Zarko Pinkas-Ramírez |
La noche del 24 y la del 31 de diciembre no miré al cielo. Miré al suelo.
Mientras los cohetes estallaban —solo ruido—, mi perra y mi gata se movían de un lado a otro sin descanso. Jadeaban, temblaban, corrían por la casa buscando un lugar donde esconderse. Las pupilas dilatadas, el cuerpo en tensión permanente, la ansiedad evidente.
No era la primera vez que escuchaban pólvora, pero sí una de las más intensas. El sonido no daba tregua. No había silencio entre un estallido y otro. Para ellas no existía la idea de celebración ni la certeza de que “ya va a pasar”. Solo había ruido, miedo y desorientación.
No soy veterinario. No puedo ni pretendo diagnosticar. Pero convivir con animales permite reconocer cuándo algo no está bien. Y lo que vi esas noches no fue incomodidad: fue pánico.
Cada año, en celebraciones públicas y privadas, el cielo se llena de luces y el aire se rompe en estallidos. Para muchas personas, los fuegos artificiales siguen siendo sinónimo de fiesta, tradición o alegría. Sin embargo, a ras de suelo —en casas, patios, calles y parques— ocurre otra escena, mucho menos visible: animales aterrados, desorientados, temblando, jadeando, buscando refugio donde no lo hay.
En buena parte de Centroamérica, el uso de pólvora no se limita a fuegos visuales. Existen artefactos cuyo único propósito es el estruendo, produciendo un ruido seco, ensordecedor, que atraviesa paredes y cuerpos. Para los animales, ese sonido no es una fiesta: es una amenaza.
El oído animal: un sentido mucho más vulnerable
Perros y gatos poseen un sentido auditivo muy superior al humano. Un perro puede percibir frecuencias hasta cuatro veces más altas que una persona, y un gato aún más. Lo que para nosotros es un ruido fuerte y molesto, para ellos puede ser una experiencia física dolorosa.
El estallido repentino de un cohete genera:
- Aumento inmediato del ritmo cardíaco
- Liberación de cortisol (hormona del estrés)
- Desorientación espacial
- Sensación de peligro inminente
Los animales no entienden de calendarios ni celebraciones. No saben que el ruido “va a pasar”. Para ellos, cada explosión es un evento impredecible, violento, sin explicación.
Ansiedad, pánico y conductas extremas
Basta observarlos para entenderlo. Perros que corren de un lado a otro sin rumbo, que jadean de forma desesperada, que intentan esconderse bajo muebles o cavar el suelo como si buscaran escapar. Gatos que se paralizan, se vuelven agresivos o desaparecen durante horas o días.
En casos más graves:
- Algunos animales se autolesionan intentando huir
- Otros escapan y mueren atropellados
- Se reportan infartos, especialmente en perros mayores
- Se agravan cuadros previos de ansiedad o epilepsia
En la misma línea, investigaciones desarrolladas por la Universidad de Lincoln, en el Reino Unido, uno de los centros más citados en estudios sobre miedo y aversión al ruido en perros, han señalado que entre el 40 % y el 50 % de los perros presentan miedo severo a ruidos fuertes, siendo los fuegos artificiales uno de los detonantes más comunes. Estos estudios describen respuestas de pánico que incluyen agitación extrema, intentos de huida, hipervigilancia y conductas desorganizadas, especialmente cuando el ruido es impredecible y no tiene una referencia visual clara.

Aves y fauna silvestre: el daño invisible
Si el impacto en animales domésticos es evidente, en la fauna silvestre es, muchas veces, invisible… pero no menor.
Aves desorientadas chocan contra cables, ventanas o árboles. Bandadas completas abandonan nidos. Crías mueren al quedar solas. Mamíferos pequeños huyen de sus refugios naturales, exponiéndose a depredadores o al tráfico vehicular.
En ecosistemas ya frágiles, el ruido extremo no es solo una molestia: es un factor de estrés ambiental que altera ciclos de reproducción, alimentación y descanso.
“Es solo un rato”: una frase que no resiste análisis
Uno de los argumentos más comunes para justificar la pólvora es que “solo dura un rato”. Pero ese “rato” puede extenderse por horas o incluso días, sin horarios definidos, sin aviso previo.
Para un animal, no existe la noción de “ya va a terminar”. Cada estallido reinicia el miedo. El cuerpo permanece en alerta constante. El estrés no se apaga con el último cohete: puede durar días.
Además, no se trata de un hecho aislado. Es una práctica repetida año tras año, normalizada, socialmente tolerada, incluso defendida con agresividad.
El impacto en las personas también existe
Aunque el foco de esta reflexión son los animales, no se puede ignorar que muchas personas también sufren: adultos mayores, personas con autismo, con trastornos de ansiedad, con estrés postraumático, bebés y enfermos.
El ruido extremo no es inocuo. La diferencia es que los humanos podemos explicar, anticipar o protestar. Los animales no.

Tradición versus responsabilidad
Cuestionar la pólvora no es atacar la cultura ni la celebración. Es preguntarse a qué costo se sostiene una tradición cuando el daño está documentado y es evitable.
Hoy existen alternativas:
- Fuegos artificiales silenciosos
- Espectáculos de luces
- Eventos comunitarios sin pólvora
- Regulaciones horarias y de decibeles
No se trata de prohibir la alegría, sino de dejar de romantizar el estruendo como única forma de celebración.
Una escena cotidiana que debería incomodarnos
Ver a una chihuahua y una gata desplazarse de un lado a otro, con ansiedad evidente, temblando, sin entender qué ocurre, no debería parecernos normal. No debería ser parte del paisaje festivo. No debería repetirse cada año sin cuestionamiento. El ruido que para algunos es diversión, para otros es terror puro.
Y mientras sigamos ignorando ese miedo —porque no habla, porque no vota, porque no reclama en redes— seguiremos celebrando sobre cuerpos vulnerables.
Tal vez el primer paso no sea una ley ni una campaña, sino algo más simple y más incómodo: escuchar el silencio que los animales necesitan y que nosotros les negamos.


