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martes, 03 de agosto del 2021

Reforma o divorcio en Europa

El fetichismo relativo a los déficits es, sin lugar a dudas, causante de parte de los problemas que enfrenta Europa.

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NUEVA YORK ““ Decir que la eurozona no ha tenido un buen desempeño desde la crisis del año 2008 es una expresión eufemí­stica que se queda corta. Los paí­ses miembros de la eurozona han tenido un mal desempeño en comparación con el de los paí­ses de la Unión Europea que no forman parte de la eurozona, y uno aún peor que el de Estados Unidos, paí­s que fue el epicentro de dicha crisis.

Los paí­ses de la eurozona con el peor desempeño se encuentran sumidos en una depresión o en una recesión profunda; en muchos sentidos, la economí­a en dichos paí­ses ““ piense, por ejemplo, en lo que ocurre en Grecia ““ se encuentra en peor situación de la que sufrieron las economí­as durante la Gran Depresión de la década de 1930. Asimismo, los miembros de la eurozona con los mejores desempeños, por ejemplo, Alemania, parecen estar en una buena situación, pero sólo cuando se los compara; además, el modelo de crecimiento de estos paí­ses se fundamenta, parcialmente, en polí­ticas que empobrecen al vecino, mediante las cuales el éxito llega a expensas de los paí­ses que otrora se consideraron como “socios”.

Se han propuesto cuatro tipos de explicaciones para esclarecer este estado de las cosas. A Alemania le gusta culpar a la ví­ctima, y apunta con el dedo en dirección del despilfarro de Grecia, así­ como hacia la deuda y los déficits del resto de los paí­ses. Sin embargo, estas acusaciones ponen el carro delante del caballo: España e Irlanda tení­an excedentes y bajos ratios de deuda-PIB antes de la crisis del euro. Por lo tanto, fue la crisis la que causó los déficits y las deudas, y no al revés.

El fetichismo relativo a los déficits es, sin lugar a dudas, causante de parte de los problemas que enfrenta Europa. Finlandia, también, ha estado atravesando por problemas para adaptarse a los múltiples shocks que ha enfrentado, situándose su PIB del año 2015 aproximadamente un 5,5% por debajo de su nivel máximo en el año 2008.

Otros crí­ticos pertenecientes al grupo de los que “culpabilizan a la ví­ctima” citan al Estado de bienestar y a la excesiva protección del mercado laboral como causas del malestar que siente la eurozona. Sin embargo, algunos de los paí­ses con mejores desempeños de Europa, como ser Suecia y Noruega, tienen los más fuertes Estados de bienestar y las fuertes medidas de protección de sus mercados laborales.

A muchos de los paí­ses que ahora tienen desempeños deficientes, les iba muy bien antes de la introducción del euro ““ estos paí­ses tení­an desempeños por encima del promedio europeo. Su descenso no se produjo a consecuencia de un cambio repentino en sus leyes laborales, o debido a que sobrevino una epidemia de pereza en los paí­ses en crisis. Lo que sí­ cambio fue el acuerdo de divisas.

El segundo tipo de explicación se resume en el deseo de que Europa tuviese mejores lí­deres: hombres y mujeres con un mejor entendimiento de la economí­a y con capacidad para implementar mejores polí­ticas. Sin lugar a dudas, las polí­ticas erróneas han empeorado las cosas ““ sin embargo, no sólo se debe echar la culpa a las polí­ticas de austeridad, sino que también a las denominadas reformas estructurales que fueron mal direccionadas y que ensancharon la desigualdad y, por lo tanto, debilitaron aún más la demanda total y el crecimiento potencial.

No obstante, la eurozona se constituyó por un acuerdo polí­tico, dentro del que era inevitable que la voz de Alemania vaya a resonar con mayor volumen. Cualquier persona que negoció con los formuladores de polí­ticas de Alemania durante los pasados treinta años deberí­a haber sabido de antemano el resultado probable. Lo más importante que se debe puntualizar es que, dadas las herramientas disponibles hoy en dí­a, ni el más brillante zar de la economí­a podrí­a haber logrado que la eurozona prospere.

El tercer conjunto de razones causantes de los malos resultados de la eurozona lleva a considerar una crí­tica más amplia, proveniente de la derecha, que se centra en reprochar la propensión que tienen los eurócratas por favorecer normativas sofocantes que inhiben la innovación. Esta crí­tica, también, no da en el blanco. Los eurócratas, de la misma forma que las leyes laborales o el Estado de bienestar, no cambiaron repentinamente el 1999, año en el que se creó el sistema de tipos de cambio fijos, o el 2008, año en el que se inició la crisis. En un plano más fundamental, se debe considerar el estándar de vida y la calidad de vida. Cualquiera que niegue cuán mejor estamos todos en Occidente con nuestro aire y nuestra agua que son sofocantemente limpios, deberí­a visitar Pekí­n.

Esto no lleva a considerar la cuarta explicación: el euro tiene un mayor nivel de culpabilidad del que se puede atribuir a las polí­ticas y a las estructuras de cada paí­s de manera individual. El euro vení­a viciado de errores desde su génesis. Incluso los mejores formuladores de polí­ticas, jamás antes vistos, podrí­an haber logrado que el euro funcione. La estructura de la eurozona impuso la clase de rigidez que se asocia con el patrón oro. La moneda única despojó a los miembros de la eurozona del más importante mecanismo de ajuste ““ el tipo de cambio ““ y fue la eurozona la que circunscribió la polí­tica monetaria y la polí­tica fiscal.

En respuesta a los shocks asimétricos y a las divergencias en la productividad, tendrí­an que haberse constituido ajustes en el tipo de cambio real (ajustado por la inflación), lo que significa que los precios en la periferia de la eurozona tendrí­an que haber caí­do con relación  a los de Alemania y del norte de Europa. Pero, ya que Alemania tiene una posición inflexible con relación a la inflación ““ y sus precios se han estancado ““ el ajuste sólo podí­a lograrse a través de una desgarradora deflación en otros lugares. Tí­picamente, esto se traduce en un nivel doloroso de desempleo y en el debilitamiento de los sindicatos; los paí­ses más pobres de la eurozona, y especialmente los trabajadores dentro de ellos, se llevaron la peor parte de la carga del ajuste. Por lo tanto, esta fue la razón por la que el plan para estimular la convergencia entre los paí­ses de la eurozona fracasó rotundamente, haciendo que crezcan las disparidades entre y dentro de los paí­ses.

Este sistema no puede y no va a funcionar a largo plazo: las polí­ticas democráticas garantizan su fracaso. El euro sólo puede funcionar si se cambian las reglas e instituciones de la eurozona. Esto requerirá siete cambios:

·       Abandonar los criterios de convergencia, mismos que exigen que los déficits sean inferiores al 3% del PIB;

·       Sustituir la austeridad con una estrategia de crecimiento, misma que deberá estar apoyada por un fondo de solidaridad para la estabilización;

·       Desmantelar un sistema propenso a atravesar por crisis mediante el cual los paí­ses se ven obligados a tomar préstamos en una moneda que no están bajo su control, y fundamentarse, en cambio, en los eurobonos o en algún otro mecanismo similar;

·       Compartir de mejor manera la carga durante el ajuste, haciendo que los paí­ses que en la actualidad tienen excedentes en sus cuentas corrientes se comprometan a elevar los salarios y aumentar el gasto fiscal, garantizando de dicha manera que sus precios aumenten más rápido que los precios en los paí­ses con déficits en cuenta corriente;

·       Cambiar el mandato del Banco Central Europeo, que en la actualidad se centra sólo en la inflación, a diferencia del mandato que tiene la Reserva Federal estadounidense, entidad que toma también en cuenta el empleo, el crecimiento y la estabilidad;

·       Establecer un seguro de depósitos común, mismo que evitarí­a la fuga de dinero desde los paí­ses que tienen un desempeño deficiente, así­ como otros elementos constituyentes de una “unión bancaria”;

·       Y, alentar, en lugar de prohibir, las polí­ticas industriales diseñadas para garantizar que los paí­ses rezagados de la eurozona puedan ponerse al dí­a y alcanzar a los paí­ses lí­deres de dicha zona.

Desde una perspectiva económica, estos cambios son pequeños; sin embargo, los actuales lí­deres de la eurozona puede que carezcan de la voluntad polí­tica necesaria para llevarlos a cabo. Eso no cambia el hecho fundamental de que la actual situación de medias tintas sea insostenible. Un sistema destinado a promover la prosperidad y el progreso de la integración ha tenido el efecto contrario. Un divorcio amistoso serí­a una mejor solución que el actual estancamiento.

Por supuesto, todo divorcio es costoso; pero, enmarañarse más serí­a aún más costoso. Como ya hemos visto este verano en el Reino Unido, si los lí­deres europeos no pueden o no toman las decisiones difí­ciles, los votantes europeos serán quienes las tomen en vez de ellos ““ y puede que dichos lí­deres no estén felices con los resultados.

Traducido del inglés por Rocí­o Barrientos.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economí­a, es profesor universitario de la Universidad de Columbia y economista en jefe de la Institución Roosevelt. Su libro más reciente es The Euro: How a Common Currency Threatens the Future of Europe.

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