Por Alonso Rosales
La creciente tensión en Oriente Medio no solo pone en riesgo el flujo energético global a través del estrecho de Ormuz, sino que revela una amenaza aún mayor: la posible paralización de rutas alternativas utilizadas por los países del golfo Pérsico.
Antes del conflicto, la región aportaba cerca de una quinta parte del suministro mundial de petróleo. Sin embargo, el bloqueo parcial de Ormuz ha obligado a varios países a activar vías secundarias para mantener sus exportaciones. Aun así, estas alternativas presentan limitaciones críticas tanto en capacidad como en seguridad.
Países como Kuwait, Catar y Baréin dependen casi exclusivamente del paso por Ormuz, lo que los coloca en una posición especialmente vulnerable. En contraste, naciones como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han intentado redirigir sus exportaciones mediante infraestructuras como el oleoducto Este-Oeste, que conecta los yacimientos saudíes con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo.
No obstante, esta solución resulta insuficiente. Aunque el oleoducto tiene capacidad para transportar hasta 7 millones de barriles diarios, el puerto de salida no puede manejar ese volumen en su totalidad. Además, recientes ataques con drones han demostrado la fragilidad de esta ruta.
La situación se complica aún más por la amenaza en el estrecho de Bab el-Mandeb, un punto estratégico por donde circula una parte significativa del comercio marítimo mundial. El movimiento hutí en Yemen ha advertido sobre posibles bloqueos, lo que incrementa el riesgo de interrupciones en el transporte de crudo.
Expertos advierten que, si Irán logra afectar tanto Ormuz como Bab el-Mandeb, podría aislar prácticamente a los países del Golfo del acceso al océano Índico. Esta situación generaría un impacto inmediato en los mercados internacionales, elevando significativamente los precios del petróleo.
Ante este panorama, la capacidad de reacción de los países productores parece limitada. Las rutas alternativas no logran compensar el volumen habitual de exportaciones, mientras que los riesgos geopolíticos continúan en aumento.
La evolución del conflicto será determinante. En manos de Irán está la posibilidad de intensificar la presión sobre los mercados energéticos globales, en un escenario donde cada movimiento puede traducirse en consecuencias económicas de alcance mundial.


