Zarko Pinkas-Ramírez |
El trombonista y productor neoyorquino de raíces puertorriqueñas deja un legado que transformó la salsa en crónica social y sonido de barrio.
La muerte de Willie Colón marca el cierre de una de las trayectorias más influyentes de la música latina del siglo XX. Trombonista, productor, arreglista y visionario cultural, Colón no solo tocó salsa: la reformuló. La volvió áspera, urbana, narrativa. La convirtió en identidad.

Nacido en el Bronx, hijo de migrantes puertorriqueños, entendió pronto que el sonido de su barrio no era folclor romántico, sino supervivencia. Su trombón, grave y desafiante, rompió con la dulzura orquestal tradicional y abrió paso a una estética más cruda. Desde sus primeros trabajos con Fania Records, fue moldeando el sonido que dominaría la escena latina en Nueva York durante los años setenta.
Pero su momento decisivo llegó con la alianza junto a Rubén Blades. Aquella unión no fue solo musical; fue conceptual. Blades aportó narrativa social y mirada política; Colón, arquitectura sonora y visión estratégica. Juntos firmaron discos que trascendieron la pista de baile y se instalaron en la conciencia latinoamericana.
El punto culminante de esa sociedad fue Siembra (1978), uno de los álbumes más vendidos e influyentes de la historia de la salsa. Allí, la música dejó de ser únicamente fiesta para convertirse en comentario social, en retrato del migrante, en denuncia, en poesía urbana. La salsa dejó de ser solo ritmo caribeño para convertirse en discurso.
Colón entendió que el barrio también piensa. Que la música popular puede ser sofisticada sin perder calle. Que el trombón puede contar historias tanto como una voz. Su figura fue siempre polémica, frontal, política incluso fuera de los escenarios, pero jamás indiferente.
Con su partida se va uno de los grandes arquitectos del sonido latino moderno. Queda su obra: discos que siguen latiendo en las esquinas, en las radios antiguas, en las nuevas generaciones que descubren que la salsa fue, y sigue siendo, memoria viva.


