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martes, 03 de agosto del 2021

Vaya semanita en El Salvador

A raíz de la memorable irrupción de don Nayib Bukele y sus socios armados en el sacro templo de nuestra democracia, han surgido glosas y reflexiones sobre el suceso que merecen ser comentadas. Tales reflexiones se han lanzado como moscas sobre la monumental deposición del presidente. Y la razón y la Constitución las acompañan en su tarea crítica.

Se me concederá que la crítica de la crítica es también un ejercicio respaldado por el derecho, por la libertad de opinión. Así que permítanme juzgar a quienes con tanta razón juzgan al imprevisible y arrebatado presidente de nuestro país.

Yo les propongo una taxonomía provisional para ordenar un material tan volátil. Las críticas a Bukele pueden subdividirse en dos grupos principales: las que pueden definirse como alfredoespinismo cívico y las alarmistas. Evidentemente, cabe incluir a otros grupos en esta clasificación provisional, pero detengámonos en estos dos primeros.

El alfredoespinismo cívico (delante del amenazante y monstruoso Bukele, villano entre los villanos, loco rey entre los locos) se lanza a cantarle a las cumbres, divinas cumbres de nuestra democracia y nuestra constitucionalidad liberal.

Agradezcamos a don Nayib y a sus muy tuertos consejeros el que hayan convertido en príncipes defensores de la constitucionalidad liberal a esos sapos que hoy conspiran en el parlamento para eludir la justicia en un caso como el del Mozote. Evidentemente no todos los alfredoespinistas cívicos pretender colaborar con dichos sapos, pero, al carecer de alternativa política, con ellos y con ellas se cumple lo que dice aquél refrán: nadie sabe para quién trabaja.

Lo mío es un apunte, no es un tratado sistemático con su repertorio ordenado de conceptos, así que paso a referirme al coro de los alarmistas. Comprendo el miedo y la zozobra, pero ambos desfiguran el tamaño de los hechos y sus posibles consecuencias. En los primeros instantes de la ocupación de la asamblea se dijo que habíamos vuelto a los años 70. Esto suponía desconocer lo que fueron los terribles años setenta y lo que son los años de este nuevo siglo que vivimos políticamente en El Salvador. El miedo no es un buen punto de vista como tampoco lo es el asco que a muchos les produce Bukele.

Muchas personas consideran a los “nayilibers” como un escándalo para la razón y tienen razón, pero los nayilibers son tan obvios como ejemplos de una ideologización extrema que burlarse de ellos no es precisamente un ejercicio de lucidez. Nuestra obligación, al contrario, sería analizarlos como ejemplares significativos de nuestra cultura política.

A mí lo que me desconcierta es que un renombrado politólogo de nuestro país haya incurrido en el alfredoespinismo cívico. Esto demuestra que las personas formadas e inteligentes también se drogan con sus rechazos y con las palabras.

Y drogarse con palabras en política no es bueno porque altera nuestra percepción de la realidad. Ahora, en la actual coyuntura, muchos consideran que Bukele es un político difunto. Quizás sí, pero el peligro es que quizás no. Quienes van a decidir sobre la vida o sobre la muerte política de Bukele son las masas de nuestro país, masas que por un poquito más de seguridad podrían sacrificar un poquito más de esa democracia por la que tanto se emociona el alfredoespinismo cívico.

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