jueves, 12 de mayo del 2022
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Las batallas por la memoria

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Por Álvaro Rivera Larios

La memoria histórica no es una dimensión de la conciencia colectiva que dependa exclusivamente de una decisión política del gobierno. La memoria sobrevive incluso cuando un Estado la persigue, la reprime o busca exterminarla porque los testigos, los testimonios y los hechos son capaces de sobrevivir en el subsuelo al que los confina un silencio impuesto. Que este gobierno suspenda unos actos y los rebautice afecta muy poco. Otro gobierno vendrá y restablecerá las ceremonias en honor de los acuerdos de paz del 92, así que no sobreactuemos.

La mayor amenaza contra la memoria histórica radica en la desidia de nuestra sociedad civil. Están bien los monumentos, las canciones, los actos para recordar a las víctimas, pero a muy poca gente le indignó que Rufina Amaya muriese en la miseria y abandonada por las instituciones. Así que no seamos hipócritas, ni nos rasguemos la ropa.

Rufina Amaya, sobreviviente de la Masacre del Mozote (ya fallecida)

A mí lo que este gobierno haga o deje de hacer, no va a impedirme recordar a los amigos que perdí en la guerra. Pero si escribo sobre ellos, ya surgirá una voz instándome a que cambie de tema, porque ya está bien de elegías, testimonios y recuerditos–me dirán.  Así que ¿en qué quedamos? ¿Defendemos la memoria, pero censuramos a quienes elaboran su literatura con recuerdos de la guerra civil?

Seamos coherentes, ya nadie pretende que la poesía viva exclusivamente de lo que sucedió hace cuarenta años en la guerra civil ni nadie pretende que tales evocaciones sean enemigas del lenguaje y la imaginación y por eso resulta lamentable que, en nombre de la actualidad, se exija a la literatura salvadoreña que abandone un territorio –el de los múltiples escenarios y sujetos de aquel conflicto– que aún está por explorar.

Testimonio de Miguel Mármol, de Roque Dalton

Y por lo que se refiere a las instituciones académica como la UCA y la UES ¿No es de lamentar que sus editoriales no impulsen de manera sistemática una Biblioteca de la historia del conflicto? Y no me refiero a publicaciones deshilvanadas y ocasionales, sino que a claras políticas de investigación y publicación donde se reúnan obras históricas, sociológicas y políticas de autores nacionales y extranjeros que aborden los distintos escenarios de aquel drama. Y es que no solo se trata de recordar aquello, también se trata de comprenderlo y de socializar esas nuevas formas de comprensión en el universo de la ciudadanía.

La memoria no puede limitarse a ser una evocación confinada en la queja, debe acercar las experiencias traumáticas del pasado a la inteligencia política del ciudadano actual y debe procurar que ese conocimiento se incorpore a la filosofía de las instituciones. El ejército, por ejemplo, tiene su peculiar visión sobre la masacre de El Mozote, pero esa visión continúa desfigurando los hechos para justificar lo que ahí sucedió. Está claro que podemos tener diferentes perspectivas de los hechos, pero los hechos no siempre son de goma, son los que son y hay que procurar establecerlos más allá de la relatividad de los puntos de vista.

Restos de masacrados en El Mozote

Y serían inútiles la evocación, la comprensión y la verdad, si estás no conducen a establecer un trato justo de las instituciones con las víctimas ¿De qué valen los monumentos y las celebraciones, si no hay justicia, si dejamos que otras Rufinas Amayas mueran en la miseria y el olvido?

Bukele se irá y serán restablecidas las ceremonias celebratorias de los acuerdos de paz, pero no nos engañemos, todavía tendremos que librar batallas por la memoria y algunas de ellas serán en contra de nosotros mismos.

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Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto
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