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jueves, 21 de octubre del 2021

El tiempo es un asesino inmisericorde de recuerdos

Los recuerdos viajan al umbral del inminente olvido. Es la muerte de la memoria, es el tiempo causando estragos sobre lo que fue y hoy se desconoce. 

Ayer teníamos rostros, éramos breves resquicios de carne y hueso de lo que se ha dado por llamar humanidad, mañana seremos espectros sin luz, hojarasca dispersa en suelos amarillos.

No nos percatamos de nuestra personificación de lo efímero, nos sentimos eternos como dioses en miniatura y desafiamos nuestra condición de ser instantes.

¿Cuánta durará el recuerdo de nuestra vida? ¿una, dos o tres generaciones? Las familias pequeñas y el aislamiento social son la condena segura a la amnesia.

Y ofuscados creemos en la trascendencia sideral, buscamos algo más que el vacío y labramos teorías acerca del infinito y nos aferramos en inventar infiernos y paraísos porque la existencia es una estación al más allá y acá es un limbo angustioso.  

Aun así, el resultado es el mismo, el abismo circundante, la oscuridad engullidora y solo el silencio como si nunca hubiésemos vivido.

Ni siquiera legamos ruinas de nuestro nombre, ni cenizas al viento, la muerte es el olvido, la nada de la nada.  

Se perpetúan unos pocos entre los miles de millones de cardúmenes humanos, contadas sus vidas y aportes en efemérides históricas, somos tan miserables ante la brevedad y tan carentes de sentido.

Los recuerdos se tornan difusos, las certezas vitales propias las absorbe la coyuntura y la época, la individualidad y sus identidades ilusorias se prescinden por lo colectivo.

El tiempo es un asesino inmisericorde de recuerdos.      

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