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domingo, 24 de octubre del 2021

Cuidado, golpistas en el Congreso de EEUU

En la última década ha habido muchos derrocamientos e intentonas incruentas, en América Latina y en todo el mundo. Esto lo fue. Con siete muertos, 200 heridos, 300 insurreccionistas acusados y un país en vilo.

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Hace un escaso mes, el presidente Trump intentó llevar adelante un golpe de estado para permanecer en el poder luego de perder las elecciones presidenciales

Y sí, llamemos las cosas como son: fue un burdo, absurdo, grotesco, mal concebido, peor ejecutado, golpe de estado. Pero lo fue. Porque para serlo no se necesita el ejército. Había grupos organizados y armados hasta los dientes que sabían lo que hacían. Había una multitud de fanáticos sin conciencia de lo que hacían.

En la última década ha habido muchos derrocamientos e intentonas incruentas, en América Latina y en todo el mundo. Esto lo fue. Con siete muertos, 200 heridos, 300 insurreccionistas acusados y un país en vilo.

Lo hizo Trump.

Lo hizo con el visto bueno de parte de su partido, con el activismo de sus partidarios y con el silencio aprobador de otros. 

El intento fracasó. Joe Biden es Presidente y en ambos partidos hay un deseo de salir adelante para vencer al coronavirus y superar la crisis económica.

Pero perdura en el Congreso un núcleo venenoso de congresistas que están allí, no para legislar sino para destruir. 

Como el senador Josh Hawley de Missouri, que saludó con el brazo extendido y el puño cerrado, al estilo de Trump, a la turba que el 8 de enero invadió el Capitolio, es el único de los 100 que se ha opuesto, porque sí, a todos y cada uno de los candidatos a puestos miniteriales en el nuevo gobierno. 

Como la congresista Lauren Boebert de Colorado, a quien acusan de haber enseñado a los líderes de la turba, el día anterior del ataque, dónde están las oficinas de la líder demócrata Nancy Pelosi.  Boebert logró sus 10 minutos de fama por intentar introducir ilegalmente armas de fuego al recinto del Congreso, ya que, escribió en Twitter: 

“El gobierno NO puede decirme a mí ni a mis electores cómo se nos permite mantener a nuestras familias seguras”.

 

Y especialmente Marjorie Taylor-Greene de Georgia, con sus declaraciones antisemitas, la información falsa, xenofobia y agresividad.

Es para quien los incendios en el Oeste se deben a que los judíos tienen unos rayos láser que disparan desde el espacio. 

 

Quien dijo, y luego se desdijo, que los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron falsos, al igual que las masacres en las escuelas en Florida y Connecticut. Quien apoyó la demencia de QAnon.

Quien puso un “Me gusta” al que exhortó a aesinar a Pelosi.

El Congreso aprobó la semana pasada – con 11 votos de republicanos – expulsarla de los comités de Educación y de Presupuesto. Ahora insulta a quienes la desplazaron, demócratas o republicanos. 

El solo hecho de su presencia en el Congreso es perturbador. Los republicanos tienen que vigilarla y controlarla. A ella y su cohorte.

Hay más extremistas. Como el congresista Jim Jordan, un que lidera el Grupo de la Libertad del Congreso, un karateka que se pretende populista por ir en mangas de camisa.

 

Mientras la turba se acercaba al recinto de deliberaciones de la Cámara, él insistía en descertificar los resultados electorales en seis estados que Trump perdió. Aunque luego publicó en Twitter su oposición a la toma del Congreso mientras ésta tenía lugar y criticó a los asaltantes, nunca halló que Trump fuese responsable de nada. 

O el senador Ted Cruz de Texas, que se unió a Hawley pero luego en entrevistas cuestionó la actitud de Trump. 

 

Hay más. 

Pero estos son los más sobresalientes, los que menos cuidan sus palabras, los más abiertos en su ideología golpista.

Porque no es otra cosa que eso: la tendencia golpista en el Congreso.

Son más que una espina en el costado de las instituciones democráticas. Son una planta venenosa que puede crecer y asestar una puñalada en la espalda de la democracia

Otros pretenden profesar la ignorancia. Aunque saben que Trump es responsable por los disturbios, se oponen a juzgarlo pretendiendo una falsa anticonstitucionalidad del juicio.  

El líder de la minoría republicana en la Cámara Baja Kevin McCarthy hasta dijo desconocer lo que era Qanon y se negó a sancionar a Taylor-Greene. Sí, tuvo una conversación con ella después de la cual expresó satisfacción. ¿De qué?

¿Quién más? Inicialmente, 12 senadores iban a objetar la certificación de los votos en estados que Trump perdió. Luego irrumpió la turba y todos debieron abandonar el recinto. Al volver, quedaban solo seis: Hawley, Cruz, Tommy Tuberville de Alabama, Roger Marshall de Kansas, Cindy Hyde-Smith de Mississippi. El resto pensó las cosas mejor.

Y más inquietante, 121 miembros de la Cámara de Representantes votaron contra la certificación. 

Queremos creer que quienes no están en esta lista saben la verdad, pero se acobardan. 

Por ellos, Trump será hallado inocente.

Cuesta creer que no aprendieron la lección del 8 de enero, ni la del primer juicio a Trump.

Porque la historia nos enseña, o debe haber enseñado, que la política del apaciguamiento es errónea. Sufrimos dos guerras mundiales por ella.

Que esperar que los subversivos a lo mejor se corrijan es ingenuo. 

Que ser indulgente porque de lo contrario se van a enojar es estúpido. 

Que ponerse obsesivamente y siempre en el medio entre las opiniones, de un lado y de otro, lleva a una pendiente de todo el pensamiento político hacia la extrema derecha. 

Que el temor de los políticos de que si expresan su verdad van a perder su poder es vano, afectado y pretencioso. Y mojigato.

Hay que recordar este momento. Grabarlo en nuestra memoria, porque estamos en un parteaguas. Si no alejamos a estos agentes de la violencia de las fuentes del poder, ahí se quedarán, utilizando los recursos de la democracia para luego intentar destruirla.

El autor es CoFundador de HispanicLA.com

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Gabriel Lerner
Periodista argentino.estadounidense, ex editor general de La Opinión de Los Ángeles, EEUU. CoFundador de HispanicLa.com; colaborador y columnista de ContraPunto
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