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jueves, 21 de octubre del 2021

Estados Unidos y El Salvador: embajadores, luces y sombras

La relación entre Estados Unidos y El Salvador en la histórica contemporánea, se ha caracterizado por diversas variables ideológicas, políticas, económicas, bélicas o migratorias. En la época de la Guerra Fría, El Salvador fue una pieza clave en el rompecabezas geopolítico, junto con Nicaragua y otros movimientos beligerantes guerrilleros de Centroamérica; en este contexto los embajadores: Robert E. White (1980-81), Deane R. Hinton (1981-83), Thomas R. Pickering (1983-85), Edwin G. Corr (1985-88) y William Walker (1988-1992), administraron las relaciones perplejas -entre gobiernos Republicanos y Demócratas- con el conflicto armado salvadoreño. La ayuda militar, El Mozote, el caso d’Aubuisson, el asesinato de Mons. Romero, los episodios emblemáticos de la Masacre de la Zona Rosa o el asesinato de las Hermanas Maryknoll, las violaciones graves de los Derechos Humanos y hasta la complicidad en el asesinato de los Padres jesuitas de la UCA, aparecen en un amplio listado de apoyos o distanciamientos. 

Con los Acuerdos de Paz –ya derrumbado el Muro de Berlín- llegan otro grupo de embajadores menos conspiradores, más economicistas y vigilantes de la joven democracia salvadoreña: Peter Romero (1992), Gwen c. Clare (1992-93), Alan H. Flanigan (1993-96), Anne W. Patterson (1997-2000), Rose M. Likins (2000-03), Philip C. French (2003), Douglas H. Barclay (2003-06), Charles L. Glazer (2006-09), Robert I. Blau (2019-10), Sean Murphy (2011-12), Mari Carmen Aponte (2012-15), Jean Elizabeth Manes (2015-19) y el actual representante Ronald Douglas Johnson (2019). Obviamente, en este período surgen otros problemas en la relación: Narcotráfico, migrantes, pandillas, los primeros gobiernos de izquierda, la corrupción, TPS, la relación con China y con el Foro de Sao Paulo, entre otros.

Estados Unidos se perfila desde la segunda guerra mundial como la principal potencia de occidente y como el modelo vencedor de todas las batallas económicas globales. En este contexto, aparece como un policía global que vigila, castiga, congela cuentas, elimina visas, bloquea economías, interviene militarmente y con una sutil “mano invisible” corrige los excesos de las democracias de sus socios. También ha definido a los países que conforman el Eje del Mal o lo no alineados.

Ahora bien, el rol de un Embajador es sostener la relación diplomática entre dos naciones, en aspectos políticos, culturales, económicos, etcétera. Esta relación –supuestamente-  no admite la “intervención” en la libre determinación de los pueblos ni en sus asuntos de Estado; sin embargo, dadas ciertas circunstancias de cooperación, relación histórica y/o dominación, en no pocos casos, ciertos países más poderosos intervienen, aconsejan, exigen o chantajean, a cambio de ciertos beneficios o intereses geopolíticos (¿reconocer a China o a Taiwán?). 

En nuestro medio político, siempre se ha creído que “no se cae ni una hoja del árbol” sin el aval o consentimiento de la Embajada de los Estados Unidos, no se sabe si es mito o realidad. Lo cierto es que pese a la mirada norteamericana ninguno de los problemas graves del país se ha minimizado: sigue la corrupción, la migración, las pandillas, etcétera. Sí es cierto que hemos tenido Embajadores más o menos incidentes, seguramente depende del perfil del Presidente al que representan, ya que ha habido Presidentes norteamericanos serios y otros que han dejado mucho que desear… Así recordamos las agudas denuncias del embajador Douglas H. Barclay en contra del sistema judicial corrupto, la afabilidad de Mari Carmen Aponte o el involucramiento cultural de Jean Elizabeth Manes.

En síntesis: Cables van y vienen desde Santa Elena a Washington; un par de visitas presidenciales en 28 años: George W. Bush y Barack Obama; mucho dinero de la cooperación de USAID para democracia, seguridad y educación con limitado impacto; la gente se sigue yendo –hasta en caravanas-; y los salvadoreños residentes en Estados Unidos siguen enviando miles de millones de dólares en remesas.

En esta nueva etapa de los estridentes y similares Presidentes Donald Trump y Nayib Bukele, aparece el Embajador Ronald Douglas Johnson (con una hoja de vida marcada por operaciones militares y de inteligencia), a quien le toca observar el devenir de nuestra institucionalidad democrática; el 9 de febrero fue el primer aviso, ahora siguen las tensiones entre Casa Presidencial, la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional. Lo que sigue es incierto. El Embajador Johnson, hasta el momento es un observador muy cercano al Presidente; sus llamados a la cordura en éste año de crisis han sido a los poderes Legislativo y Judicial, nunca se ha atrevido a decir nada sobre el quehacer del Ejecutivo.

Sabemos muy bien que “America has no permanent friends or enemies, only interests” (Henry Kissinger), aunque una cosa es el gobierno y otra muy distinta el pueblo estadounidense; y debemos reconocer y agradecer la ayuda y cooperación de iglesias, ONG´s, fundaciones, empresas, universidades que año tras año han querido mitigar la pobreza y las brechas socio-económicas de El Salvador. Pero al final caemos en la cuenta que la política es más o menos igual en todas partes, no importa el nivel de desarrollo, siempre hay intereses mezquinos e ideológicos, siempre hay corrupción y siempre hay embajadores que les toca representar los intereses de su gobierno, sea o no ético… 

How do you see the country, how do you see our democracy Mister Johnson…? 

(*)  Oscar Picardo Joao  [email protected]

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