Por Gabriel Otero.
Los sonidos forman parte de un lugar y de nuestra vida, son identidad cultural y patrimonio intangible de una época. Así como se contemplan paisajes visuales, existen paisajes sonoros para retenerlos en la memoria y en archivos y registros digitales.
En El Salvador, a medida que han crecido las ciudades, se han ido perdiendo los recuerdos sonoros, memorias de barrio y de colonia, voces que ahora solo se escuchan en la mente, voces de un repertorio personal que alguna vez fueron sonidos patrimoniales.
DE COCO DE PIÑA Y DE LECHE
El sorbetero se escuchaba todos los días. Era un señor de unos cincuenta años que llegaba cuando el calor nos ahogaba, a las dos de la tarde. Sombrero de paja, bigote entrecano recortado, de tez blanca casi rojiza, vestido con camisa celeste arremangada, elaborada de tela humilde casi transparente y pantalón de poliéster café que le llegaba a los tobillos, andaba sobre unos botines de cuero negro con cierre a los costados.
Era un tipo simpático, cantaba: ¡vaaa el sorbete de coco, de piña y de lecheee! Y ahí salíamos de nuestras casas a probar las delicias que él preparaba sobre barquillos artesanales de color rosado, los sorbetes costaban diez, quince o veinticinco centavos y siempre los adornaba con un jarabe hecho de miel, sabían dulces como imaginábamos a los copos de nube del cielo de San Salvador, su voz era un sonido familiar.
Rodeábamos su carretón blanco, compuesto por una caja de madera rectangular con tres ruedas y una manija larga con cuatro campanas de timbres armoniosos, sobre el carretón estaba otra caja con paredes de vidrio donde se guardaban los barquillos y las servilletas.
Adentro del carretón estaba el cilindro rodeado de hielo, con el sorbete en su interior, lo tomaba con un cucharon metálico, lo servía en el barquillo, y nos lo entregaba, era un profundo ritual, pero lo más disfrutable era su anunciación, su llegada con su remedio dulce y fresco, un deleite que debía ser disfrutado antes de derretirse.
Luego el sorbetero seguía su camino y a los metros repetía ¡vaaa el sorbete de coco, de piña y de lecheee!
TAMALES DE ELOTE, TAMALES PISQUES
La necesidad es la madre del equilibrio, sostener un canasto en la cabeza requiere dureza en las piernas, tobillos firmes y pantorrillas con músculos, las salvadoreñas poseen eso de sobra, son mujeres morenas curtidas por la vida.
A las cinco de la tarde, sobre la avenida Toluca, pasaba una mujer con un vestido de flores delgado, de a media pierna, y con un delantal blanco, caminaba sobre chanclas de hule, venía de lejos, gritaba: ¡Taamales de elote, va a querer sus taamaalees de elote!
Costaban cincuenta centavos, vendía, además, tortitas y riguas, llegaba a esa hora y aprovechar la típica cena salvadoreña de las seis de la tarde. Y gran parte de las vecinas le compraban para comer tamales de elote con crema y una buena ración de casamiento.
Y cuando no eran tamales de elote vendía tamales pisques, entonces vociferaba ¡taamaalees pisquees! Como una invocación al crepúsculo, ese que reunía a las familias alrededor de la mesa para convivir antes de que naciera la noche.
EL PITIDO DEL SERENO
Era costumbre que el sereno pasara en las colonias después de las doce la noche cuando no había nadie en la calle y lo único que se escuchaba en la lejanía era el canto de algunos gallos despistados, desgañitándose por anunciar el alba.
Los serenos se identificaban mediante un pitido seco y solitario, era un empleo riesgoso, el último que escuché fue una noche de verano de 1987, y ahí en la sala de la casa familiar, escribí este poema:
Oyendo a los almendros
y al ulular de los pasos
camina el sereno
vomitando minutos a la noche
a pasos de sirena
dibujando con su cigarro
cualquier esquema
empuña su miedo de granito
cierra los párpados
y estruja el silbato de los gallos
en cada esquina
en cada baldosa
de cada avenida
y todo parece etéreo
como la letanía de la cigarra
o el abismo
de la barranca(1).
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(1) Otero, G. (1994). Entre el aire y tu piel: Vol. 3 Colección Caballito de Mar. (Primera Edición). Dirección General de Publicaciones.



