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domingo, 09 de mayo del 2021

Desde la poesí­a

Existen diversas formas de denuncia y de defensa de los derechos de personas o grupos a partir del compromiso ético y moral que cada uno asume en esta vida, que no es más que un suspiro en la inmensidad del universo.

Una herramienta efectiva ha sido, y es, la poesí­a testimonial y de denuncia que hiere en lo más hondo hasta a los más ignorantes o estúpidos que desde el poder formal o informal se dedican a violar las garantí­as más elementales de los seres humanos.

Desde hace muchos años, un chiapaneco con corazón centroamericano, Balam Rodrigo Pérez Hernández, se ha dedicado a defender los derechos de los migrantes del istmo que sin documentos ingresan a México para tratar de cruzar el paí­s y alcanzar el llamado sueño americano. Cientos o miles no logran su objetivo y fallecen en el intento porque muchos de los caminos están llenos de espinas y de muerte para ellos.

No es fácil asumir y mantener un compromiso como el de Balam Rodrigo, que a través de la poesí­a denuncia las vejaciones cotidianas que autoridades y delincuentes cometen en contra de los centroamericanos.

Este poeta nació el 11 de octubre de 1974 Villa Comaltitlán; es biólogo de profesión, pero se define como “todólogo”. El nombre de Balam (personaje del Popol Vuh) lo escogió su padre Manuel Pérez Garcí­a y luego Manuel Pérez Moreno y el de Rodrigo, su madre, Gabriela Hernández Garcí­a, que se lo puso por el personaje del Mí­o Cid. De este modo, estuvo involuntariamente involucrado de algún modo en el ambiente de la literatura prácticamente desde su nacimiento y ahora en la ruta de la consagración.

Por la bondad y la vocación de ayudar al prójimo de sus padres, supo desde niño de los sufrimientos de los migrantes que se alojaban en su casa para mitigar el hambre, el frí­o y la soledad de quien deja su paí­s, su cultura, su gastronomí­a, su familia, su todo, para embarcarse en la aventura de un sueño en busca de un trabajo o simplemente para huir de la violencia en su paí­s.

Durante más de una década en su natal Villa Comaltitlán supo de historias trágicas y tristes de centroamericanos cuyos cuerpos inertes quedaron en tierras aztecas a causa de la violencia o porque el tren cercenó sus miembros por descuido.

La casa que en esa época (en la década de 1970 y 1980) tení­an sus padres estaba junto a las ví­as del ferrocarril y por lo tanto el contacto con los viajeros centroamericanos era cotidiano y se veí­an como lo que somos: Hermanos.

No faltó quien una vez del otro lado del rí­o Bravo enviara a su familia cartas de agradecimiento por la hospitalidad recibida en momentos en los que más lo necesitaban. Y también alguna correspondencia de quienes decidieron regresar a su paí­s y ponerle a alguno de sus hijos el nombre de uno de los integrantes de la familia que los hospedó como a uno de los suyos.

Fue así­ como él se fue involucrando en la escritura de poesí­a testimonial para denunciar desde la palabra el drama de los migrantes y para darles voz a través de poemas que ahora migran hacia otras latitudes, pues son conocidos, reconocidos y admirados en Guatemala, El Salvador, Honduras y otros paí­ses de Centroamérica.

Su compromiso con la defensa de los derechos de los migrantes no sólo a través de su poesí­a, ha tenido para él un precio: Amenazas de autoridades y grupos de delincuentes que de una u otra forma se benefician de este sector tan vulnerable.

Ya se ha dicho: Los migrantes no son delincuentes sino personas que buscan mejores condiciones de vida porque en sus paí­ses de origen a los gobernantes poco les interesa el bienestar de sus habitantes, pues están más preocupados y ocupados en apropiarse de los pocos recursos con que cuentan.

Por ello, muchas personas deciden migrar a pesar de los peligros que la mayorí­a de las veces representa cruzar los caminos de muerte en diversas regiones de México. Afortunadamente, siempre hay personas que velan porque se respeten sus derechos, no siempre con éxito, por desgracia.

Entre estas personas se encuentra Balam Rodrigo, quien, como un merecido reconocimiento a su calidad poética, ganó en dí­as pasados el prestigiado Premio Bellas Artes de Poesí­a Aguascalientes 2018, que hace 50 años obtuvo en su primera edición el recientemente fallecido poeta Juan Bañuelos, originario de Tuxtla Gutiérrez. Luego lo ganaron también Oscar Oliva, de la capital del estado, y Efraí­n Bartolomé, de Ocosingo. Balam Rodrigo es el cuarto chiapaneco en ganar el premio y el primero del Soconusco.

Como habitante del Soconusco, supo desde niño de la cercaní­a no sólo geográfica sino cultural, gastronómica, de costumbres y tradiciones de esa región de Chiapas con las vecinas naciones del sur de México.

Ganador de muchos premios, Balam Rodrigo es admirador y lector, por ejemplo, del poeta Roque Dalton, quien posiblemente lo considerarí­a salvadoreño y de Otto René Castillo que podrí­a llamarlo guatemalteco, y así­ otros escritores de los demás paí­ses centroamericanos.

Radicado por ahora en San Cristóbal de Las Casas con su familia, el poeta chiapaneco come pupusas de loroco, garrobo y atol shuco en el Salvador; chuchitos, en Guatemala y baleadas en Honduras.

Cuando habla con un guatemalteco, se siente chapí­n; cuando platica con un salvadoreño, se confunde entre los guanacos y cuando parla con los hondureños es un catracho más.

A nombre de tantos paisanos centroamericanos que no pudieron o no pueden hacerlo, vaya desde este espacio una felicitación y un agradecimiento para Balam Rodrigo, a quien el autor de esta Rotonda Pública, por su condición de migrante, entre otras cosas, considera un amigo, un paisano, un hermano. Fin.

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Elio Henríquez
Corresponsal en México

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