Zarko Pinkas |
Desde el abismo te miraba, y yo sabía.
Sabía que estabas ahí, suspendida en la penumbra,
donde tus ojos chocaban de frente con los míos,
pero a la vez me evitaban, sembrando la duda,
ocultando el veneno de tu fría apatía.
Yo sé muy bien lo que piensas de mí.
Que aunque camine por puros senderos del bien,
aunque encumbre las banderas de la dignidad en lo alto
y sostenga este pecho lo suficientemente honorable…
nada de eso importará.
Nada es suficiente para ganar tu corazón.
Porque tu alma no se llena con lo justo ni con lo bueno;
se nutre de lo malo, se sacia con la codicia,
se embriaga con la energía de la indignidad.
Yo fui aquel que columpió las estrellas del cielo,
pensando, ingenuo, que en ti encontrarían cobijo.
Pero no fue así.
La traición vino del flanco que creí seguro,
engendrada en tus propias conductas,
en tu insidia, en tus palabras,
en el aire infecto de tu maloliente pensamiento.
Y, sin embargo, seguí adelante.
Caminando por el borde ciego de las paredes,
subiendo por los márgenes de los altos edificios,
comiendo de la sombra en los pasillos oscuros de la vida
y de la no vida.
Y tú estabas ahí, persiguiéndome en el eco,
tratando de sembrar tus odios y resentimientos,
buscando doblegarme con tu desprecio.
Pensaste que yo era un pobre y triste esclavo.
Un ser digno tirado al suelo, quebrado y sin salida.
Pero te equivocaste.
Desde las cenizas del Fénix que sepultaste,
desde las cenizas de los quemados en la hoguera,
desde el polvo de las estrellas errantes en el vacío,
nacía mi alma podrida.
Y desde este cielo negro, mi cuerpo ahora vuela libre.
Hoy solo espero verte caer.
Verte descender a lo más profundo del infierno,
ese abismo eterno en el que hoy no crees.
Porque ahí te estaré esperando.
Allí tengo mi casa construida, allí habita mi odio.
Porque todo en esta tierra tiene un porqué,
todo tiene un ser, todo obedece a una idea.
Y, al final de cuentas, desnudada la mentira,
ahí está… la madre del cordero.


