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jueves, 06 de mayo del 2021

El zoológico y la cultura nacional que inspiraron a Roque Dalton

El poeta salvadoreño Roque Dalton se inspiró en una visita al Zoológico Nacional para escribir un poema en prosa.

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DOS RETRATOS DE LA PATRIA

II

A Ricardo Arrieta.

No es necesario jurar que lo que narrare aquí­ es un hecho realmente ocurrido. Los incrédulos podrán consular los diarios salvadoreños del primer semestre de 1969.

En San Salvador hay un zoológico. Se encuentra en un parque más bien bonitillo en la zona sur de la ciudad. Como San Salvador debe tener cerca de medio millón de habitantes, el tamaño del zoológico -una superficie de unas cinco, seis, siete u ocho manzanas- es bastante satisfactorio, sobre todo si hacemos las comparaciones del caso con los zoos de otras ciudades mayores, el de La Habana, por ejemplo, para no ir muy lejos, que viene siendo una cagadita.

En el zoológico de San Salvador, en una jaula de la sección número uno de micos y monos, habita desde hace varios años un mandril bautizado por el público con el nombre genérico que a los mandriles suelen dar en varias zonas centroamericanas, es decir, Pavián. Lo que habla muy mal de la imaginación popular o muy bien de la haraganerí­a salvadoreña, pues habrí­a sido preferible un nombre más personal, más tibio o más emparentado con la historia del género humano. Pavian se hizo muy famoso entre los asistentes asiduos al zoo, por su desfachatada (y muy aplaudida) costumbre de mostrar su pene a las mujeres, actividad en que el feo animal ha mostrado una persistencia francamente pasmosa.

Hay que decir que el zoológico es uno de los paseos más concurridos de San Salvador, fundamentalmente porque para entrar en él y recorrerlo no hay que pagar un solo centavo. Los cines en cambio son carí­simos, los teatros no existen y a los bares no puede uno llevar a los niños.

La concurrencia de la mencionada actividad erótico-animal, por un lado, y la afluencia del público al zoo, determinada Por las condiciones sociales y económicas del pueblo salvadoreño, por el otro, hicieron de Pavián un ser famoso, como nunca antes lo fuera un mandril de la familia "Culo de guinda."

En los meses de abril y mayo de 1969 aparecieron en la prensa diaria de El Salvador diversas informaciones acerca de la compra de nuevos ejemplares para el zoo salvadoreño, efectuada en diversos criaderos y zoológicos de los Estados Unidos, por el Director de aquél, un arquitecto de jardines cuyo nombre se me escapa por el momento. Entre los anunciados osos hormigueros, serpientes, druilas y cebras, Ilaino especialmente la atención la noticia de la compra de una mona mandrila, destinada -según declaración expresa y evidentemente orgullosa del director- a convertirse en la esposa de Pavián.

El diario El Mundo, Propiedad de una sociedad Anónima a la que Pertenecen algunos de los más importantes personajes del Gobierno salvadoreño actual, editado y dirigido por un joven poeta y escritor de cuentos de ciencia-ficción (que se graduara como abogado en Bologna, y fuera posteriormente diplomático por El Salvador ante te los gobiernos de Italia, República Federal Alemana, etc., lo cual habla de un nivel mayor que la simple alfabetización), tomo en sus manos la tarea de efectuar, en torno al simiesco enlace, lo que suele llamarse una promoción publicitaria.

Con tal objetivo, dicho periódico convoco a un concurso infantil ("exclusivamente para los niños salvadoreños") consistente en buscar un nombre para la innominada prometida de Pavián. Entre los niños que coincidieran en proponer el nombre que tuviera más adhesiones, se efectuarí­a un sorteo y -se escogerí­a a diez triunfadores que serí­an convenientemente premiados.

Convenientemente para la tesorerí­a de El mundo, digo yo, porque el mismo anuncio de los premios indicaba -según un nivel normal de apreciación- que la cosa no ameritaba mayores entusiasmos. El primer premio consistirí­a en una bicicleta mexicana, el segundo premio en un par de zapatos, el tercero en no sé qué y ya el décimo vení­a siendo cualquier cosa, un tubo de caramelos o una suscripción a El Mundo por dos semanas. Nada de viajes a Europa con todo  y familia, o casas de cien mil dólares o automóviles Mercedes Benz.

Duramente  algunas semanas, El Mundo dedico abundante espacio a informar sobre los  avances del concurso. Un dí­a se anunció que las reinas de belleza de varias entidades nacionales constituirí­an el tribunal de honor que harí­a  el recuento de los votos para los nombres propuestos y que efectuarí­an en seguida el sorteo entre los adherentes al nombre ganador. Dí­as después se precisó la fecha en que se anunciarí­an los resultados del concurso y los nombres de los triunfadores.

La repartición de premios se fijó para la mañana de un domingo de mayo que suelen ser espléndidos en El Salvador- con un ceremonial a efectuarse precisamente frente a la jaula de Pavián y su esposa. La noche del sábado inmediatamente anterior, un conocido mariachi de San Salvador ofrecerí­a una serenata a los nuevos cónyuges. Una serenata en privado, se puntualizaba. Inexplicablemente A menos que…

Por fin Llegaron los dí­as esperados. En la edición correspondiente al sábado de la serenata, ví­spera de la premiación, El Mundo, anuncio en primera plana, con caracteres de escándalo: "La Novia de Pavián se llamarí­a Reinalda, por mandato de los niños de El Salvador." Al parecer los niños salvadoreños habí­an creí­do justo colocarle a la inmediata media naranja de Pavián, el nombre del personaje de la canción popular, bastante high camp a pesar de su contemporaneidad: Reinalda, la de la minifalda. El Mundo cerraba la información invitando a sus lectores para la ceremonia del dí­a siguiente.

Yo, que me enteraba de todo este proceso precisamente por medio de las páginas de El Mundo, me sorprendí­ vivamente cuando a partir de aquella invitación, de un dí­a para otro, desaparecieron todas las menciones con respecto al concurso y la ceremonia de premiación.

Sin embargo, me tranquilicé pensando que toda aquella actividad debió haber quedado tan pálida y grotesca a la vez, que habrí­a caí­do en el más total y merecido fracaso del mundo y que  El Mundo, habiendo visto cumplidos sus propósitos publicitarios con el barullo armado desde sus páginas, habí­a decidido olvidarse del asunto. Reinalda y Pavián -seguí­ pensando- pasarí­an de nuevo a la pequeña gloria  dominical consistente en salpicar de erotismo primitivo el paseo finisemanal de las familias obreras y artesanas de San Salvador, sin saber que habí­an sido por algunas semanas, en las páginas de El Mundo los principales disputadores de espacio tipográfico frente a los colosales astronautas yanquis, las colosales matanzas yanquis en Vietnam  y los colosales asesinatos de los drogadictos de Nueva York.

¡Pobre de mí­, qué lejos estoy del corazón de mi patria!

Por  las informaciones de otros periódicos salvadoreños, cables de la prensa  internacional, cartas de testigos presenciales y otras yerbas, pude enterarme de la verdad.

Al acto de premiación asistieron, de acuerdo con los datos proporcionados por la administración del zoo (cuya  exactitud se debe a que, aunque la entrada es gratis, se extiende un ticket numerado a cada persona que ingresa), doscientas trece mil cuatrocientas cinco personas.

Si hemos dicho que el zoo de San Salvador tiene una superficie máxima de ochenta mil metros cuadrados y que la mayor parte de esta superficie está ocupada por las jaulas de los  animales en exhibición, dispensarios de veterinaria, oficinas, un lago en cuyo centro surge una isla rocosa poblada de muchos otros monos, fuentes, juegos mecánicos para niños, expendios de comida o refrescos, etc., el tipo de apretujamiento humano que hay que suponer se dio allí­ podrí­a ser un adelanto de lo que va a pasar en el mundo si no nos las ingeniamos para llegar por lo menos a Marte antes de cien años.

Resultados:

Un  zoológico prácticamente destruido; un niño desilusionado regresando a casa con apenas el manubrio de una bicicleta que el señor Director de El  Mundo logro lanzarle completa antes de que una ola humana se lo tragara  y lo hiciera aparecer, desnudo ya, unos veinte metros al norte de la jaula de Pavián; veinte personas gravemente heridas a cuchillo cuando trataron de impedir por la fuerza que el ladrón que tení­an al lado les llevara la cartera, el reloj y la chaqueta; treinta y tres hombres y mujeres noqueados por otros sendos ladrones que en lugar de cuchillo portaban cachiporras y garrotes; setecientas veinte mujeres de distintas  edades, desnudadas en forma violenta, es decir, en uso del método de arrancarles la ropa, total o parcialmente; ochenta y cuatro mujeres violadas (cuarenta y una de ellas, previamente desnudadas en la forma anteriormente descrita; cuarenta y tres, sin desnudar); trece policí­as desarmados, despojados de sus botas, kepí­, correaje o pantalones; siete personas (una señora de su casa, dos tenedores de libros, un Sacerdote redentorista, una niña hospiciada y dos jugadores del fútbol del equipo "Lope del Rí­o Sporting Club," precisamente el defensa derecho y el interior izquierdo) muertos a pisotones por la multitud despavorida, momentos después de que algún chusco no identificado aún grito: ¡¡Se escaparon los leones !!; un estudiante muerto a tiros por la policí­a, estudiante al cual, se asegura en el parte oficial, se le encontró propaganda castro-comunista y un artefacto presumiblemente explosiva a juzgar por la forma, el tamaño y los ruiditos que emite; doce personas gravemente intoxicadas por picaduras de serpiente barba amarilla, cascabel, zumbadora, chinchintora y bejuquilla, a causa de haber caí­do contingencialmente en el foso de los reptiles; trece ventas de golosinas  y refrescos borradas del mapa; trescientas trece personas capturadas como sospechosas de tratar de aprovechar el desorden para atentar contra  la seguridad del Estado; un oso hormiguero, recién venido de Florida, muerto por falla cardí­aca, en cuya adquisición (es decir, no de la falla  cardí­aca, sino del oso hormiguero) se habí­an invertido cinco mil seiscientos dólares en divisas del erario nacional, más de seis mil niños perdidos, de los cuales quedan en poder de la Policí­a ochocientos setenta y tres, para los cuales se ha tenido que erogar un presupuesto de emergencia, aunque se sigue confiando en que la responsabilidad y el amor de sus padres terminaran por hacerse efectivos en forma conveniente  para todos; un supermercado de propiedad norteamericana incendiado, cuando la multitud habí­a salido por completo del zoológico y comenzó a organizarse en forma más unitariamente destructiva, sublimando su nerviosismo en contra de grandes propiedades privadas que, una vez echado un vistazo alrededor, le parecieron de pronto ofensivas y culpables de todo; dos miembros del Partido Comunista de El Salvador expulsados sumariamente de la organización porque después del susodicho incendio comenzaron a gritar "A Casa Presidencial, a Casa Presidencial,"  lo cual (independientemente de que fueran reducidos al silencio por una  enérgica y bien coordinada acción de otros camaradas que por casualidad  y felizmente se encontraban en las inmediaciones) comprometí­a al Partido en una acción tí­pica de espontaneismo pequeñoburgués que no se podí­a quedar así­.

Finalmente, tras la tempestad, vino la calma. Los ánimos se serenaron, las buenas costumbres se impusieron. Y la Virgen del Rosario bien contenta.

Pavián seguirá mostrando su pene  color mandarina a las muchachas y, cuando reparen el zoológico, hasta los muchachos comenzarán también a llegar, displicentemente, para ver qué se va a dar Reinalda en ese terreno, inédito entre los espectáculos.  Eso, claro está siempre y cuando la guerra con Honduras, que comenzó algunas semanas después de ocurridos los acontecimientos narrados en este poema, no termine por convertir al paí­s en un zoo más apretujado que el zoo de San Salvador en la mañana del domingo que se llamó 25 de mayo de 1969.

Tomado de: "Las Historias Prohibidas de Pulgarcito".

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