Por Alonso Rosales
El bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz se perfila como uno de los mayores detonantes de una crisis alimentaria global en el siglo XXI. De acuerdo con advertencias recientes de la ONU y organismos especializados, la interrupción de esta arteria estratégica —por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial y hasta el 30% de los fertilizantes— no solo amenaza la estabilidad energética, sino que desencadena un efecto dominó sobre los sistemas agroalimentarios globales.
El secretario general de la ONU, António Guterres, ha alertado que, si el bloqueo persiste, millones de personas podrían caer en la pobreza y enfrentarse a condiciones de hambruna extrema. Este escenario se sustenta en una dinámica bien documentada en la literatura científica: la interdependencia entre energía, fertilizantes y producción agrícola. La agricultura moderna depende críticamente de insumos nitrogenados, cuya producción está ligada al gas natural. La interrupción de estas cadenas incrementa los costos de producción y reduce los rendimientos agrícolas.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura ha advertido que esta crisis podría derivar en una “catástrofe alimentaria” global si no se restablecen las rutas comerciales. Según su economista jefe, Máximo Torero, el encarecimiento de fertilizantes —con aumentos de hasta un 20% en 2026— ya está obligando a los agricultores a reducir su uso, lo que impactará directamente en la productividad de cultivos básicos como el trigo, el maíz y el arroz.
Diversos expertos coinciden en que el problema no es coyuntural, sino estructural. El economista Fadhel Kaboub y el relator de la ONU Olivier De Schutter señalan que la dependencia del Sur Global de fertilizantes importados y combustibles fósiles refleja una vulnerabilidad histórica del sistema alimentario internacional. Esta fragilidad se traduce en una mayor exposición a choques externos, como conflictos geopolíticos o interrupciones logísticas.
Los efectos ya comienzan a ser visibles. La caída del tráfico marítimo en Ormuz —de más del 90% en pocas semanas— ha generado escasez de insumos agrícolas en plena temporada de siembra. La FAO advierte que esta disrupción podría reducir hasta en un 50% la producción de cereales en regiones vulnerables como África, agravando la inseguridad alimentaria y elevando los precios globales.
Desde una perspectiva científica, este fenómeno puede entenderse como un “choque sistémico” en redes globales interconectadas. Estudios recientes muestran que la globalización ha aumentado la eficiencia del comercio alimentario, pero también su fragilidad ante perturbaciones, amplificando los efectos en cascada sobre regiones dependientes.
En conclusión, el bloqueo del estrecho de Ormuz no es únicamente una crisis energética, sino un catalizador de una posible hambruna global. Sin intervención internacional —ya sea mediante corredores humanitarios, estabilización de precios o reformas estructurales hacia sistemas agrícolas más resilientes— el mundo podría enfrentar una crisis alimentaria de magnitud histórica en los próximos meses.


