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sábado, 08 de mayo del 2021

La última vez que vi a mi padre, Roque Dalton

"Estaba con el pelo corto, bien corto. Le comenzaba a salir bigote y con lentes que no tení­an aumento, sino que eran pura pantalla"

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No recuerdo exactamente la fecha, pero tomamos un bus, con mi mamá, que nos llevó a Lawton, un municipio de la Ciudad de La Habana. Corrí­a el año 1973. Era quizá una tarde y lo más probable es que haya sido durante un fin de semana porque estábamos los tres: Roque, Jorge y yo; es decir, que habí­amos salido de la escuela en el campo donde estudiábamos.

Nos bajamos y caminamos, de la calle principal como dos o tres cuadras para adentro. De pronto vimos caminar hacia nosotros a un hombre delgado, de anteojos y con el pelo bastante corto. Al sólo verlo de cerca pudimos “descubrir” que era nuestro padre y nos abrazamos entre todos. Éramos un solo puño.

Estaba con el pelo corto, bien corto. Le comenzaba a salir bigote y con lentes que no tení­an aumento, sino que eran pura pantalla. Su nariz estaba transformada; se la habí­an enderezado y delineado, nada que ver con la nariz de bruja que tení­a. También le habí­an hecho un trabajo en la dentadura y en la quijada; en las orejas y la frente.

La verdad, se veí­a más joven… Se ha especulado que quien le hizo ese trabajo de cirugí­a plástica o estética, fue el mismo equipo que transformó al Ché antes de ir a Bolivia. Pero quizás ese dato nunca llegue a confirmarse. Lo que sí­ puedo confirmar es que estaba bastante cambiado y más delgado porque estaba sometido un régimen de ejercicios fí­sicos.

Una recomendación que nos hizo es que continuáramos diciendo que él estaba en Viet Nam haciendo un trabajo o una investigación larga. Esa era la leyenda que nos habí­amos inventado desde hací­a varios meses que fueron previos a su ingreso en la guerrilla en El Salvador.

Tení­amos ya algún tiempo de no verlo, pero sabí­amos que aún no se habí­a marchado definitivamente. De vez en vez nos llegaban papeles en los que fundamentalmente solicitaba libros, hojas para escribir…

Aquella sí­ era la despedida. El tiempo corrí­a velozmente. Nos preguntaba de la escuela y de los amigos. En realidad no recuerdo mucho de qué hablábamos. Lo que sí­ apreciaba era que estaba de buen humor y riéndose de todo lo que le contábamos.

Hasta que llegó el momento de despedirnos. Nos hizo jurar que í­bamos a portarnos bien, que le í­bamos a ayudar a nuestra mamá y que í­bamos a estudiar mucho, hasta llegar a la universidad. “Pase lo que pase conmigo, esa es la meta”, nos repetí­a.

Nos abrazamos todos otra vez como un puño. Fue un abrazo prolongado, nadie se querí­a desprender. Lloramos juntos… Hasta que nos separamos y tomamos el camino de retorno a nuestra casa.

El tiempo pasó y continuamos diciendo que mi padre estaba en Viet Nam. Habí­a gente que iba allá y preguntaba por él, pero nadie daba razón.

Unos dí­as después de saberse de su asesinato llegó el guitarrista cubano, Sergio Vitier; gran amigo de mi padre y de todos nosotros. Gran músico. Entró a la casa y nos abrazó llorando. “No puede ser que lo hayan matado, coño”, repetí­a Sergio.

“Aí­da, si yo lo vi una vez… Era él. Fue en Lawton. Iba caminado delante de mí­ y le dije: Roque, coño, tengo dí­as de no saber de ti… Luego se dio vuelta y tení­a bigote y espejuelos… me dio una palmada y dijo: Joven, creo que se ha equivocado de persona… Y dio la espalda y se fue…”, contaba Sergio con los grandes lagrimones que le surcaban el rostro.

Nosotros, que entonces no sabí­amos mucho de las circunstancias en que mi padre habí­a sido asesinado, le dijimos a Sergio: “Seguramente te equivocaste, mi padre estaba en Vietnam”. Aquello era quizá tratando de negar lo innegable, cuando ya no habí­a nada que negar.

(*) Ese testimonio fue publicado en un suplemento cultural de ContraPunto, en 2009.

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