Zarko Pinkas-Ramírez |
Conocí a Liliana en un tiempo en que las conversaciones importaban más que las certezas. Era finales de los ochenta —o quizá inicios de los noventa— en un El Salvador donde el pensamiento crítico todavía encontraba refugio en pequeños círculos, casi clandestinos, pero intensos. Liliana, entonces Liliana Reyes, no pasaba desapercibida: había en ella una independencia poco común, una claridad intelectual que no buscaba imponerse, pero terminaba haciéndolo de forma natural. Conectamos desde ese territorio —el de las ideas, la cultura, la curiosidad sin concesiones— y, como suele ocurrir en esos casos, el tiempo no borró esa impresión inicial. Cuando decidió irse a Estados Unidos, sentí que el país perdía algo más que una profesional valiosa: perdía una mente activa, una voz que podía haber incidido con fuerza en la construcción cultural local.
Años después, esa misma convicción encuentra una especie de compensación —o quizá de expansión— en Dallas, donde Liliana Bloch ha levantado no solo una galería de arte contemporáneo, sino un espacio de diálogo, de tensión creativa y de exploración estética. Pensar en ella hoy, en medio de un panorama cultural cada vez más fragmentado y acelerado, no es un ejercicio de nostalgia, sino de reconocimiento: el arte, cuando se toma en serio, necesita de personas que lo entiendan como una forma de pensamiento. Y Liliana, sin duda, es una de ellas.
1. Liliana, fundaste la Liliana Bloch Gallery en 2013 en el Design District de Dallas. ¿Qué visión inicial tenías para este espacio y cómo ha evolucionado con el tiempo?
La galería abrió en Deep Ellum, un barrio bohemio e icónico en Dallas, cerca de Fair Park, un enclave con una de las concentraciones más grandes de edificios de art déco en el mundo. La galería estaba dentro de una galería que se llamaba Public Trust. Hice un convenio con el dueño para compartir gastos y poder exhibir dentro del espacio destinado para las publicaciones, que era un “cubito” dentro de la galería. Dos años más tarde, Public Trust y mi galería nos mudamos al Design District, compartiendo un espacio que dividimos en dos. En abril del 2020, durante la pandemia, me moví a un edificio en las afueras del Design District porque la renta se volvió demasiado cara.

Antes de fundarla, trabajé con arte contemporáneo durante seis años; primero en el sector sin fines de lucro y luego en el comercial. Eso me dio la confianza necesaria para abrir mi propio espacio.
La visión que tenía era escribir una carta de amor a Dallas a través de mi espacio. Quería abrir un espacio en Dallas como los que había visto en Japón, Alemania, New York y como el espacio sin fines de lucro donde me formé, el MAC (McKinney Avenue Contemporary). El MAC era un espacio interdisciplinario sin fines de lucro, sin censura, gratis y donde el único criterio era la calidad artística de las propuestas. Tuve la suerte y el privilegio de trabajar para el MAC cuatro años. La galería conserva esos principios de libertad, apertura y la eterna búsqueda de la genialidad.

Creo que ha evolucionado a la par de mi experiencia como galerista a través de los años. Al principio estaba interesada en conocer más sobre el imperio británico y protestante porque contrasta muchísimo con Latinoamérica. Pude viajar a bienales en Europa donde vi por primera vez (en Berlín) cómo las colecciones de museos se recontextualizaban y abrían conversaciones con artistas y temas indígenas y de colonización. Japón fue también memorable por su diferencia con Occidente. Esa ola de cambio en los museos llegó a Estados Unidos y seguía expandiéndose hasta el 2016, donde todo cambió.
Me vi obligada a verme como inmigrante, mestiza, latina, mujer, atea y tejana. Dejé de sentirme segura como ciudadana. He vivido aquí la misma cantidad de tiempo que viví en El Salvador y jamás seré vista como una gringa más. Tengo un acento marcado, un color de piel diferente a la mayoría y hoy veo cómo las mujeres en este país han comenzado a perder sus derechos y su dignidad. Hoy por hoy, los latinos estamos a merced de una sociedad donde la mitad del país me ve con menos derechos porque no soy blanca y porque soy una mujer.
A partir de ahí, comencé a buscar artistas que hablaran de la identidad fronteriza, a continuar diálogos con mis artistas salvadoreños (Simón Vega y Abigail Reyes) y de la región centroamericana (Antonio Pichilla y Esvin Alarcón-Lam). También me enfoqué en temas de género (José Villalobos, Jaime Acker, Cody Norton), fronterizos y biculturalidad (José Villalobos, Antonio Lechuga). A nivel internacional, después de asistir a tres ediciones de Documenta (Kassel, Alemania), comencé a trabajar con dos artistas de Mongolia: Nomin Bold y Baatarzorig Batjargal , quienes hablan de la contaminación por las minas chinas y cómo el neoliberalismo está destruyendo la cultura nómada y amenaza sus recursos naturales. También expandimos nuestra conversación con artistas que trabajan exclusivamente con inteligencia artificial (Zak Loyd y Melanie Clemmons). Fuimos la primera galería en Dallas que presentó artistas trabajando únicamente con AI.
En mayo estaré en Italia celebrando con Nomin Bold su participación en el pabellón de Mongolia en la Bienal de Arte de Venecia. Somos la única galería en Dallas que representa a un artista que estará en la bienal este año y soy la única galerista latina en Dallas. El trabajo de Nomin está incluido entre artistas participando en la bienal más reconocida e importante del mundo. Es un sueño y espero que esta celebración marque una nueva era para la galería y para nuestros coleccionistas, a los cuales les estoy eternamente agradecida por su apoyo.
Así que la galería evoluciona a la par del mundo y se mantiene firme hablando de lo que se tiene que hablar sin censura, con inteligencia y apertura. Continúa siendo un espacio seguro para todos, inclusive para los que piensan diferente. De eso se trata, de dialogar y aprender.
2. Tu galería se caracteriza por representar artistas de distintos orígenes y disciplinas. ¿Qué buscas exactamente cuando decides trabajar con un artista?
Con los que decido trabajar hablan de temas que me interesan, presentando propuestas sorpresivas, asertivas. Busco artistas que enseñan algo nuevo o que me ayudan a ver lo que es realmente importante considerar como seres humanos, parte de una comunidad, un país y un planeta. La galería toca temas de sexualidad, género, identidad, conservación del medio ambiente, filosofía, políticas económicas, abstracción, y los diálogos se siguen expandiendo. La historia no se detiene y hay que seguirle el paso.
Si puedo resumir en un hilo conductor, sería coherencia y genialidad entre el aspecto físico de la obra y el conceptual.
Tengo que tener química, confianza y respeto con el artista para que la relación se vuelva duradera. Trabajar con arte que trasciende es súper retador y las exigencias son altísimas, y en este nicho todos vivimos para dar lo mejor de nosotros, pero eso genera mucho estrés. Mis artistas saben trabajar en equipo. Tener una galería es montar proyectos que llevan de uno y hasta dos años de planeación. Tanto el galerista como el artista deben ser pacientes.
3. Has apostado por un enfoque multicultural y conceptual. ¿Qué tan importante es hoy generar diálogo —más allá de lo estético— dentro del arte contemporáneo?
Es igual de importante que cuando Marcel Duchamp creó “La fuente” en 1917, firmó “Mutt” y dijo que era arte. Desde ese momento, en la cultura occidental, lo estético pudo pasar a un segundo plano. Fue rebeldía con causa. Y ya era hora. El arte evoluciona constantemente y yo amo el arte conceptual.
Mi galería enfatiza esos diálogos al igual que lo haría un museo. No me interesa ningún aspecto decorativo per se en lo absoluto. Sin embargo, represento artistas con obras donde la belleza y la armonía (Ann Glazer, Lynne Harlow, Leigh Merrill) son parte integral de la obra. Pero detrás de ellas hay mucha tela que cortar.

El problema es que la evolución del arte de lo estético a lo conceptual no es parte importante de los programas educativos en la secundaria o en la universidad. Entonces lo abstracto y lo conceptual se vuelven retadores para el público. No lo entienden y les parece ridículo y sin mérito. Pero es porque no hemos aprendido arte dentro de un contexto. No se puede separar la obra de su contexto. Por lo menos yo así lo pienso. También hay cobertura favoreciendo el escándalo sin ahondar en la obra. Los periodistas que no son críticos de arte viralizaron la venta de la banana de Maurizio Cattelan (Comedian, 2019), que se vendió por cien mil dólares (más tarde se subastó por seis millones), pero a los que cubrieron la nota se les olvidó mencionar su temática, trayectoria, sus esculturas de mármol y la obra del artista en su totalidad. Duchamp era escultor, pintor, fotógrafo, y eso no lo enseñan, y la gente cree que La fuente fue todo lo que hizo.

Por eso es importante que museos y galerías tengan un balance en su programa. Una combinación entre la obra física de Simón Vega (Estela del gobernante) en la Bienal Paiz y Kathy Lovas es un buen ejemplo. Simón usa su destreza como pintor y escultor para crear obras con total manejo de técnicas en pintura y manejo de escala y espacio. Kathy Lovas, en cambio, creó la serie Social Distancing (Distancia social) durante el Covid, usando cajas de cartón del correo y búhos de peluche mechudos que nos hacían recordar tiempos sin salir de casa donde podíamos darnos el lujo de quedarnos en pijamas todo el día. Esa fue mi interpretación y me pareció genial, humorística y compasiva. En la época del Covid, la pulcritud pasó a segundo plano. Lo vital era quedarse en casa.
4. En exposiciones recientes como Speaking Ancestors / [Re]Awakening Spirit de Kelly Tapia-Chuning, hay una conexión con memoria, identidad y espiritualidad. ¿Te interesa que el arte dialogue con lo íntimo y lo ancestral?
Hoy por hoy es una de mis prioridades. Crecer en El Salvador me dejó con lagunas mentales sobre mis ancestros. No hay registros ni archivos indígenas. Parte de mi familia vino de Galicia, de los obreros que trajeron a Chalatenango. De mi parte indígena solo sé que soy pipil. Luego de eso, nada. La palabra indio es un insulto, menospreciando nuestra raza. Los indígenas en Latinoamérica eran ingenieros y astrónomos sin par. Nos vendieron la idea de que éramos salvajes y tontos. En el siglo XXI todavía no se descifra la ingeniería que usaron para ensamblar perfectamente las pirámides o su base numérica con el número 20. Tampoco Occidente sabe cómo hicieron para calcular la fecha y hora de eclipses con desviaciones mínimas por cientos de años.

Así que sí, apoyo artistas que quieren rescatar lo que se nos negó por siglos.
Mientras más sé de los pueblos indígenas, vengan de donde vengan, más los respeto. Creo que en estas fechas nadie que analiza el estado del planeta y cómo lo hemos destruido en aras del “progreso” puede decir que la cultura occidental y el colonialismo nos ha hecho una mejor civilización. Al contrario, destruimos en tiempo récord lo que tomó millones de años en formarse. En Estados Unidos había más de 50 millones de bisontes (búfalos americanos); para 1890 quedaban menos de 100. Es horrible lo que le hemos hecho al planeta. Para rescatarlo y rescatarnos hay que saber de dónde venimos y recuperar el conocimiento de todas las civilizaciones, no destruirlas.
La obra de Cody Norton habla de la cacería sustentable donde todas las partes de un animal se usan; en contraste con matar a un lobo o un oso para disecarlo. Esas prácticas son aberrantes y vienen de Europa. Hoy por hoy, una ballena muerta “vale” más que viva. Hay que venerar la naturaleza como la gran maestra de vida. Al final, ella tendrá la última palabra sobre nuestro destino.
5. También presentas propuestas como las de Saba Besier, que abordan la fragilidad ecológica. ¿Crees que el arte contemporáneo tiene una responsabilidad frente a temas urgentes como el medio ambiente?
No creo que el arte tenga responsabilidad alguna. Es un lenguaje libre y personal. Lo que pasa es que los artistas, como seres sensibles y pensantes, son afectados por sus circunstancias y no pueden evitar usar su obra para expresarlo. Les parte el alma lo que está pasando con el planeta. Saben que lo seguimos masacrando. Saba es un ejemplo de cómo una pieza habla de cosas descorazonadoras. Ella usa la armonía visual para hablar de un tema urgente, como lo has dicho.
La responsabilidad me parece que la tienen los líderes, la gente con poder. Ellos son los que toman decisiones que nos afectan usando nuestros impuestos. Los líderes se deben a sus ciudadanos, no a sus intereses. También nosotros, porque podemos demandar priorizar la cultura y la preservación del medio ambiente con nuestro voto. La naturaleza pasa factura y hay que escucharla.

6. Desde tu experiencia, ¿cómo describirías al público del arte en Dallas? ¿Es receptivo a propuestas más experimentales o sigue habiendo resistencia?
Amo a mi público en Dallas. A ellos les debo todo. Desde que vine a este país me recibieron con brazos abiertos. Los filántropos en Texas nos han regalado colecciones que están entre las mejores del mundo y tenemos el distrito de arte con más densidad en el país. Son súper receptivos a todo tipo de propuesta, pero a nivel de coleccionarla tengo mucho mejor recepción a nivel institucional. Mis propuestas de vanguardia existen para educar al público e impulsar la carrera de mis artistas. El panorama cultural de Dallas se estancaría si siguiéramos con propuestas del siglo XX.
Mi público en Dallas es súper receptivo a nuestra programación, por arriesgada que sea. Saben que si visitan mi galería encontrarán una muestra inesperada. Hay que atreverse para mantener la escena artística interesante. Estoy agradecidísima con los tejanos. La prensa en Texas me apoyó desde que comencé a trabajar con arte. Ha sido increíble. Aquí el trabajo duro, la innovación y la excelencia siempre son reconocidos.
También en el 2025 un amigo salvadoreño muy querido comenzó a coleccionar conmigo desde El Salvador. Eso también es un sueño y espero que se unan muchos salvadoreños más.
7. Has impulsado iniciativas como el programa URBANO, llevando el arte fuera de la galería. ¿Qué te motivó a romper con ese espacio tradicional y salir al encuentro del público?
URBANO nació por la influencia del MAC. Cuando vi lo que un espacio artístico e interdisciplinario GRATIS ofrecía a gente que jamás había tenido contacto con el arte, me sentí inspirada y conmovida. Yo pienso que el dinero es para eso: para vivir bien, pero también para ayudar y contribuir al bienestar de la comunidad. Para mí, la educación lo es todo, como lo creyeron mis papás.
URBANO es un regalo a todo aquel que no tiene acceso inmediato a la educación artística, porque lo único que tienen que hacer es verlo. Tal vez ni lo noten, pero eso es válido también.

URBANO es mi forma de contribuir y devolver a la ciudad todo el cariño y el apoyo que me dan. Espero extender el programa cada vez más y el 13 de abril URBANO presenta por primera vez dos piezas de arte público creadas por Kathy Lovas y Cody Norton. Va creciendo.
También hemos comenzado una colaboración con Kitchen Dog Theater con dos galerías vecinas. Estamos curando sus obras de teatro seleccionando piezas que dialogan con su programa. Poquito a poco, y cuando se puede, sigo expandiéndome. Mientras más personas disfruten de mi programa, mejor.

Espero algún día hacer muestras en El Salvador. Ya veré qué pasa. Por eso mis clientes son tan importantes. Ellos cierran el ciclo económico: compran arte, la galería se sostiene, los artistas expanden su práctica con proyectos más ambiciosos con mayores fondos, hay más visibilidad, los curadores los eligen para exhibiciones en instituciones o bienales y las piezas suben de precio porque hay más demanda. Lo que el coleccionista compró vale más a través del tiempo. Todos ganan. De cualquier forma, el valor del arte siempre va más allá de lo monetario. URBANO existe para reafirmar esa teoría. El arte es generoso.
8. Como mujer que dirige su propia galería, ¿sientes que tu mirada influye en la selección de artistas o en la narrativa curatorial de las exposiciones?
Sí, en ambos casos. Las mujeres artistas que represento hablan por mí. Se convierten en mensajeras personales. Ellas hablan de lo que me toca el alma, lo que me preocupa y lo que me hace feliz. En la narrativa curatorial de la programación tal vez no tanto, porque no lo necesito. Te comenté que programo exhibiciones con un año de anticipación, más o menos, y siempre, en el momento en que la muestra se inaugura, la sociedad está poniendo énfasis en ese tema. Eso no falla cuando tus artistas son visionarios, que es un denominador común entre los grandes.
9. ¿Pensás que el mercado del arte realmente ha sido justo con las mujeres artistas, o todavía existe una brecha —quizás más sutil— en términos de visibilidad y reconocimiento?
Claro que es injusto. El mundo está gobernado en su mayoría por hombres y las mujeres inteligentes intimidan y por eso se les ha negado visibilidad. Pero artistas como Deborah Kruger y las Guerrilla Girls pusieron en evidencia esa brecha en el arte.
Los precios tienen un margen abismal entre hombres y mujeres. David Hockney vendió una pintura hace unos años por 100 millones de dólares y Frida Kahlo fue la artista más cara en subasta, donde su pintura se vendió por 54 millones. Y aun muerta no llega al mismo precio… todavía. En eso estamos. Esa brecha se va cerrando y no va a parar porque cada vez más mujeres educadas ganan poder adquisitivo y deciden invertir en arte. La visibilidad también ha incrementado muchísimo y el reconocimiento también. Me siento afortunada de vivir en este tiempo y de ser parte de este cambio positivísimo para las mujeres.
10. Finalmente, en un mundo saturado de imágenes digitales y consumo inmediato, ¿qué papel sigue teniendo el arte como experiencia real, física y transformadora?
Es más importante que nunca. Nada se compara a la experiencia sensorial frente al arte para los seres vivientes, porque hasta los animales no humanos responden a la música y a la energía humana. Una amiga me contó que sus plantas se morían cuando tocaba jazz y parecía que les gustaba la música clásica. Una perrita que amo y se llama Honey Bear odia los violines y llora para que cambien el canal cuando los oye en televisión. Mi artista Bogdan Perzynski incorporó a la perra de su hija en un performance y fue la estrella.
Uno de los retos hoy es compartir con la gente la premisa más importante del arte: no es entretenimiento, no está para complacer a nadie. Se está dando un fenómeno donde la gente paga por ver pedazos de cuadros de Van Gogh proyectados en grandes paredes con música. Y las masas pagan por el entretenimiento y salen sin saber nada del artista, ni dónde vivía, ni cuándo, ni de qué iba la obra, ni qué pasaba cuando la hizo. Nada. Ni les importa. Solo quieren matar el tiempo.

Ser transformado por el arte tiene prerrequisitos: hay que ir sin prejuicios, con la mente abierta, como lienzo en blanco. Si no se llega con esa actitud, se pierde una gran oportunidad, así que invito a todos a visitarme, a visitar museos donde quiera que vayan y donde quiera que estén. Sobre todo, recomiendo que visiten museos de arte contemporáneo. Hace rato que dejamos atrás a Monet y a Picasso, sin restarles la inmensidad de su legado.
Las puertas de mi galería están siempre abiertas y recibimos con mucha alegría a todos nuestros visitantes. Pueden salir de la galería sin que les haya gustado absolutamente nada de lo que han visto; pero si en unos días se ponen a pensar en lo que vieron, mi trabajo está hecho. Si vuelven a visitarme y me dejan ayudarlos en su viaje como coleccionistas, esa es la copa de champagne del día.
Gracias, Zarko, por dejarme invitar a todos tus lectores a explorar el arte contemporáneo y enamorarse de él. El arte cambia vidas, es una de las mejores cualidades del ser humano.






