jueves, 18 julio 2024
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La iglesia El Calvario

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Rara vez tenemos un ejemplo tan crudo de cómo el “disfrute de la arquitectura” puede ir acompañado de presupuestos sociológicos, políticos, legales. La imagen “limpia” de la Iglesia el Calvario revela oscuras zonas de quienes somos

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Por Álvaro Rivera Larios

Esta imagen, donde convergen varios planos de nuestra realidad, supone para muchos “la recuperación” de un espacio urbano y la posibilidad de contemplar sin interferencias la arquitectura de un templo religioso. Esta contemplación desinteresada –tal como debía ser, según Kant, la contemplación estética– ha sido posible por el desalojo del comercio ambulante que por décadas se adueñó de las calles aledañas al templo impidiendo que las personas de bien, las personas cultas, pudiesen gozar de su belleza. Ahí tienen, pues, a la belleza sin costras sociales que la enturbien o afeen.

Rara vez tenemos un ejemplo tan crudo de cómo el “disfrute de la arquitectura” puede ir acompañado de presupuestos sociológicos, políticos, legales. La imagen “limpia” de la Iglesia el Calvario revela oscuras zonas de quienes somos.

La ingenuidad filosófica de los artistas y sus acompañantes (los críticos de arte) es como las cucarachas, sería capaz de sobrevivir a una explosión atómica. Entre nosotros abunda la idea de que la belleza es una esencia a prueba de sucias manos. Y continuamente la terca realidad nos recuerda que lo bello limpio, lo bello puro, es una abstracción porque la belleza enfangada de vida es un signo en disputa, al menos en las plurales y críticas sociedades nuestras.

Ahí tienen a la Iglesia El Calvario libre de venta ambulante: parece el emblema del orden recuperado, parece el retorno a la ciudad serena que nunca tuvimos y quien nos la muestra así es un gobierno que ha convertido la recuperación del espacio urbano en un poderoso mecanismo propagandístico.

Las apariencias no siempre son signos (dibujos, palabras, fotografías, cinema, etc.). A veces, es una determinada realidad (la urbana, por ejemplo) la que funciona como signo de un discurso político e ideológico. Contra el uso ideológico y existencial que hace Nayib Bukele de la Iglesia El Calvario, poco pesan las palabras “bien intencionadas” de aquellos que recuerdan a las víctimas de la recuperación de la belleza pura de la Iglesia El Calvario.

No es la prensa de Bukele la que seduce y ciega a la población. Lo que seduce a la población es la Iglesia El Calvario limpia. Y quienes nos recuerdan que el templo recuperado implica un drama para miles de vendedores ambulantes, lo que hacen es amargarle el disfrute estético a la ciudadanía. Así es como pierde la oposición el debate político con Bukele, un publicista que intenta socializar y democratizar el placer estético en una población que lleva años atrapada en el horizonte de la tragedia.

Las apariencias que nos engañan, si se disfrutan existencialmente, adquieren rango de verdad y contra esa verdad los mejores argumentos palidecen. Nuestra oposición no acaba de comprender que a un publicista no se le derrota solo con argumentos.

La belleza (incluso la arquitectónica) cuando es utilizada para persuadir ingresa en el mundo de la retórica. La retórica es performatividad autoconsciente, convertida en un arte del lenguaje capaz de alterar opiniones y visiones de índole práctica.

La imagen limpia, serena, de un monumento arquitectónico ha sido accesible para la población gracias a esa ingeniería social que desaloja vendedores y lanza vastos operativos contra las maras. Belleza y orden, belleza y poder, belleza y propaganda.

El orden y el poder que posibilitan la contemplación tranquila, sin miedo a que te estorben o asalten, son legitimados por la belleza recuperada. El autoritarismo no solo es garrote, también es estética y la estética no es solo contemplación.

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Álvaro Rivera Larios
Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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