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lunes, 20 de septiembre del 2021

Testimonio de un joven varado en Barcelona

Con la sensación matutina de contar un día más fuera de casa, lejos de mi familia y amistades yo no puedo “quedarme en casa” porque casa está a un decreto o dos, de distancia / Foto de El Diario de Hoy

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A poco más de dos meses fuera de casa, pienso cada vez más que la vida se reduce a una competencia entre dos carritos de juguete.

Una de las carreras, es el fin de la pandemia y la otra es el cese de las medidas adoptadas por los gobiernos.

Parece que cuando llega el fin de las medidas alguien ensambla más piezas a su carril, haciendo difusa la sensación de encontrarse en una emergencia sanitaria o en un ensayo de guerra.

Soy estudiante de Filosofía de la Universidad de El Salvador y miembro de la Red de Jóvenes Coincidir. Llegué a Barcelona el 7 de marzo de este año, para participar en la edición número 38 del Curso Anual de Derechos Humanos, del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña (IDHC), luego de ser electo como becario de la bolsa de viajes de estudio que el IDHC abrió para tres personas de América Latina. El curso programado del 9 al 26 de marzo, se suspendió después de la primera semana y recién culminó la versión en línea el 28 de Abril.

Actualmente el IDHC en coordinación con la Agencia Catalana de Cooperación para el Desarrollo (CCD) y la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado ha adecuado su Programa Catalán de Protección a Defensoras y Defensores de Derechos Humanos, de manera que han acogido a algunas personas involucradas en el trabajo de organizaciones en pro de los DDHH, proveyéndonos un lugar de estancia y becas alimenticias para sobrellevar la situación de quedar afuera de nuestros países de residencia.

Contacté con el consulado salvadoreño en Barcelona. Llené los dos formularios que Cancillería de El Salvador habilitó. Se me notificó que contactarían conmigo, hasta la fecha pasó solamente una vez. Cuando me notificaron de la derogación al veto contra la regulación de repatriación.

Madrid entró en caos mucho antes que Barcelona, mientras que a la fecha de adopción de medidas acá, el gobierno salvadoreño ya tenía cerradas todas las fronteras y aeropuertos y sólo me preguntaba: ¿Estoy solo en esto? ¿Cuánto tiempo durará?

Ahora con la solución temporal que se me ofreció desde el IDHC estoy materialmente resuelto, pero esta no es una condición común entre los más de 4.000 salvadoreños y salvadoreñas que se encuentran en otros países sin más noticia que la recepción de los formularios que son tan generales que parece nada más un paso más del check list, antes que una posible solución.

Con los precios de la zona me he arreglado para vivir con un promedio de 100 euros mensuales, que sólo se van en alimentación, antes de mudarme al piso de acogida del programa, cancelaba 24 euros por noche en un AIRBNB que contaba con una habitación dentro de una casa, siendo la opción más accesible. Mientras los gastos en El Salvador no se han pausado, contrario a lo que se notificó de la suspensión en cobros de servicios básicos, los recibos siguen llegando y yo pagando por un lugar donde no estoy viviendo ya hace dos meses. Vivo solo, en la zona de Mejicanos y al mismo tiempo sostengo cierto porcentaje de los gastos de casa de la familia mientras que mi mamá sostiene la otra parte desde el comercio informal. La apariencia que todo está detenido “allá afuera” es sólo eso, una apariencia, no hay que reactivar la economía porque es lo que menos se ha detenido.

Ambos carriles de los carritos de juguete van a dar con el agotamiento de cualquier recurso material e ingresos económicos, que a diferencia de los que sí pueden y han acumulado excedentes, a las personas que se arreglan con el día a día, cualesquiera de los carriles nos llevan al panorama donde en este tiempo de aparente parálisis acumulamos más deudas que en todo el periodo de lo que conocíamos como “la normalidad” por más, desigual y encarecida desde siempre.

Hay expresiones racistas de personas españolas que nos identifican como usurpadores de sus recursos, mientras que compatriotas nos culpan por “darnos el lujo” de viajar y con eso exponer al contagio a otras personas, olvidan que más de un 30% de nosotros vive fuera de El Salvador ¿Quiénes fueron a visitar a sus familias migradas? ¿Quiénes estamos buscando formarnos académicamente? Y al final del día: ¿No estábamos de todas maneras expuestos como todo el resto del mundo? Una de las esencias de los ensayos de guerra es el exacerbo de todos los antivalores de una sociedad.

Con la sensación matutina de contar un día más fuera de casa, lejos de mi familia y amistades yo no puedo “quedarme en casa” porque casa está a un decreto o dos, de distancia; casa está en estado de sitio militar y no en una gestión de crisis sanitaria, de todo esto es lo que más duele que con excusa de cuidar esa salud que hace ratos nos han privatizado, nos han privado de las calles, del espacio público donde acontecía toda vida política, lo que nos define como seres humanos, se ha confinado al espacio “privado” donde hay violencias más cruentas y donde no se cuentan ovejas para dormir sino recibos y miedos. Nos dejamos arrullar por el miedo e incertidumbre o acumulamos energías para levantarnos a resistir lo que viene y es más difícil: la pospandemia.

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Bryan Varela
Estudiante de UES
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