Por Alonso Rosales
En pleno 2026, el grupo terrorista conocido como Estado Islámico (EI o ISIS) continúa demostrando su capacidad operativa y su alcance transnacional, pese a las constantes operaciones militares y políticas de contención por parte de distintas naciones y alianzas internacionales. Dos atentados recientes —uno en Níger y otro en Pakistán— ponen de manifiesto que este grupo sigue activo y representa una amenaza persistente para la seguridad global.
Atentado en el aeropuerto de Níger: 29 de enero de 2026
A fines de enero de 2026, milicianos afiliados al Estado Islámico llevaron a cabo un ataque coordinado contra el Aeropuerto Internacional Diori Hamani, ubicado en la capital de Níamey, Níger. El asalto se produjo la madrugada del 29 de enero, cuando un grupo de alrededor de 30 insurgentes lanzó una ofensiva que incluyó tiroteos, explosiones y movimientos armados entre las instalaciones del aeropuerto y de la base aérea adyacente.
Durante el enfrentamiento con las fuerzas de seguridad nigerinas y aliados, 20 atacantes fueron abatidos y 11 capturados, mientras que cuatro soldados resultaron heridos. El conflicto también provocó daños significativos en al menos cinco aeronaves, incluidas tanto naves militares como civiles.
Aunque el gobierno de Níger no reportó víctimas civiles mortales, el impacto simbólico y estratégico del ataque subraya la capacidad del Estado Islámico de organizar operaciones complejas incluso frente a estados que intentan reforzar su seguridad interna.
Este ataque fue reivindicado por la Provincia del Sahel y la Provincia del Oeste de África del Estado Islámico, ramas de la organización que operan en el centro y oeste del continente africano y que han intensificado sus actividades a pesar de la presión militar internacional.
Atentado en Islamabad, Pakistán: 6 de febrero de 2026
Solo días después del asalto en Níger, el Estado Islámico volvió a impactar en Asia con un atentado suicida en Pakistán, el 6 de febrero de 2026, dirigido contra una mezquita chií en los suburbios de Islamabad, la capital del país.
La explosión ocurrió durante las oraciones del viernes en la mezquita Imam Bargah Qasr-e-Khadijatul Kubra, una congregación chií llena de fieles cuando un atacante activó un artefacto suicida. El ataque fue rápidamente reivindicado por la Provincia de Pakistán del Estado Islámico, mostrando que las afiliaciones regionales del grupo siguen operativas y con capacidad para perpetrar atentados devastadores.
Las autoridades paquistaníes confirmaron que al menos 31 personas murieron en el atentado y 169 resultaron heridas, muchas de gravedad. Estas cifras convierten al ataque en uno de los más sangrientos en Islamabad en casi dos décadas.
Sectores chiíes en Pakistán han sido blanco recurrente de violencia por parte de grupos extremistas, incluidos tanto el Estado Islámico como otras organizaciones radicales locales, en un contexto de tensiones sectarias y desafíos en la seguridad nacional.
Un grupo terrorista con alcance global y resiliencia estratégica
Los ataques en Níger y Pakistán, separados por miles de kilómetros, ilustran la dispersión geográfica del Estado Islámico y su capacidad de coordinar acciones violentas en múltiples regiones. A pesar de haber perdido territorio en Irak y Siria, donde alguna vez proclamó un “califato”, el grupo ha logrado reorganizarse en diferentes provincias y afiliados regionales que continúan operando con relativa autonomía.
Analistas en seguridad coinciden en que la amenaza del Estado Islámico ya no se limita a un solo foco territorial, sino que se manifiesta en un patrón de ataques dispersos y adaptativos que aprovechan vacíos de seguridad y conflictos locales. Esta estrategia le permite persistir como una amenaza latente en el contexto global de terrorismo.


