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Desarrollo, descarbonización y terratenientes necios

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La rentabilidad depende de la idea del proyecto, de la tecnología que utiliza, de la capacidad de los recursos humanos que se puedan movilizar y de un ecosistema favorable de infraestructura, contratistas y otros proveedores

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Por Ricardo Hausmann

CAMBRIDGE – A los terratenientes rara vez se los ve como héroes. Mientras que los trabajadores aportan esfuerzo y los capitalistas ponen sus recursos en riesgo, de los terratenientes muchas veces se dice que viven de los esfuerzos de los demás, sin desempeñar una función social útil.

No es de extrañar que muchos países –inclusive todos los de América Latina- prohíban la propiedad privada de los recursos minerales en el subsuelo. Esos recursos pertenecen al estado, que puede explotarlos directamente u otorgar concesiones a capitalistas privados a cambio de una parte de la torta. Esta práctica se originó hace siglos, en época de reyes y emperadores, y se ha mantenido y sustentado ampliamente como una manera de garantizar que la riqueza natural beneficie al país y no a imperialistas extranjeros o corporaciones privadas.

Ahora bien, para beneficiar al país, el estado debe ser un terrateniente responsable. Por el contrario, demasiados países ponen trabas al desarrollo de sus recursos naturales y a las muchas actividades que se podrían generar. Y si bien los más perjudicados han sido en general los propios países, estos comportamientos ponen en riesgo la transición a un futuro descarbonizado.

La capacidad de un terrateniente de obtener una renta depende de tres factores: el excedente esperado –la ganancia- que puede generar el uso de la tierra después de pagar los costos operativos y la depreciación del capital; el costo del capital o la tasa de retorno que la empresa debe pagar para recaudar los fondos necesarios, y el grado de competencia entre los potenciales inversores.

La rentabilidad depende de la idea del proyecto, de la tecnología que utiliza, de la capacidad de los recursos humanos que se puedan movilizar y de un ecosistema favorable de infraestructura, contratistas y otros proveedores. Las buenas ideas, combinadas con las tecnologías y la capacidad de llevarlas a buen puerto, pueden hacer que la producción valga mucho más que el costo de los insumos, arrojando un excedente importante a repartir entre el terrateniente y los inversores.

Cuánto es lo que reciben los dueños del capital depende del precio que los mercados exijan por asumir el riesgo de movilizar el capital. Si el país donde se encuentra el proyecto no es confiable, los mercados de capital invertirán sólo si el retorno esperado es alto. En pocas palabras, los estados poco confiables enfrentan mayores costos de capital, lo que deja menos dinero sobre la mesa para el terrateniente. 

Finalmente, un terrateniente inteligente usa la competencia entre los potenciales capitalistas para obtener la máxima ganancia. Esto es más fácil de lograr si se hace competir a los potenciales inversores por el derecho a acceder a recursos naturales escasos. Cuanto mayor la competencia entre los aspirantes, mayor su voluntad de pagar.

Esto es lo que los terratenientes inteligentes hacen. Desafortunadamente, los recursos naturales son escasos, pero los terratenientes necios abundan.

El ejemplo que mejor representa el problema de los terratenientes necios es el estado venezolano. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, la industria petrolera de Venezuela descansaba sobre las reservas más grandes del mundo, y un gigantesco auge de inversiones privadas había incrementado la producción más del 70% respecto de la década anterior, a 3,4 millones de barriles por día en 1998. Pero Chávez rápidamente incumplió los términos de las inversiones privadas y expropió inclusive empresas de servicios petroleros privadas. Asimismo, despidió a los tecnócratas que administraban PDVSA, la compañía petrolera nacional. Hoy, la producción ha caído a menos del 20% de su nivel de 1998, cediendo participación de mercado a competidores como Rusia, China y Brasil. Las autoridades, en un estado de desesperación, le entregaron las reservas de gas natural offshore de Venezuela a la rusa Rosneft, pero ni siquiera una concesión gratuita logró seducir a la compañía a desarrollar el recurso.

Desafortunadamente, Venezuela no es el único caso. El presidente de Uganda, Yoweri Museveni, ha sido incapaz de desarrollar los recursos petroleros de su país porque supeditó la producción a la construcción de una nueva refinería por parte del desarrollador. Hace más de una década que está esperando.

El problema tampoco se limita a los combustibles fósiles. La extracción de metales y otros minerales siempre ha requerido terratenientes particularmente inteligentes, no sólo para obtener una renta, sino también para manejar las tensiones en torno a las grandes necesidades de agua de la industria y otros impactos ambientales locales. Encontrar soluciones apropiadas y creíbles es esencial para mantener el respaldo público a la minería, cosa que muchos terratenientes no hacen. Australia no le debe su estatus de gigante minero a su riqueza de recursos naturales, sino más bien a un ecosistema productivo que puede respaldar proyectos mineros y a un estado creíble que puede ganarse la confianza de los mercados de capital.

El África subsahariana está en el otro extremo. Allí la exploración para encontrar nuevos depósitos y desarrollar nuevas minas es escasa. Durante más de 20 años, Sudáfrica ha venido anteponiendo los intereses de un grupo estrecho de élites negras a los intereses del resto de la sociedad. A diferencia de Australia, Chile y Perú, atravesó el súper ciclo de las materias primas entre 2004 y 2014 sin ninguna inversión importante.

La necedad de los terratenientes será un impedimento importante para los esfuerzos globales de descarbonización. Cualquier estrategia destinada a limitar las emisiones de dióxido de carbono exige electrificar todo lo que se pueda electrificar, y producir y almacenar esa energía de maneras ecológicas. Esto exigirá un importante auge de la producción de los minerales necesarios, entre ellos cobre, aluminio, cobalto, litio, níquel y tierras raras. Por ejemplo, los mayores depósitos de litio conocidos están en Bolivia. Pero las políticas necias del gobierno boliviano han garantizado que sigan bajo tierra.

Mientras tanto, Chile y Australia han avanzado y hoy representan más del 70% de la producción global. Chile también ha tomado medidas para crear un centro de investigación para tecnologías relacionadas con el litio. Seguramente obtendrá grandes beneficios a partir de las mejoras en la manera en que se extrae, procesa y utiliza el mineral. Pero el país también ha coqueteado con su cuota de ideas necias al estilo boliviano, entre ellas límites a la inversión privada en minería. Esto ha permitido que Australia supere a Chile en un 63%, aunque las reservas de Chile sean más de 2,5 veces mayores.

Un mundo en el que los estados maximizan el valor presente neto de su riqueza mineral es un mundo de países mineros más ricos y de un planeta más verde. Los terratenientes no son inútiles. Pero un mundo poblado de terratenientes necios hace que todos estemos peor.

Ricardo Hausmann, ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard y director del Harvard Growth Lab.

Copyright: Project Syndicate, 2022.
www.project-syndicate.org

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Ricardo Hausmann
Ricardo Hausmann
Ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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