Por Alonso Rosales
Trump vende miedo, Trump inicia el caos, las matanzas. Luego, como si nada, anuncia “seguros a precios razonables” y escoltas de la Armada para navieras en el estrecho de Ormuz. La escena parece salida de una tragicomedia política: primero se eleva la tensión al máximo; después se ofrece la póliza.
El presidente de Donald Trump declaró que la Armada de Estados Unidos podría comenzar a escoltar petroleros a través del estrecho de Ormuz si fuese necesario, y anunció seguros contra riesgos políticos para el comercio marítimo en la zona. Todo esto mientras se expanden los enfrentamientos entre Israel, Irán y Hezbolá, actor clave que respalda a Teherán.
En paralelo, continúan los ataques contra objetivos estadounidenses en Medio Oriente. La región se convierte, otra vez, en un tablero donde cada movimiento militar se traduce en un mensaje político, y cada mensaje político en una posible represalia armada.
El primer ministro Benjamín Netanyahu ha llevado el conflicto a otra dimensión discursiva al atribuirse la eliminación de clérigos chiítas vinculados al proceso de elección del líder supremo iraní. Más allá de la veracidad o no de tales afirmaciones, el tono de jactancia introduce un elemento inquietante: la normalización pública de la eliminación del adversario como logro político.
Aquí surge la paradoja que muchos analistas señalan: cuando un actor dispara, debe anticipar que recibirá disparos. La guerra no devuelve rosas. Si se mata, habrá represalias. Es una lógica brutal, pero constante en los conflictos armados. Sin embargo, en el discurso político aparece una asimetría moral: se justifica la violencia propia como defensa o necesidad estratégica, mientras se condena la ajena como barbarie inadmisible.
El problema no es solo militar; es narrativo. Se construye la idea de que algunos pueden ejercer la fuerza sin esperar consecuencias proporcionales, como si ocuparan un plano superior, casi intocable. Según diversos observadores, tanto Trump como Netanyahu proyectan esa imagen: líderes que juegan al borde del abismo confiando en que el costo final no recaerá sobre ellos, sino sobre soldados, civiles y economías enteras.
Cuando un presidente anuncia escoltas navales y seguros de guerra, reconoce implícitamente que el riesgo ha escalado. El mercado no pide pólizas en tiempos de calma. El comercio marítimo no necesita protección militar cuando reina la estabilidad. Cada buque escoltado es también una señal de que la diplomacia ha retrocedido varios pasos.
La ley de la guerra es clara y despiadada: acción genera reacción. La historia demuestra que ningún actor es de cristal. La ilusión de invulnerabilidad suele romperse con estruendo.
En última instancia, la pregunta no es quién puede disparar primero, sino quién está dispuesto a asumir el precio político, humano y moral de una espiral sin control. Porque cuando los líderes juegan a ser semidioses, los pueblos terminan pagando como mortales.


