. No pertenece al pasado. Pertenece a todos aquellos que aún son capaces de escucharla con el asombro de quien descubre que la belleza, cuando es auténtica, nunca envejece. Y durante esa noche en el Museo MARTE, David Greilsammer hizo precisamente eso: demostrar que el arte no conoce fronteras, idiomas ni calendarios. Mientras exista un pianista dispuesto a sentarse frente a un teclado con semejante sensibilidad, Mozart seguirá respirando, Debussy continuará soñando y la música seguirá recordándonos que algunas de las creaciones más extraordinarias de la humanidad son, sencillamente, eternas.


Pero la emoción que despertó aquella velada no pertenece únicamente al terreno de lo subjetivo. Lo que durante siglos poetas, filósofos y compositores describieron como una experiencia casi espiritual, hoy también encuentra respaldo en la investigación científica. La música clásica no solo conmueve por su belleza estética; diversos estudios han comenzado a explicar por qué determinadas obras tienen la capacidad de influir en nuestra mente, nuestras emociones e incluso en algunos procesos biológicos del organismo.

Existe una razón por la que la música clásica ha sobrevivido durante siglos y continúa llenando auditorios en un mundo saturado por la inmediatez. No se trata únicamente de tradición ni de prestigio cultural. La ciencia ha comenzado a explicar lo que los compositores intuían mucho antes de que existieran los laboratorios. El neurólogo Daniel J. Levitin, uno de los mayores investigadores de la relación entre música y cerebro, sostiene que una obra musical es capaz de activar simultáneamente regiones vinculadas con la memoria, la emoción y el placer, favoreciendo incluso la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado con la sensación de bienestar. Otros estudios, como los desarrollados por Petr Janata, han demostrado que una melodía puede despertar recuerdos profundamente arraigados, mientras diversas investigaciones europeas han observado que la escucha de música clásica contribuye a disminuir los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

El neurólogo Daniel J. Levitin, uno de los mayores investigadores de la relación entre música y cerebro, sostiene que una obra musical es capaz de activar simultáneamente regiones vinculadas con la memoria, la emoción y el placer, favoreciendo incluso la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado con la sensación de bienestar.

Quizá por eso, mientras David Greilsammer recorría el teclado del piano, el silencio que se instaló en la sala no era un simple gesto de cortesía hacia el intérprete. Era una forma de contemplación. Durante unos instantes, las preocupaciones cotidianas parecían perder importancia y la mente encontraba un espacio que pocas experiencias artísticas consiguen abrir. La música clásica no exige renunciar al presente; por el contrario, invita a habitarlo con una serenidad que escasea en una época dominada por la velocidad y el ruido.

Tal vez esa sea su mayor enseñanza filosófica. La música no puede detener las guerras, corregir las injusticias ni alterar el curso de la historia. Sin embargo, sí posee la capacidad de transformar, aunque sea por unos minutos, el universo interior de quien escucha. Y cuando el espíritu encuentra armonía, también cambia la forma en que observa el mundo. Quizá por eso las obras de Mozart, Schumann, Debussy o Ravel continúan vivas después de siglos: porque fueron escritas para el oído, pero terminan encontrando su verdadero hogar en la conciencia humana.

La música no puede detener las guerras, corregir las injusticias ni alterar el curso de la historia. Sin embargo, sí posee la capacidad de transformar, aunque sea por unos minutos, el universo interior de quien escucha.

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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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