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viernes, 03 de diciembre del 2021

Por ellos: Óscar y Valeria

La foto que ilustra el nefasto final de la desesperada ilusión de la familia Martí­nez se agrega al doloroso archivo de otras tantas historias y eventos que nos describen situaciones inhumanas

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Él se llamaba Óscar. Ella, Valeria. Vivian en un paí­s cuyo nombre se ha transformado en una trágica ironí­a para sus habitantes: El Salvador. No son los primeros que mueren en el trayecto que habí­an planeado como una nueva oportunidad de vida. Tampoco serán los últimos. Ahora son una cifra que se suma a la estadí­stica, una nueva evidencia de cómo la desesperación puede llevarnos a lugares que no hubiéramos querido conocer, a resultados que nunca creí­mos probables.

La fotografí­a de la familia Martí­nez es como esas que mostramos en nuestras casas con afecto, colocadas en un lugar donde todos las puedan ver. Fotos que muestran esperanza, alegrí­a, optimismo. Unas, las de nuestros viejos, celebran la victoria temporal contra la muerte, hasta ese momento. Otras representan una apuesta hacia el futuro, fotos de chiquillos con sonrisas tan amplias que se extienden hasta donde se les acaban las mejillas.

Todas aparentan felicidad, aunque las cosas no marchen bien, aunque haya problemas, aunque haya pobreza. Son testimonios inmóviles del deseo de alcanzar una existencia sin mayores sobresaltos. Así­ es como interpreto las fotos que veí­a en mi casa y en las otras casas donde alguna vez me permitieron entrar.

El súbito encuentro con la imagen de Óscar y Valeria, tendidos boca abajo en la orilla del Rí­o Grande, en México, me sacudió el alma. Sentí­ que mis ojos se quebraban en pedazos  de pena, de angustia. Luego, me volvió a herir profundo el considerar que muchas veces no reaccionamos ante la muerte ajena con indignación o empatí­a solidaria, porque se ha hecho demasiado familiar entre nosotros, en Centroamérica o cualquier otro lugar del mundo.

¿Qué diferencia existe entre estos dos cuerpos inertes, de padre e hija, con los cadáveres provocados por la guerra de Reagan en los años 80? Como aquellos de los muertos en El Mozote, un poblado de aquel El Salvador donde no se salvaba nadie, ni cuando estuviera en el vientre protector de su madre. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron asesinados. Niñas violadas. Niños, lanzados al aire para ser recibidos por bayonetas que atravesaban sus indefensos cuerpos. Esa masacre contra civiles desarmados fue una “victoria” del Batallón Atlacatl, creado en 1980 y entrenado por los Estados Unidos. En aquel momento, las autoridades estadounidenses negaron el hecho. Su portavoz fue Eliott Abrams, por entonces Assistant Secretary of State for Human Rights and Humanitarian Assistance -qué clase de cinismo!- quien hoy continúa activo trabajando para el gobierno de Trump. Miles de seres humanos murieron en El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua, asesinados por las juntas militares y sus aliados, apoyados por los Estados Unidos bajo el fariseo argumento, esbozado por Ronald Reagan, de que estaban conteniendo el comunismo. Años más tarde se comprobó que más de seiscientas personas, civiles todos, fueron asesinados en El Mozote y que sus muertes fueron ocultadas por las autoridades en El Salvador y en Washington. Tal vez pocos recuerden esto”¦ y otros muchos prefieren el no recordar.

Los salvadoreños en la foto del New York Times, no murieron en El Mozote, sino en la frontera entre México y los Estados Unidos, ahogados en el Rí­o Grande. Este padre y su hijita de apenas dos años fueron tragados por aguas que representaban el tránsito a una vida mejor, pero que terminaron con sus esperanzas ante la mirada de la esposa, que esperaba al otro lado del rí­o. Recordé “Amor y Control”: solo quien tiene hijos puede calibrar el dolor que produce una tragedia como ésta.

El artí­culo del New York Times se enfoca en reportar el evento como el resultado de otro intento de ingreso ilegal a los Estados Unidos. Pero en sus páginas no encuentro el interés de explicar por qué la familia Martí­nez  y otros seres humanos como ellos estuvieron dispuestos a enfrentar cualquier peligro, tratando de entrar a USA, ni menciona el papel de la polí­tica exterior norteamericana en la destrucción de la sociedad de El Salvador, su responsabilidad en la metódica evasión de cualquier posibilidad negociada capaz de producir una solución pací­fica para una guerra en Centroamérica que generaba miles de muertos al mes, incluyendo monjas, curas y hasta Arzobispos.

El reporte no explica, desde una perspectiva histórica, qué empujó a esa familia a salir de su paí­s. Las dos personas que entregaron su vida en el rí­o tampoco nos lo podrán decir. Nos queda a nosotros presentar una posible respuesta por ellos.

No he conocido padre o madre, en Panamá o en otro paí­s, que decida sacrificar a sus hijos por gusto personal. No creo que aceptarí­an separarse de sus hijos en momentos de peligro. Ninguno de ellos someterí­a a sus hijos a tales riesgos, por capricho. Cuando un padre o madre decide arriesgar la vida de sus hijos en una travesí­a como ésta, es porque considera que no existe ninguna otra salida para su situación. Lo hace porque sabe que el paí­s que los vio nacer solo les ofrece la posibilidad de vivir en la pobreza, o morir antes de tiempo. Muy pocos nos vamos de nuestra patria porque sí­. Generalmente algo nos obliga a partir, en el intento de inventarnos una nueva vida lejos de lo que conocemos y amamos. El argumento de que la gente sueña con vivir en un Estados Unidos perfecto e idí­lico, es un mito creado por la supina ignorancia de quien decide ser ignorante. Un mito inventado para justificar pecados y contradicciones.

Es la clase de mentira que condena a Cuba por comunista, mientras que aplaude a Arabia Saudita, sólo porque posee billones de dólares, pretendiendo ignorar su responsabilidad por el asesinato del periodista Yamal Jashogyi, crí­tico del gobierno saudí­.

La gente de Centroamérica va al “norte" por necesidad, no por amor. Vamos allá porque nos queda cerca, o porque tenemos familia allí­, o por creer que hay más oportunidades que en nuestras tierras, después de las dictaduras y guerras que atrasaron o destruyeron nuestras posibilidades, como ocurrió en efecto, en los 70″™s y 80″™s.

¿Cómo serí­a América Central hoy, si Estados Unidos no hubiese ayudado a crear o a fortalecer dictaduras, o liderazgos genocidas? ¿Habrí­a í­ndices de criminalidad tan altos, descomposición familiar tan extrema, éxodo masivo como los existentes hoy? No lo creo. La  inseguridad fí­sica y económica son el fundamento del éxodo centroamericano actual. Todo como producto de una corrupción cí­vica y polí­tica, inicialmente alcahueteada desde afuera y posteriormente aprovechada por una minorí­a buscando proteger su interés y no el del paí­s.

La foto de esos dos cuerpos sin vida, además de exponer una ausencia de confianza en su paí­s, representa la inútil realidad de gran parte de la polí­tica exterior norteamericana. No pretendo engendrar una culpa ideológica. Señalo de manera pragmática que gobiernos norteamericanos han sido históricamente responsables de las razones que hacen que los hermanos centroamericanos huyan de su patria.

Las erradas acciones de la polí­tica exterior de los Estados Unidos en la década de los setenta y ochenta produjeron las consecuencias que hoy fuerzan a miles de personas a considerar lo impensable: tener que abandonar lo que conocen, para enfrentar lo incierto, aún a riesgo de sus vidas y las de sus hijos e hijas.

A quienes pretendan culpar a los padres, tildándolos de irresponsables, les sugiero que tomen en cuenta la realidad en vive esta gente. ¿A quién carajo se le ocurre pensar que viajar cruzando el impenetrable tapón del Darién panameño, o un árido desierto con niños a cuestas, o caminar centenares de kilómetros en medio de la jungla, enfrentando grandes peligros, representa una opción normal?. Es la horrible realidad en la que viven la que los conduce a tan difí­cil decisión.

Otro aspecto que se soslaya en muchos análisis es que en El Salvador, Honduras, Guatemala y Nicaragua los pueblos necesitan gobiernos distintos. La gente tiene que asumir su responsabilidad cí­vica y salir a votar por candidaturas que de verdad representen la mejor opción para el paí­s y así­ acceder a la posibilidad de un mejor futuro. No debemos continuar con posturas de resignación cuando los que ostentan el poder saquean al paí­s, e impiden la posibilidad democrática y su efecto positivo para la población. Si bien podemos señalar hacia el Norte como el co-responsable por un periodo de colapso moral, económico y polí­tico durante las décadas de guerra y dictadura, también tenemos que admitir nuestra responsabilidad en permitir que la corrupción que engendró continúe vigente.

Señalemos hacia adentro ahora. Somos nosotros los que permitimos que nos roben, que eructen nuestras esperanzas, que nos desvalijen y destruyan económica y socialmente. Vendemos el voto, no participamos cí­vicamente, y ese silencio nos hace cómplices del polí­tico corrupto y por eso, partí­cipes de su mediocridad e ineficiencia administrativa.

La foto que ilustra el nefasto final de la desesperada ilusión de la familia Martí­nez se agrega al doloroso archivo de otras tantas historias y eventos que nos describen situaciones inhumanas.

En el mundo de hoy, millones de personas abandonan sus respectivos lugares de nacimiento, forzados por una realidad que los convence de escoger la entrada ilegal a otro paí­s, dejando atrás lo querido, lo familiar, lo que una vez consideraron posible, el derecho de pertenecer. La pregunta persiste:¿quién hablará por estos muertos?

Debemos hacerlo todos. Eso es lo correcto.

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