Por Zarko Pinkas-Ramírez
Hay directores cuya estética supera con creces su capacidad de leer políticamente el mundo. Yorgos Lanthimos es uno de ellos. Bugonia, su más reciente película, es la confirmación —brillante en lo visual, inteligente en lo formal, poderosa en la actuación— de que el cine puede ser impecable como arte y desastroso como herramienta pedagógica. No porque la película sea mala: al contrario, es sólida, arriesgada, incluso virtuosa. Sino porque parte de una premisa equivocada, repetida hasta el cansancio por un progresismo cultural que aún cree que ridiculizar al adversario es equivalente a desarmar su visión del mundo.
La película toma su título del mito griego de la bugonía: la creencia, sostenida por griegos y romanos, de que de un buey muerto encerrado en una caja surgirían abejas nuevas, como un renacimiento espontáneo y milagroso. Hoy sabemos que lo que surgía no eran abejas, sino moscones que depositaban sus larvas en la carne en descomposición. Aun así, la metáfora sigue vigente: hay ideas que se creen vivas y puras, pero que nacen siempre de cadáveres conceptuales. Lo interesante es que Lanthimos parece pensar que está atacando ese mito; sin embargo, termina alimentándolo sin querer.

Bugonia sigue a una poderosa ejecutiva farmacéutica, Michelle Fuller, interpretada por Emma Stone —una actriz que ha encontrado en Lanthimos a un socio creativo casi fetichista, y que aquí vuelve a demostrar por qué es una de las intérpretes más sólidas de su generación—, que es secuestrada por dos hombres: un empleado resentido y conspiranoico, Jesse Plemons como Teddy Gatz , y Aidan Delbis como Don,un joven con cierto nivel de discapacidad intelectual.
Ambos creen que la ejecutiva es en realidad una extraterrestre. Ambos creen que la industria farmacéutica es una organización supraterrenal manipuladora. Ambos creen, en fin, que el mundo está dirigido por fuerzas ocultas. Lanthimos pretende ridiculizar estas ideas mostrando su dimensión grotesca: la casa en ruinas, el aislamiento social, las teorías delirantes, el eclipse que revela una Tierra plana —uno de los momentos más burlescos del filme— y la obsesión con un universo paralelo donde la élite no es humana.

Todo esto podría funcionar como sátira. Podría. Pero no funciona.
Y no funciona por una razón simple: los conspiranoicos no leen las imágenes del mismo modo que el público progresista que las celebra. Una burla no se recibe como burla. Una crítica no se recibe como crítica. Un ataque irónico no se interpreta como tal. Y Lanthimos —como gran parte de la izquierda cultural— sigue creyendo que su humor negro y su sofisticación estética son armas intelectuales capaces de corregir mentalidades fuertemente ideologizadas. Ese es el error de cálculo.

Estética impecable, lectura política fallida
Para ser justos, Bugonia es una película hermosa. La fotografía es limpia, casi quirúrgica. Los encuadres fijos, los primeros planos sostenidos, las secuencias de tensión construidas con paciencia quirúrgica: todo respira estilo propio. La musicalización acompaña sin saturar. La narrativa fragmentada crea atmósferas que funcionan. Lanthimos es un director serio, consistente, técnicamente admirable.
Pero detrás de esa impecabilidad visual hay una ingenuidad política sorprendente. El director cree que su sátira desmonta un fenómeno social que lleva décadas consolidándose, especialmente en países como Estados Unidos. Lo que él presenta como un retrato grotesco del conspiracionismo —los terraplanistas, los antivacunas, los creyentes en extraterrestres infiltrados entre las élites, los defensores de teorías como Roswell, Pie Grande, el Hombre Polilla, los criptoanimales o la idea de que Bitcoin es la única defensa contra un gobierno global y satánico— es, para ese mismo público, una confirmación de sus propias creencias.

Lanthimos presenta a un conspiranoico que cree que la farmacéutica es manejada por una alienígena. Sin querer, valida simbólicamente la idea de que “Big Pharma” tiene algo que ocultar. Muestra un eclipse que revela una Tierra plana. Sin querer, refuerza la narrativa visual de los terraplanistas. Ridiculiza el aislamiento de estas personas. Sin querer, les da un modelo cinematográfico que confirma el aislamiento como prueba de pureza ideológica: “Si el mundo se ríe de vos, es porque tenés razón”.
Lo que para un progresista es sátira, para un conspiracionista es validación.
El cine no desprograma creencias: teoría del refuerzo
En comunicación, esto se conoce desde hace más de medio siglo: las personas no cambian creencias por exposición a información que las contradiga, al contrario: las refuerzan. La teoría del refuerzo es básica: cuando un individuo tiene un sistema de creencias cerrado, cualquier intento externo por debilitarlo se interpreta como ataque… y por lo tanto, como evidencia de que el sistema de creencias es correcto.
El conspiranoico no tiene dudas: tiene certezas paranoicas. Y las certezas paranoicas funcionan como sistemas inmunológicos: todo lo que venga de afuera es infección enemiga. Durante la pandemia lo vimos con claridad. La información científica no desprogramó a los antivacunas; los radicalizó. Los terraplanistas se multiplicaron en TikTok y YouTube no por falta de evidencia, sino por abundancia de narrativa visual que encajaba en su universo simbólico. Las redes sociales fueron las autopistas por donde circularon estas ideas, amplificadas por algoritmos que premian el contenido emocional sobre el racional.

Lanthimos parece desconocer esta dinámica. Cree, como muchos intelectuales progresistas, que basta con mostrar la ridiculez para que la ridiculez se desmorone. Olvida que la ridiculez, en el mundo conspirativo, opera como confirmación del engaño masivo: “Hollywood se burla de la Tierra plana porque la Tierra es plana”. “Las élites muestran extraterrestres en películas porque los extraterrestres están entre nosotros”.
Es un pensamiento medieval, sí. Pero es un pensamiento medieval reforzado por tecnología moderna. Y eso lo hace más peligroso.
La izquierda cultural predicándose a sí misma
No es la primera vez que el progresismo cae en esta trampa. Don’t Look Up, con DiCaprio y Meryl Streep, ya lo había hecho: retratar a la derecha como un grupo de ignorantes incapaces de ver una amenaza evidente. El público progresista salió fascinado: “¡Qué genial la crítica!”. El público conservador salió indignado: “¡Hollywood se ríe de nosotros!”. Y el público conspiranoico salió reforzado: “¡Hollywood muestra lo que nos ocultan!”.
Cada bando salió fortalecido en su propia trinchera. Nadie cambió de opinión.
Lo mismo ocurre con Bugonia. Lanthimos cree que está criticando al votante de Trump, al consumidor enfermizo de teorías del caos, a la extrema derecha que abraza el terraplanismo y el antivacunismo. Pero su crítica no sale de su propio público natural: jóvenes universitarios progresistas, cinéfilos, gente que ya piensa como él. Para ese público, la película es una celebración del humor negro. Para el público objetivo —el conspiranoico real— es gasolina.


La izquierda cultural lleva décadas cometiendo este mismo error: confundir el impacto emocional del arte con impacto social real. Yo lo he visto durante 40 años, desde mis 15 años en círculos intelectuales de izquierda hasta hoy, en redes sociales saturadas de intelectuales que subestiman profundamente al adversario. Creen que una película puede contrarrestar siglos de religiosidad, ignorancia estructural, falta de educación básica, trauma social, y la infantilización política que producen los algoritmos.
No. Una película no revierte eso. No así. No de esta manera.
Conspiracionismo como cosmovisión, no como desinformación
El conspiracionismo no es falta de información. Es una cosmovisión cerrada, autosuficiente, impermeable. Hace 150 años, cuando llegó la electricidad, hubo grupos que decían que era obra del demonio. Es la misma matriz mental que hoy cree que las vacunas tienen microchips, que la Tierra es un disco rodeado por un muro de hielo, que la ONU es un plan reptiliano, que los judíos controlan la economía mundial, que los extraterrestres están infiltrados en la política, que la ciencia es un engaño masivo diseñado para esclavizar a la humanidad.
No es ignorancia. Es identidad.
Cuando Lanthimos muestra a su personaje aislado en una casa, reforzándose sus delirios con un compañero vulnerable, lo que muestra es exactamente la manera en que opera ese ecosistema: no hay contacto con el mundo exterior. No hay cine que los alcance. No hay sátira que los penetre. No hay ironía que los recorra. Ese tipo de espectador ni siquiera va al cine. O si va, lo hace desde una lógica paranoica, interpretando cada imagen como una pista oculta.
La burla, para él, confirma el complot.
Emma Stone, Lanthimos y la estética del encierro
No quiero ser injusto: el trabajo actoral es magnífico. Emma Stone interpreta con precisión la frialdad corporativa de una ejecutiva de Big Pharma. Su rostro transmite miedo, poder, alienación y fragilidad en cuestión de segundos. Las escenas de secuestro están filmadas con tensión quirúrgica. El director sabe mover la cámara, sabe usar el silencio, sabe manejar los tiempos.

Pero la pregunta es: ¿quién está dentro del encierro real?
Los personajes están encerrados en una casa. La película está encerrada en una burbuja ideológica. El director está encerrado en la convicción de que basta con exponer el absurdo para desarmarlo. Nada de eso es cierto. El mundo real es más complejo, más peligroso, más impredecible. El conspiracionismo no se combate con burla, sino con alfabetización crítica. Y esa alfabetización no ocurre en un cine arte.
El rol educativo del cine y la miopía del discurso
El cine —como séptimo arte— sí tiene un rol educativo. Puede abrir mentes, expandir sensibilidades, transmitir valor simbólico. Pero para eso necesita comprender al espectador real, no al espectador idealizado. Bugonia está pensada para un espectador progresista que ya entiende que la Tierra no es plana, que no hay extraterrestres en la política, que Big Pharma opera bajo lógicas corporativas pero no reptilianas. Es un cine que predica al coro.
Si Lanthimos quisiera realmente golpear el fenómeno conspiranoico, tendría que hacer algo que Hollywood lleva décadas sin atreverse a hacer: retratar al conspiranoico no como un payaso, sino como una víctima social, un producto de desigualdades estructurales, de falta de acceso a educación, de aislamiento cultural, de desesperación emocional, de religiosidad mal digerida, de tecnología que premia la paranoia, de un país —Estados Unidos— que vive en ansiedad permanente.
Pero en Bugonia, el conspiranoico es una caricatura. Una buena caricatura, sí. Pero caricatura al fin. Y la caricatura es combustible.
Un gran filme atrapado en un error ideológico
Bugonia es una excelente película estéticamente. Emma Stone está en uno de sus mejores papeles. Las decisiones visuales y sonoras son precisas. El humor negro funciona. La fotografía es impecable. No se puede negar que Lanthimos es un creador virtuoso.
Pero como análisis político, la película fracasa. Fracasa porque parte de un supuesto equivocado: que ridiculizar al conspiranoico lo debilita. Fracasa porque olvida que la teoría del refuerzo convierte la burla en confirmación. Fracasa porque predica al público equivocado. Fracasa porque no entiende que el conspiracionismo no es una idea: es una identidad cultural profundamente arraigada. Fracasa porque subestima a la derecha radical y sobreestima el poder pedagógico del arte.
El cine no cambia creencias cerradas. No así. No con burla. No con caricatura. Y mucho menos cuando las redes sociales ya han ganado la batalla simbólica: el terraplanismo, el antivacunismo, el conspiracionismo alienígena y el pensamiento medieval disfrazado de modernidad tecnodigital ya están instalados en miles de mentes.
Bugonia, sin quererlo, les da más narrativa para seguir creyendo.
















