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miércoles, 12 de mayo del 2021

4-0, o las venas abiertas en constante hemorragia

La selección mayor fue humillada 4-0 ante Honduras y, consecuentemente, descalificada del torneo. Nada sorprendente de un paí­s que dentro de la cancha exterioriza lo que se vive en diversos ámbitos del paí­s.

Hay que primeramente reconocer que tenemos un problema grave como paí­s y que únicamente cuando aceptemos el diagnóstico podremos ver con claridad como salir de él.

Somos un paí­s de perezosos, en la cancha o fuera de ella. La mentira que creemos del salvadoreño trabajador ha quedado como una leyenda, sino ¡fí­jese en sus compañeros de trabajo esperando que el reloj marque las 5 para salir! Y las remesas, en lugar de ayudar a nuestras comunidades, están creando ocio, creando ciudades llenas de individuos dependientes que solo esperan estirar la mano para que el pariente del extranjero les mande la mesada. Una alumna me dijo que ella se habí­a matriculado en la universidad nada más porque su papá le habí­a dicho que si no estudiaba no le mandaba más dinero.

Somos un paí­s de conformistas. “Vaya pues” es la frase del conformismo que repetimos sin cuestionar. El jugador Nelson Bonilla fue parte del 4-0 declara que si nunca hemos ganado nada, ¿cómo esperan que la selección juegue como Brasil? Y nadie espera que sea así­, ni El Salvador es Brasil ni Honduras es Argentina, pero como tenemos esa actitud de así­ somos, así­ jugamos, nunca ganamos, nunca vamos a salir de la mediocridad. Decir “por lo menos no fueron 5 goles” es otra justificación mediocre. La gente que llega tarde y se excusa diciendo “por lo menos llegué” no hacen más que propagar ese conformismo fatalista.

Somos un paí­s de plagios y de mentiras que propagamos como verdades. Odiamos a los mexicanos pero consumimos e imitamos su música, sus telenovelas, su gastronomí­a e incluso hemos incorporado su variedad dialectal en la nuestra. ¡Hasta nos creemos que tenemos el himno nacional más bello del mundo! Aunque se haya ya notado que es un copy-paste de varias composiciones europeas.

Somos un paí­s donde la culpa siempre la tiene el otro y donde la responsabilidad individual es inexistente. El DT de la Selecta dice que no hay delanteros; nos quejamos que la alcaldí­a no limpia los tragantes de aguas lluvias mientras aventamos la bolsa del mango que nos acabamos de comer; el busero tuvo un accidente porque se le fueron los frenos y no era su responsabilidad revisarlos; el inquilino no paga la renta porque no le alcanza lo que le pagan, etc.

Somos un paí­s donde impera la desorganización. Hay jugadores en la MLS y en otros clubes que pudieron haber aportado para la Selección, pero eso requiere un alto nivel de coordinación con sus respectivos equipos. No nos alcanza el tiempo y llegamos tarde por la desorganización de nuestro tiempo; amos al súper sin una lista de compras y nos quejamos que el dinero no nos alcanza; no encontramos la pareja de nuestros calcetines y terminamos desechando el impar.

Somos un paí­s asqueroso y habitado por sucios. ¿Quién no ha visto esa horrenda mano que sale de un carro para tirar la basura que no quiere adentro? ¿O el estadio después de un partido? Bolsas de agua, botellas de plástico en las calles o en las playas, escupitajos por aquí­, flemas por allá, heces y orines que los igualmente asquerosos dueños de negocios cubren con cal, colillas de cigarros por doquier, trastes sucios apilados en el lavadero, en fin.

Somos un paí­s de destructores. “¿Y qué acaso es tuyo, pues?” es la frase predilecta de muchos y es que lo que no cuesta se hace fiesta. Basta con echarle un vistazo al estado de nuestras paradas de buses, de las tapaderas metálicas de los tragantes, de los asientos en los buses o de los pupitres en los centros de estudio.

Afrontemos nuestros problemas, nuestras debilidades, nuestros miedos. Seamos entes cambiantes y propositivos. Aprovechemos este cambio de gobierno y sembremos nuevos propósitos en nuestras vidas y en nuestra sociedad para que en algunos años podamos reflejar en la cancha la bonanza cultural que cosecharemos en el paí­s.

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Nelson López Rojas
Columnista Contrapunto

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