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miércoles, 04 de agosto del 2021

El terremoto del periodismo

La verdad no es una condición ocasional, sino debe de acompañar siempre el periodismo, como un zumbido en nuestros oídos, o el abrigo al frío

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Sucede siempre en los tiempos de tentación autoritaria y de pérdida de la fe en las instituciones democráticas  el periodismo se convierte en el último refugio de los sensatos. Y aun épocas menos aciagas, la comunidad vuelve sus ojos hacia él, en busca de respuestas responsables a problemas complejos.

Pero igual surgen los impostores lo que se formaron en otros oficios y se dedican a trabajar como usurpadores del periodismo profesional  emitiendo opiniones jugando a ser los grandes productores de Televisión o responsables de la salas de prensa y haciéndolo el Salam, Salam, al empresario que está detrás de su salario y el de dos o tres empleados subordinados que lo adulan después de cada entrevista y le asientan la cabeza para rendirle falsamente un aprecio falso.

Está claro que no hay verdades absolutas, por ello hay una búsqueda insaciable de la verdad, mientras el  ingeniero está construyendo un edificio que ha diseñado con perfecta simetría arquitectónica y los abogados aplicando sus argumentos alrededor de las leyes para hacerse de la justicia y aplicara;  a los periodistas nos compete la responsabilidad de trabajar sobre la base de la verdad, subordinando cualquier valor a ella, lo cual implica responsabilidad, servicio. Cualquier práctica de labor que simule ser periodismo, sin estos elementos será cualquier cosas, menos autentico periodismo.

Por ello, es una total lástima que el periodismo se haya arruinado de esa manera, y que las dosis de megalomanía sean las que prevalezcan, que no entandamos que los aires de grandeza,  no se crean de esa manera se demuestran con reportajes  genuinas e investigaciones serias.

Periodismo profesional, no es el que muestra al periodista involucrado en la noticia o protagonizando un enfrentamiento con la fuente, donde la moral de su actuación lo que busca es ser el centro del universo, olvidando  plenamente las audiencias, o de la presentadora que finge ser la belleza de plástico y que adolece de una profunda capacidad de razonamiento de la situación social y que por el hecho de laborar en un medio demanda respeto cuando su comportamiento como ser humano deja mucho que desear, ofende a los demás y se cumbre en el manto de las leyes feministas y del escudo de acusar a los hombres de misóginos.

Hoy vivimos una generación de periodistas hombres y mujeres que no debemos perder la brújula de los códigos y saberes de la profesión, estamos obligados a demostrar a las actuales y generaciones que no hay elección, los farsantes del periodismo tarde o temprano se les acabará su megalomanía. Ser profesional del periodismo es estar claro que existe la pobreza  mental de megalómanos y la agudeza de los que hacen su trabajo de manera profesional y que de manera silenciosa, con sus productos de calidad y elevada moralidad por la profesión. La tragedia del trabajo del periodismo es eso, que a la hora de un terremoto, muchos han buscado refugio en el oficio para satisfacer y hacer  desde sus prácticas un simulacro de periodismo que le ha causado daño al oficio, pues sus imprecisiones han estigmatizado la profesión. Aunque debemos reconocer que toda regla tiene su excepción.

La verdad no es una condición ocasional, sino debe de acompañar siempre el periodismo, como un zumbido en nuestros oídos, o el abrigo al frío. Hay un desafiante dilema en estos días de terremotos, simulacros, y de aires de grandeza que endurece los rostros de los que no aceptamos que todo esté perdido.

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Rigoberto Chinchilla
Periodista de APES
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