Zarko Pinkas-Ramírez | Fotos: Zarko Pinkas y Alexia Miranda.
La muestra «Lo que me habita, lo que me traspasa», curada por Alexia Miranda, reúne a siete artistas mesoamericanas en una exposición que convierte el cuerpo en archivo, denuncia y poesía visual.
En un momento donde el cuerpo femenino sigue siendo territorio de disputa —política, simbólica y material—, la exposición «Lo que me habita, lo que me traspasa», inaugurada en el Centro Cultural de España en El Salvador, se instala como una propuesta incómoda, necesaria y profundamente visceral. No se trata de una muestra complaciente: aquí no hay ornamento sin herida, ni estética sin memoria.
Curada por la artista salvadoreña Alexia Miranda, la exposición convoca a siete creadoras de Mesoamérica que, desde distintos lenguajes —instalación, performance, video, fotografía y libro objeto—, articulan una narrativa común: el cuerpo como espacio atravesado por la violencia, el deseo, la pérdida, la resistencia y la transformación.
La muestra, enmarcada dentro del programa Generosas, no solo dialoga con el contexto del Día Internacional de las Mujer, sino que amplifica una serie de preguntas urgentes: ¿qué significa habitar un cuerpo en un sistema al borde del colapso? ¿Cómo se reconstruye la identidad en medio de la desigualdad, la migración y la imposición de estereotipos?

Alexia Miranda: curar desde la herida
Más que una curaduría tradicional, lo que plantea Alexia Miranda es una especie de tejido emocional y político. Su texto curatorial no se limita a explicar la muestra: la atraviesa. La construye desde una conciencia crítica que reconoce el deterioro del tejido social y, particularmente, del tejido femenino en un mundo marcado por la impunidad, la desigualdad y el agotamiento colectivo.
Miranda no observa desde fuera. Se incluye. Se nombra como sujeto y objeto dentro de ese sistema. Y desde ahí propone una mirada que es, al mismo tiempo, analítica, poética y sarcástica.
Su propia obra dentro de la exposición, «No veo más allá de mi nariz», refuerza esa postura. A través del registro de una acción performática, la artista denuncia la falta de empatía en una sociedad dominada por el egoísmo y la inmediatez. La pieza funciona como espejo incómodo: mientras el mundo arde, seguimos mirando hacia otro lado.

Aquí, la performance no es solo un gesto artístico, sino una interpelación directa al espectador.
Las artistas: cartografías del cuerpo y la memoria
María Eugenia Chellet: reescribir el cuerpo en la historia
La artista mexicana irrumpe en los relatos tradicionales de la belleza femenina con obras que mezclan ironía, erotismo y crítica. En «50 años después», transforma la narrativa romántica en una historia de venganza, mientras que en su serie «Piezas interferidas» invade archivos de la historia del arte para insertar su propio cuerpo, cuestionando los estándares impuestos y reclamando su lugar en la representación.

Elia Arce: duelo, territorio y memoria colectiva
Su obra oscila entre lo íntimo y lo político. «Sin tiempo para el luto» se convierte en un ritual de duelo compartido frente a la violencia global, mientras que «La diosa del banano» expone las huellas del colonialismo en Centroamérica. Arce trabaja desde la herida abierta, pero también desde la posibilidad de sanación colectiva.
Emma Segura: el cuerpo como tránsito
En «Itinerario Trans», el cuerpo deja de ser una entidad fija para convertirse en un territorio en constante transformación. Sus esculturas blandas y dibujos en carboncillo construyen una cartografía sensible donde identidad, memoria y movimiento se entrelazan. Sus libros textiles, por su parte, convierten lo íntimo en lenguaje tangible.
Patricia Villalobos Echeverría: cuerpos desplazados
Con «Hover», la artista explora la fragilidad del cuerpo en contextos de migración y desarraigo. Entre la nieve y el mar, el cuerpo aparece suspendido, rechazado y acogido al mismo tiempo. La obra plantea una tensión constante entre pertenencia y expulsión.
Regina Aguilar: arquetipos en conflicto
En «La poderosa y el supermacho global», Aguilar contrapone la figura de la diosa femenina con el arquetipo masculino dominante. La obra evidencia las estructuras de poder que históricamente han definido los roles de género, revelando tanto la fuerza como la opresión contenida en ellos.
Illimani de los Andes: el duelo como ritual
Sus piezas, profundamente personales, convierten el dolor en materia artística. A través de rituales que incorporan lágrimas, hielo y elementos orgánicos, la artista transforma la pérdida en un acto de renacimiento. Su obra no busca cerrar heridas, sino mantenerlas vivas como memoria activa.
Una exposición que no pide permiso
«Lo que me habita, lo que me traspasa» no es una exposición para recorrer de manera pasiva. Exige tiempo, incomodidad y disposición. Cada obra es un fragmento de algo más grande: un relato colectivo sobre lo que significa ser, resistir y transformarse.
En un contexto donde el arte muchas veces se diluye en lo decorativo, esta muestra apuesta por lo contrario: por el arte como confrontación, como lenguaje político, como acto de vida… y también de muerte.
Disponible hasta el 24 de abril en el Centro Cultural de España en El Salvador, la exposición se posiciona como uno de los ejercicios curatoriales más sólidos y necesarios del momento. Aquí, el cuerpo no es solo representación: es evidencia. Es archivo. Es grito.























