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martes, 27 de julio del 2021

Lo tecnológicamente posible ¿es inevitable?

La pregunta que planteo es bastante de retórica. Estoy convencido de que lo tecnológicamente posible no es inevitable, al menos en principio, por una razón de fondo: son decisiones humanas las que marcan las pautas para la realización de esas posibilidades.

Sin embargo, la interrogante no tiene nada de retórica para quienes creen que lo tecnológicamente posible es inevitable, es decir, que está llamado a convertirse en realidad de modo inexorable… y, ante un escenario así, según ellos, no queda más remedio que atenerse a las consecuencias, sean estas cuales sean, o tratar de adaptarse “poniéndose al día” con las tecnologías que van imponiendo sus fueros en cada momento.

Los seres humanos tenemos, desde tiempos remotos, la costumbre (mala costumbre si uno se fija bien en el asunto) de elaborar relatos que suenan (y se leen) bien, pero que están vacíos de realidad. Eso pareciera estar sucediendo con la “verdad” que se da por supuesta en la “inevitabilidad” de las aplicaciones (y consecuencias) de las innovaciones tecnológicas en el presente.  En distintas publicaciones, por no hablar de la publicidad mediática, se ensalzan las conquistas tecnológicas de “última generación” y se vaticinan desenlaces en la economía, en la sociedad o en la cultura que sucederán sí o sí… so pena de que el “futuro” sea gris por privarse de las mieles del progreso tecnológico.

El supuesto aquí es que si algo es tecnológicamente posible, entonces es inevitable: o sea, si tecnológicamente es posible que los niños y los jóvenes se la pasen 24 horas conectados activamente al mundo virtual entonces lo harán; si tecnológicamente es posible que robots y sistemas informáticos se ocupen de la producción económica, entonces así será; … y los ejemplos se pueden extender, por ejemplo, incluyendo lo que algunos llaman el “mercado educativo”.

 Suena contundente y más cuando “expertos” en las diferentes áreas lo afirman. Pero no es cierto que sólo porque sean posibles determinadas aplicaciones e implicaciones tecnológicas es inevitable que sucedan. Sostener tal cosa, dada la imbricación que existe entre ciencia y tecnología, es sumamente peligroso. De hecho, en la medida en que las capacidades tecnológicas han aumentado (y se han determinado sus peligros) se han ido mejorando los mecanismos de control social y político (y también tecnológicos) para contener o paliar aplicaciones o consecuencias que son posibles, pero no convenientes.

En el desarrollo, orientaciones y usos tecnológicos lo es inevitable son las decisiones humanas, pues la tecnología no decide nada. Y esas decisiones deberían tener como marco de referencia el bienestar, la felicidad, la realización y la dignidad de las personas. Es decir, para determinar qué debe evitarse o corregirse de un proceso tecnológico (de una tecnología, de una aplicación o desenlace tecnológico) o qué debe promoverse tecnológicamente los criterios deberían ser más amplios que los meros intereses económicos, disfrazados muchas veces de presuntos imperativos tecnológicos, e incluir los intereses reales de todos los miembros de la sociedad e incluso los de quienes aún no han nacido.

Seguir amarrados, como zombis, a los presuntos dictados de lo tecnológico significa no caer en la cuenta de que hay grupos de poder que controlan la tecnología y sus usos en importantes ámbitos de la economía, y que son los que trabajan con tesón para imponer la tesis de lo inexorable de determinados cambios tecnológicos y sus consecuencias sociales y personales. El asunto crítico es que todo parece indicar que, aunque sea falsa, su idea de que lo tecnológicamente posible es inevitable es moneda de uso común a la que solo unos cuantos parecen estar dispuestos a renunciar.

Termino con una posibilidad tecnológica que tuvo que haberse controlado y limitado, pero no se hizo, y ahora urge de mecanismos correctivos familiares, sociales y estatales: el acceso indiscriminado a la telefonía celular, la computadora y el Internet a niños y niñas. Hay estudios que han examinado el efecto pernicioso que ha tenido en la cohorte generacional iniciada en 1995 el estar atrapada en lo virtual la mayor parte del día. No era inexorable que eso sucediera, pero las decisiones que se tomaron en diversos ámbitos empresarial, político y educativo-familiar condujeron a este resultado nada alentador.

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