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viernes, 30 de julio del 2021

Tras las voces y huellas de un pasajero del tiempo: Vladimir Monge

Los versos que componen su poemario Pasajeros en el Tiempo, edición bilingüe, abarcan los diversos tópicos que aguijonean su sensibilidad, pero todos ellos, incluso los románticos/sensuales, están tamizados por su vinculación tan honda con El Salvador

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Pocas veces tienen tanto sentido los versos de Antonio Machado «caminante no hay camino, se hace camino al andar», como es el caso del poeta José Vladimir Monge, autor de los libros Pasajeros en el Tiempo (2007) y Voces y Huellas (2012). Su obra mas reciente ha sido publicada en antologías tanto en Los Estados Unidos de América como en la República de El Salvador. Todo cambia, cantaba Mercedes Sosa, y la obra de Monge ha venido en profundidad, pero siempre comprometida y solidaria, fiel a sus valores de vida y tan genuina.

Los versos que componen su poemario Pasajeros en el Tiempo, edición bilingüe, abarcan los diversos tópicos que aguijonean su sensibilidad, pero todos ellos, incluso los románticos/sensuales, están tamizados por su vinculación tan honda con El Salvador. Es terrible, comparte, «…este eco que resuena en los oídos de mi historia personal, tan atada a ti, por lo demás, anunciando que ya todo se ha consumado.» «Tu, solamente tú, responsable de mi risa altiva y valiente; de mis arranques de furia, de alzamiento y rebelión; segadora de mi trigo; moledora del maíz, razón umbilical de nuestra historia.»

Nuestro poeta tiene el derecho de dirigirse a su amada patria como le plazca. Y es que, cuando había guerra civil y El Salvador no tenía quien Lo Salvara, Vladimir fue testigo directo del ir y venir del mal y la muerte. Y allí donde otros huyeron, nuestro poeta se quedó y recuerda: «…Y entonces oíamos ese retumbar del corazón que nos traía la vergüenza de sentirnos culpables de indiferencia; quizá de desamor; quizá de soledad; quizá de sentir esa palpable sensación de estarnos deshumanizando.  Ya poco valía la vida como poco valía la muerte y, sin embargo, dolía.»

Eran tiempos de dar la cara a la muerte para salvar la vida de la nación que lo había amamantado con olor a campiña.  Y nuestro poeta se armó de esperanzas y sueños: «Ayer fueron los sueños los que nos […] mostraron caminos más allá de la muerte. También nos dieron la angustia, la terrible sorpresa de saber que ya éramos grandes y que era el momento de hacer algo concreto; al ritmo de esos sueños, amamos; junto a cada nuevo día, luchamos; en el cielo y en la tierra, buscamos las señales y encontramos las montañas repletas de voces y senderos. Al ritmo de los sueños, fuimos hombres y mujeres y nos creció la vida como hierba silvestre. Al ritmo de los sueños, encontramos la patria y descubrimos, intactas, sus heridas sangrantes.»  Por eso peleó Vladimir Monge, y todos los años de clandestinaje e insurgencia los dedicó a curar esas heridas de su entrañable suelo materno.

Por otra parte, los antecedentes del libro Voces y Huellas son los manuscritos que se fueron acumulando fortuitamente, como testimonio de acontecimientos y/o desahogo de temores, angustias, ansiedades y también como recuento de anhelos, ilusiones y decisiones tomadas en el campo. Es un legado honesto a la memoria colectiva y así debe asimilarse. El poeta desea compartir, no reclamar. Testimoniar, no denunciar. Nada es inventado. Es un mosaico de piezas literarias que, salvo porque la mayoría de ellas se refieren a momentos difíciles en la vida de cualquier Ser Humano, podría decirse que son hermosas.

El autor logró filtrar y decantar las turbulentas y traumáticas experiencias que refractan circunstancias terribles para una nación en general y para miles de personas en particular. Decenas de miles abrazaron las mismas ilusiones que Monge y lucharon por hacer realidad un nuevo orden de cosas que viabilizaran una mejor nación. Miles murieron y muchos más sufrieron y sufren aun las secuelas en forma directa o indirecta de esa gesta histórica en que todos, sin excepción, nos vimos envueltos.

Al final de la conflagración nacional no hubo vencedores ni vencidos: todos fuimos perdedores. Porque perdimos la inocencia al manchar nuestra juventud con sangre, terror y dolor. Tanto de un bando y del otro, hijos de un mismo pueblo, resultamos víctimas de un proceso histórico-político-social. Aunque en este punto de nuestras vidas habría que repetir en coro los versos de Roque Dalton: «Ser salvadoreño es ser medio muerto / eso que se mueve / es la mitad de la vida que nos dejaron».

Además del aporte ya mencionado, es importante destacar que más de la mitad de su existencia, Vladimir Monge ha sido un migrante en varios países y por eso tiene encarnizada la experiencia del expatriado. Es muy probable que en su periplo haya refrendado con su vida el sentido del “Poema de Amor” de Dalton, porque solo así se comprende que haya escrito poemas tan sentidos, reflexivos y dolorosamente veraces como: “Cinco mil pies cuadrados”, “Comprendo”, “Reflexión nocturna en Canadá” y “El Salvador, USA y Nosotros”.


Vladimir es un poeta volcánico, no por su estilo explosivo o candente -que no lo es- o porque amenaza con erupciones creativas -que tampoco es su forma- o porque es imponente ante la colectividad -su modestia jamás lo permitiría-. No, nada de eso. Él es volcánico porque su obra literaria tiene masa de vida como la tiene un milenario volcán, anécdotas como árboles, risas como cantos de pájaros, lágrimas como el rocío en las alturas, pero sobre todo un magma proteico que subyace en su alma y de allí vienen sus efluvios inspiracionales y creativos. El lector puede seguir sus huellas para escalar y en la cima al sentir el viento acariciar su rostro, también escuchará las voces de un pasajero del tiempo que nos invita a subir y vivir, tan solo vivir.

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Grego Pineda
Escritor salvadoreño y columnista de ContraPunto
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