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martes, 07 de diciembre del 2021

La alegrí­a infatigable de Claribel (QEPD)

En 2013 Claribel Alegrí­a concedió esta entrevista en la que habló sobre su vida, influencias y labor literaria. La poeta falleció este jueves. Así­ describí­a ella su vida

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Con una sonrisa imborrable, la mirada brillante y una jovialidad más allá de cualquier número, Claribel Alegrí­a está de visita en El Salvador nuevamente, esta vez para recibir un reconocimiento por parte de los parlamentarios de nuestro paí­s, quienes la han reconocido como «Notable poeta y distinguida maestra», por todos sus años de trayectoria y su trabajo como escritora en El Salvador. Pero no es de esto de lo que hablaremos ahora.

Luego de una siesta para reponer fuerzas por el viaje desde Nicaragua a nuestro paí­s, acompañada de dos de sus hijos, Claribel se presenta en el lobby de un hotel capitalino para atender a una entrevista más de las que se le han realizado. Y es que su vida, su trabajo y sus creaciones a «cuatro manos» con Bud Flakoll, quien fue su marido hasta su muerte en 1995, despiertan interés y admiración. Ha escrito numerosas poesí­as, porque afirma que esa es su vocación; pero su lado lí­rico también tiene un tinte social. Desde la trinchera de las letras, Claribel ha sido siempre una mujer comprometida.

Madre de cuatro hijos, aprendió a hacer malabares entre los pequeños y su incansable necesidad de expresarse a través de las letras. Entre risas confiesa que escribe lo que necesita decir, así­ sea para prestarle una voz a tantos campesinos asesinados en 1932 o a las ví­ctimas del conflicto armado salvadoreño en la década de los 80. Esta necesidad es algo que nunca termina: «Actualmente estoy trabajando en un poema. En un libro», confiesa.

Ahora, a las puertas de cumplir 90 años, piensa en la permanencia de su obra, en el recuerdo que está forjando a través de su vida y su trabajo. Confiesa que ama las pupusas de queso con loroco, que El Salvador tiene paisajes tan bonitos como para «bebérselos» y hacerlos parte del alma, y que espera que su obra literaria se haga entrañable para quiénes la lean y puedan vivir a través de sus letras, los momentos que ella ha registrado y los sentimientos que ha compartido, como lo que comenta del poemario Saudade.

En el marco de esta visita, donde también viajará a Izalco, para compartir con niñas y niños su poesí­a, Claribel concedió esta entrevista para contrACultura, donde también comentó un poco acerca del documental que su hijo Erik Flakoll está produciendo acerca de su vida y su trabajo. Un proyecto que busca poner en primer plano el trabajo literario de toda una vida de esta incansable y sonriente mujer nacida en Nicaragua, pero con El Salvador en el corazón.

¿Qué significa para usted regresar a El Salvador, después de algún tiempo?

Pues  mira, no demasiado tiempo. Hace como dos años vine la última vez. Pero ahora, siento este viaje muy especial. Es una gran alegrí­a de estar otra  vez aquí­ y de una tristeza enorme porque se dentro de mí­ que este es mi  último viaje. Entonces le digo yo «el viaje de mis adioses». A mis volcanes hoy los vi, a mis paisajes, a mi gente, lo estoy viendo de otra  manera, como que es la última vez que los voy a ver. Me los quiero llevar grabados todos en las pupilas. A lo mejor me equivoco, a lo mejor  vuelvo a venir, ojalá. Pero quién sabe. Voy a cumplir 90 años, así­ que”¦  (rí­e)

¿Y cuál es la impresión más importante, qué le gustarí­a llevarse de El Salvador, si este fuese su último viaje?

El  cariño de mis amigos, el acento salvadoreño, quiero que se me quede dentro. Hasta el aire es distinto”¦ No te sabrí­a decir. Hay muchos paisajes, siempre me han gustado nuestros paisajes; pero ahora habí­a una  cosa”¦ me los querí­a beber. ¡Y las pupusas!

Muchas cosas, mi vida.

De toda su obra, poesí­a, novela… ¿Qué es lo que quisiera que trascendiese?

Bueno,  obviamente yo publico porque me quiero comunicar, entonces, escribir para mí­ es establecer un diálogo conmigo misma y con la gente que yo quiero. Hago complots para acumular cariño. Esa es una de las maneras, y  claro que me encantarí­a que trascendiese, pero eso el tiempo va a decirlo. A lo mejor hace algunos años me preocupaba eso, pero ahora ya no. Mi obra ya está detrás de mí­ y eso es lo que he querido: ser transparente en mi obra porque me quiero comunicar, no solo conmigo sino  con los mí­os; porque todos los mí­os son los que me leen.

¿Y cuáles han sido los momentos, en todo su trabajo literario, más difí­ciles y los más importantes o trascendentales?

¡Uh!  fijate que eso es bien difí­cil. Por ejemplo, la poesí­a. Yo he hecho bastante prosa, pero también mucha poesí­a. Eso me apasiona a mí­ y a veces el poema me viene como si me lo dictaran. Me sale fácil, pero yo no publico inmediatamente escribo. Y hay otros en que pienso que todo será fácil y son los que más me cuestan, y ¿sabes una cosa? encontrar el  lenguaje, la palabra justa en un poema, sobre todo si es corto, es bien  difí­cil. Me da unas noches de insomnio tremenda para poder encontrar la  palabra justa. Eso son los momentos más difí­ciles.

¿Pero no ha existido un momento histórico, por ejemplo, donde se le haya hecho difí­cil el trabajo literario?

No,  aunque ha habido momentos en que me siento un poco bloqueada y digo «ya, la musa me abandonó» pero no, la musa no me ha abandonado. Siempre es la búsqueda de la palabra justa. Yo hago equilibrio porque la poesí­a no es solo emoción sino que es también trabajo, oficio. Es poner en orden tus emociones, es trabajarlas con inteligencia.

Ahora, otro aspecto de su trabajo. Usted trabajó bastante lo testimonial y lo convirtió en ficción…

Sí­,  lo testimonial, como en la novela de Cenizas de Izalco. Hay cosas que no se prestan para la poesí­a, yo no la uso, ella me usa a mí­. Pero hay cosas que querí­a decir. Por ejemplo esa matanza espantosa que pasó hace tantos años, cuando yo solo tení­a siete. Entonces yo querí­a darle voz a toda esa gente no se podí­a expresar de otra manera. Entonces empezamos así­ mi marido y yo los libros de testimonio.

Y continuó este trabajo con otros, como No me agarran viva, en tiempos del conflicto armado.

Sí­.  Después de Cenizas de Izalco que es una novela histórica, fueron los testimonios. Mi marido y yo fuimos a Nicaragua cuando ganó la revolución  y escribimos este libro Nicaragua y la revolución Sandinista. Viajamos por todo el paí­s. En carro, autobús, tren, avioneta y entrevistamos a toda clase de gentes que estaban con la revolución, que no estaban con la revolución”¦ Y en eso llegó un muchacho salvadoreño que nos contó cómo  habí­a muerto su mujer en la guerrilla salvadoreña y ella así­ decí­a «A mí­ no me agarran viva» y así­ fue como escribimos. Él nos dijo «Si yo fuera escritor, escribirí­a eso» y yo le dije «yo lo voy a escribir». Bud  y yo nos entusiasmamos con la cosa de testimonios porque de verdad es un poco darles voz a los que de otra manera no pueden expresarlo. Es una  especie de periodismo.

Entonces su novelí­stica testimonial comienza en los 80.

Así­  es, antes de eso tení­amos Cenizas de Izalco, nada más. Y antes tení­amos  la antologí­a de New Voices of Hispanic America (Nuevas voces de Hispanoamérica), un libro que yo quiero mucho. En ese tiempo éramos muy jóvenes, cuando estábamos a mediados de los 50 cuando mi marido se le ocurrió eso. Viví­amos en México, y conocimos a Juan Rulfo, Arriola… Esos eran apenas conocidos en sus propios paí­ses. Ni siquiera en el resto de Llatinoamérica. Y a mi marido se le ocurrió esa idea, ese libro  de recopilación que nos costó muchí­simo. ¿Te imaginas? ese trabajo de leer, a quién escogí­amos. Y fijate que muchos de ellos ahora están en el  «boom» y eso me llena de orgullo, porque eran completamente desconocidos.

Este trabajo que realizaron, de cierto modo, ayudó a darles a ellos visibilización.

Ojalá (rié)

Del trabajo que está detrás de la escritura, hablar con la gente, viajar, leer… ¿qué es lo más destacable para usted?

La  verdad, yo creo que si no hubiera escrito poesí­a a lo mejor hubiera enloquecido. Es una necesidad para mí­. Sacar lo que llevo dentro, tener un diálogo verdadero conmigo y si puedo, compartirlo con los mí­os. Pero esa es la razón de mi vida. Si no te expresas, te ahogas.

¿Y los temas? ¿Cómo llega a quedarse con ese tema social tan fuerte en la poesí­a?

Yo  antes era muy lí­rica y muy introspectiva, de jovencita. Yo pensaba que no podí­a haber cambios. Que los Estados Unidos ayudaban a los dictadores  de turno. Pero después desperté y empecé a ver a mi gente, empecé a ver  el sufrimiento. Y ya lo dije muchas veces. Se me vino Cenizas de Izalco, y yo estaba viviendo en Parí­s. Se me vino la masacre y yo habí­a,  de cierto modo, sido testigo. Es la primera que llega con compromiso y ese tema se vuelca en la poesí­a.

¿Y qué tan de cerca ha seguido usted el proceso cultural de El Salvador, escritores actuales?

No  tan de cerca, desgraciadamente. No nos llegan publicaciones, pero yo sesé que, hay gente mucho valor. A estas pocas gentes que conozco si quisiera seguirlas de cerca, porque van a darle riqueza a nuestro paí­s.

¿Ve usted proyección en la literatura salvadoreña?

iAh,  sí­! No me gusta decir nombres, pero en general, la generación de Susana  Reyes, de Jorge Galán, yo la encuentro muy buena. Ahora; de los jóvenes  conozco poco, pero me encantarí­a saber más. Ahora que me nombrarán embajadora cultural tengo el deber de conocer más.

¿Qué significa el reconocimiento que recibirá el jueves para usted?

Es  una gran alegrí­a que mi paí­s me reconozca, aunque no se sí­ me lo merezco. Maestra y notable poeta. Yo maestra no me siento, pero me ha alegrado el corazón, y procurare no defraudarlos. Me interesan mucho los  jóvenes, porque los quiero, los quiero y espero que no dejen su trabajo, su oficio de leer y escribir.

Y de los escritores salvadoreños que conoció usted, ¿quién cree que fue de los más influyentes en su obra?

Fií­jate  que, a mí­, hay muchos que me gustan, pero Salarrué fue un clásico. No te digo que me influyó porque tenemos estilos diferentes. Pero es un escritor universal Salarrué.

¿Qué significa haber tenido a estos amigos, como Cortázar, Robert Graves”¦ los que usted menciona en Mágina tribu y otros, como Mario Benedetti? ¿Ellos influyeron en su camino como poeta?

¡Ah! fueron muy importantes. Tení­amos pláticas maravillosas y conocí­ mucho a través de ellos, sus paí­ses, las necesidades de sus paí­ses. Para mí­ fue una riqueza muy grande haberlos conocido. Por ejemplo, a los de Nuevas voces de Hispanoamérica, y haberlos traducido, pues hubo amistades grandí­simas, como con Rulfo, por  ejemplo. Él era un hombre muy tí­mido, pero muy maravilloso. Nos quisimos con él, mi marido y yo, muchí­simo. Él me hizo ser más estricta con lo que escribí­a, mirar con lupa mis poemas, porque él, el mismo Juan  Rulfo, dudaba de publicar sus cosas.

Julio Cortázar, influyó mucho más en mí­ por la cosa lúdica. Fue un amigo importantí­simo.

Además de ser escritora, fue madre. ¿Cómo fue manejar las dos cosas el tiempo en que le tocó compartir esas etapas?

Al  principio fue difí­cil, porque nosotros no éramos ricos. Yo no podí­a pagarle a alguien, cuando estábamos en Estados Unidos, para que cuidara a  mis niñas, porque tuve tres hijas en dos años, por las gemelas. Casi no  escribí­ pero mi marido consiguió un trabajo en México, en un periódico en inglés editado por Novedades. Él serí­a el editor. Allí­, en México, me  sentí­ liberada. Allí­ sentí­ que habí­a recobrado mi lengua, porque en Estados Unidos sentí­a me estaba perdiendo los últimos coloquialismos, que no podí­a escribir porque tení­a tres muchachitas que estaban detrás de mí­. Fue un perí­odo muy duro. Pero nos fuimos a México y esa fue mi salvación, como un renacimiento. Además, tuve una muchacha que me ayudaba y así­ tuve algunas horas para escribir.

Además de eso, ¿hubo otras dificultades en ser una mujer que se dedicaba a las letras en ese entonces?

Bueno,  eso nada más, porque mi marido sabí­a lo que para mí­ significaba la vocación literaria. Yo se lo dije antes de casarnos. Que para mí­ la poesí­a era mi primer amor (rí­e). Pero mi marido me ayudaba mucho. Leí­amos juntos, y él era un crí­tico tremendo de mis poemas. En ese sentido me consideré muy acompañada de él.

Bud fue sumamente importante”¦

Muy importante, muy importante.

Ahora,  de los sitios que logró conocer en sus viajes, junto a su marido, ¿cuáles han sido los más importantes, los que le han marcado?

Quizás  México, porque allí­ fue que conocí­ a muchos amigos entrañables. Allí­ hicimos el libro que nos permitió conocerlos a casi todos.

¿Considera usted que hizo lo que querí­a de su vida?

Mira,  yo hubiera querido ser una gran escritora. Sé que no soy una gran escritora, pero sí­ estoy contenta, porque he dado todo lo que yo he podido Y eso es lo que aconsejo siempre. Que den lo que tengan. Estoy contenta creo yo, al final de mi vida, haber dado lo que podí­a dar.

Hay algunos que opinan que usted es la escritora salvadoreña más internacional y más prolí­fica, ¿qué piensa usted de ello?

Es  cuestión de suerte, y tal vez porque he viajado tanto. Y escribo constantemente porque esa es mi vocación, eso siempre ha sido mi vocación. Desde joven tuve apoyo de mi madre, padre. Tuve el apoyo de Salarrué después, de Alberto Guerra Trigueros, que influyó mucho en mí­. Yo creo que a él no se le ha hecho justicia a él fue un gran escritor, un gran hombre.

De todo su trabajo literario, ¿qué es lo que quisiera que su obra dejara en las personas?

Lo  que quiero es que las personas puedan convivir conmigo esa historias. Mira, hay una cosa que es muy triste porque es la pérdida de mi marido; yo escribí­ un libro, Saudade. De ese libro yo he recibido, de todos lados, cartas de viudas diciéndome que les ha ayudado. Eso a mí­ me ha dejado muy feliz, saber que he podido ayudar a otras que están viviendo ese momento que yo pasé.

Con relación al documental que están realizando sobre usted, ¿qué es lo que espera, opina al respecto?

Pues  no sé, estoy muy asustada (rí­e). Me alegra, porque es una cosa con que mis nietos me van a conocer después, y también la gente de mi paí­s. Un poco de vanidad, ¿verdad? ¡Jajaja!

Para finalizar, ¿cómo podrí­a definir su vida en pocas palabras?

Pues creo que tuve suerte. Hay gente que no tiene suerte. Tuve la suerte de que me apoyaran los que me tení­an que apoyar.

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Reseña biográfica

Clara  Isabel Alegrí­a Vides nació en Estelí­, Nicaragua, el 12 de mayo de 1924;  pero debido a problemas polí­ticos (su padre era simpatizante de los sandinistas) su familia emigró a El Salvador. Conoció a numerosos escritores latinoamericanos con quienes entabló una profunda amistad. Se  casó con el diplomático y escritor Darwin J. Flakoll, con quien tuvo cuatro hijos y coescribió varios libros. Es dueña de una prolí­fica obra literaria entre las que destacan más de una treintena de tí­tulos, entre poesí­a, ensayo, cuento, novela y testimonio. Su obra, traducida a más de  una docena de lenguas, ha sido premiada en repetidas ocasiones: finalista del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral (Cenizas de Izalco,  1964, en colaboración con su esposo, Darwin Flakoll); Premio Casa de las Américas (Sobrevivo, 1978); Premio Poesí­a de Autores Independientes (2000) y la Orden de Caballero de las Artes y las Letras, concedido por el Gobierno de Francia (2004). En 2006 se convirtió en la primera mujer hispanoamericana en recibir el prestigioso Premio Internacional Neustadt  para la Literatura, otorgado por la Universidad de Oklahoma y la revista World Literature Today, considerado el Nobel de América, y que en el continente sólo han recibido Octavio Paz, Álvaro Mutis y Gabriel Garcí­a Márquez. Ese mismo año, 2006, fueron candidatos a recibirlo escritores de la talla de Philip Roth, Orhan Pamuk y Alice Munro (Nobel 2013), entre otros. En el 2007 índole Editores publica para El Salvador Mágica tribu. Falleció este jueves 25 de enero a la edad de 93 años.

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Publicada originalmente el 04 diciembre 2013 en ContraPunto.

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Miriam García
Colaboradora
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