Por: Francisco (Chico) Campos
Todo apunta a que los males en el transporte colectivo de pasajeros del siglo XXI siguen siendo los mismos que hace 25 años. El traslado diario entre el hogar y el trabajo se ha convertido en un verdadero calvario para los usuarios debido al aumento del congestionamiento, la circulación de unidades obsoletas y el deterioro general del servicio. Muchas de estas unidades transitan con vidrios rotos o parabrisas faltantes que exponen a los pasajeros a las inclemencias del clima, presentan interiores con asientos dañados o reparaciones improvisadas, y vuelven el viaje lento e inseguro.
La magnitud de este problema es enorme si se considera la cantidad de personas que dependen de este servicio. Según estudios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en el Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) se estima que 7 de cada 10 habitantes utilizan el transporte público, generando alrededor de 2.5 millones de viajes diarios. De estos, aproximadamente el 58% se realiza en el sistema de transporte tradicional, lo que se traduce en más de 1.4 millones de viajes al día. Para cubrir esta masiva demanda, el Viceministerio de Transporte (VMT) reportó a principios de 2026 un total de 9,092 permisos vigentes a nivel nacional (6,008 autobuses y 3,084 microbuses), con una mayoría operando en el Gran San Salvador.
Específicamente en el área metropolitana, la Política Metropolitana de Movilidad Urbana de la OPAMSS (2018) registró 4,253 unidades (2,374 autobuses y 1,879 microbuses), cifra que coincide con los promedios históricos del VMT. Lamentablemente, un porcentaje significativo de esta flota opera superando su vida útil legal de 20 años y carece del mantenimiento preventivo adecuado. El evidente deterioro físico se refleja en carrocerías destruidas y puertas que deben ser amarradas con cables para cerrar, mientras que la falta de afinación mecánica provoca que los motores diésel expulsen gruesas y densas columnas de humo negro que asfixian a los transeúntes y contaminan gravemente la ciudad.
A las fallas mecánicas se suma un modelo de operación deficiente basado en la “guerra del centavo”, que obliga a los motoristas a competir de forma temeraria por el pasaje y generar desorden vial. Durante las horas pico, la sobrecarga es extrema; las unidades transitan repletas, con pasajeros colgando peligrosamente de las puertas. Sumado a esto, los salvadoreños deben soportar largas filas a la intemperie en terminales improvisadas, lidiar con el agotamiento y la incomodidad extrema del trayecto, y enfrentarse a la inseguridad ciudadana y al maltrato frecuente por parte del personal que opera las unidades.
La galería de fotografías que acompaña este texto, capturadas durante los últimos años, documenta visualmente los obstáculos cotidianos a los que se enfrenta el usuario. En medio de estas adversidades, muchos pasajeros se las arreglan como pueden para sobrellevar el agotador trayecto: aprovechan el tiempo durmiendo una breve siesta apoyados en las ventanas, dándose un toque de maquillaje de última hora, abanicándose para combatir el sofocante calor o, simplemente, esperando con resignada paciencia la llegada a su destino, mientras sueñan con que un sistema de transporte verdaderamente eficiente se convierta en una realidad en un futuro cercano.
















