Zarko Pinkas-Ramírez |
El episodio protagonizado por la abogada argentina Agostina Páez en Brasil sumó un nuevo capítulo tras la viralización de un video donde su padre repite gestos racistas. La defensa: culpar a la inteligencia artificial.
El hecho que detonó el caso
El caso de Agostina Páez se originó en Río de Janeiro, donde fue detenida tras realizar gestos racistas imitando a un mono contra trabajadores de un bar. La escena, registrada por cámaras de seguridad, derivó en su arresto bajo cargos de injuria racial, una figura penal contemplada en la legislación brasileña. Durante el proceso, la abogada permaneció más de dos meses bajo medidas restrictivas antes de ser autorizada a regresar a Argentina tras el pago de una caución.
En sus primeras declaraciones públicas, Páez no asumió plenamente la responsabilidad de lo ocurrido y argumentó haber reaccionado ante supuestos gestos obscenos de terceros. Esa línea de defensa introduce un elemento problemático: la idea de que una provocación, real o percibida, puede justificar una conducta discriminatoria, lo que no encuentra respaldo en el marco legal ni en estándares básicos de convivencia.

El video que reabre el escándalo
Lejos de cerrarse, el caso adquirió una nueva dimensión tras la difusión de un video grabado en un bar de Santiago del Estero. En las imágenes se observa a Mariano Páez, padre de la abogada, realizando gestos similares a los que motivaron la detención de su hija en Brasil. El registro fue captado en un entorno público y se viralizó rápidamente, generando una inmediata reacción por la reiteración de la conducta.

De acuerdo con testimonios, el hecho habría ocurrido en un contexto informal y con consumo de alcohol, pero ese elemento no altera la naturaleza del acto ni su impacto público. La similitud entre ambos episodios introduce un factor adicional: la repetición de una conducta que ya había tenido consecuencias legales y mediáticas.
La defensa y la apelación a la inteligencia artificial
Tras la difusión del video, Mariano Páez sostuvo que el material habría sido manipulado mediante inteligencia artificial y denunció un intento de extorsión previo a su publicación. Sin embargo, hasta el momento no existen evidencias técnicas que respalden esa versión. No se ha presentado ningún peritaje, informe digital ni análisis forense que permita sostener la hipótesis de una alteración del video.
Por el contrario, el registro corresponde a un contexto público, con circulación inmediata y consistencia narrativa entre los distintos fragmentos difundidos. En ese escenario, la apelación a la inteligencia artificial aparece más como una estrategia defensiva que como una explicación sustentada. Este punto no es menor, ya que introduce un uso problemático de la tecnología como argumento para desacreditar hechos sin prueba verificable.
Reacciones y deslindes
La propia Agostina Páez tomó distancia del episodio protagonizado por su padre y expresó su rechazo a lo ocurrido. No obstante, su propio caso continúa bajo escrutinio, especialmente por su negativa inicial a reconocer el carácter racista de su conducta en Brasil. Esa tensión entre deslinde y antecedente mantiene el caso abierto en el debate público.
Cuando la negación se vuelve patrón
Más allá de los hechos puntuales, el caso revela una secuencia que se repite con inquietante claridad: un acto de carácter discriminatorio, seguido de una justificación, y posteriormente de una negación, incluso frente a registros audiovisuales. La incorporación de la inteligencia artificial como argumento defensivo suma una capa adicional a ese patrón, al trasladar la discusión desde la conducta hacia la veracidad del registro sin aportar evidencia concreta.
La reiteración de comportamientos dentro de un mismo entorno familiar no permite establecer conclusiones generalizadas, pero sí abre preguntas sobre la normalización de ciertas prácticas y discursos. En ese sentido, el problema no se agota en el acto individual, sino en la dificultad para reconocerlo como tal.
Cuando la evidencia es relativizada y la responsabilidad se desplaza, el debate deja de centrarse en los hechos y pasa a girar en torno a su negación. En ese desplazamiento se juega algo más profundo que la polémica del momento: la fragilidad de los acuerdos básicos sobre lo que efectivamente ocurrió.


