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jueves, 06 de mayo del 2021

CUENTO | ¿”¦Y Dios es feliz?

Un cuento en el que el autor cuestiona la moralidad y la tristeza que causa al hombre tener que encontrarse con su interior y creer que no carece de nada

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Sentado en la media noche de mi cama, frigio; con un par de calcetines tan gastados que si un vagabundo los ve se pega un tiro. Repentinamente arremetió contra mis orejas uno de aquellos folclóricos zancudos que sin mediar palabras picoteaban precoces mis tí­mpanos raí­dos; disfrutaban lo suficiente su trabajo como para aceptar morir rechonchos de sangre al estrellarse gloriosamente entre un aplauso o la pared. Venga”¦, el round no nace aún.

Acababa de mirar el óleo del circundante reflejo cotidiano: Despedido. Sí­ que sí­, despedido hasta tu jodida madre. De hecho, conservaba $ 2.00 del último cheque pero con eso no iba a mantener ni siquiera a una lora, y sabí­a que estaba más perdido que aquel docente mí­o de la universidad. Aunque no dejaba de vacilar en el sindicato; el sindicato, sindicato bla bla. Rebobinaba al dí­a en que llegué a la empresa, y se acercó el jefe con aire de pedo fino. Llevaba la corbata más reluciente que habí­a visto ese dí­a. Era casi automático el asunto comparativo; un jefe y un peón, un peón sin corbata, y un jefe estrambótico.

“”Antes que nada déjeme decirle que se mantenga lejos del sindicato””. Dijo.

A los ocho dí­as ya era miembro del sindicato.

No era gran cosa, sólo me hací­a el suizo y fingí­a que tení­a el poder cuando el poder estaba lejos”¦, tan lejos como debí­a estar yo del sindicato. El sindicato siempre andaba husmeando y preguntando, corroborando hasta con los pasos para darle golpe de estado a las jefaturas, y ronroneaba tácitamente un contrato colectivo. Al parecer la última junta directiva nos vendió por unos cuantos dólares, a mí­ no me molesta. Creo que si yo hubiera estado en aquellas reuniones, sin lugar a dudas, habrí­a obtenido un provecho mayor: El paí­s estaba vendido, rentado a los angelitos azules, rojiverdes, mecánicos. Y todos éramos un peldaño en el engranaje freudiano; así­ que por respeto a los otros esclavos, yo sí­, sin miedo a equivocarme, los hubiera vendido al mejor postor y a un precio mucho más decente. En aquel entonces el poder seguí­a caminando por los pasillos, aplastando el polvo con otros zapatos. Llegaban jefes, jefes se largaban pero el poder seguí­a encasquetado en la cumbre como una prostituta que le paga al proxeneta con la misma mercancí­a.

“”Tranquila nena””. Dirí­a el cliente. [Aunque éste no era el caso].

En ese momento tuve unas ganas locas de masturbarme, oh sí­ que sí­, hubiera querido chamuscarme los dedos, y los cayos. Arder como una flama  ciega en un vaso ahogado, arder como un fósforo que se prende instantáneamente para luego morir gozoso, enjuto, marchito. Iba a hacerlo hasta que vi los únicos dólares que quedaban del cheque, estaban  planchaditos en el rincón de la cama. Esos billetes me infringieron una  aniquilación superior, casi como un bólido. Luego supe que no debí­a echarme una paja. Era un mal hábito. Después de todo, un polvo imaginario no representa nada real en el flujo normal de las cosas. El ritmo de los acontecimientos seguirí­a concatenado aún sin el antiguo gravamen. De hecho, no afecta en nada que admita lo efectivo de la crisis, y la no pertenencia a nadie para impedir ingratamente un polvete  transparente. Entonces uno piensa en hacerse rico, vender avon, ropa americana, flautas holandesas, pasteles con licor, frijoles a verga, irse a gringolandia y encontrarse a una viuda negra. Si uno hiciera todo  lo que piensa ni siquiera tendrí­a que agacharse para amarrar los acetatos. Entonces sonó el phone, fue una reprimenda involuntaria que vení­a de alguna parte diciendo: “hey imbécil, ya es media noche”. El aparatito traidor seguí­a haciendo fiesta desde alguna parte de la cama, a  lo mejor debajo de la almohada, o debajo de mis pies, o de mis tripas aguadas, no lo sabí­a con exactitud; ni tení­a fuerzas para saber algo. Fingí­ que veí­a en dirección al sonido y descubrí­ que tení­a tanto sueño que no valdrí­a la pena responder. Moví­ el pie, y empujé fuera de la cama  el artefacto. Al caer se apagó.

“”Vaya cosa””. Susurré. Lo recogí­ y la pantalla iba rajada diagonalmente.

 Le  di unos toques con las palmas, y apreté tantos botones como pude, y apareció el logo digital de la empresa que indicaba el funcionamiento normal del artilugio, sin remediar la obvia cicatriz. Era casi un milagro, y por poco se me escapó un aleluya. Volví­ con el antiguo gesto a  reacomodarme en la cama, y puse el phone en la misma esquina, y me acosté. Apenas cerré los ojos intermitentemente cuando el asuntito sonó de nuevo. Regresé de la cabecera a la esquina, y la luz corrí­a entre lo rajado de la pantalla como un mapa confundido.

Acepté la llamada.

“”Hola”” Dije.

“”¡Cerdo estúpido! ¿¡Cómo pudiste!? ¡Desgraciado!””. Gritaron.

“”¿Quién habla?””.

“”¡TE LO LLEVASTE TODO!””. Replicó.

Corté la llamada.

Regresé  el phone a la cama, alejado de la esquina: El phone se convirtió en un templario digno de admiración, seguí­a vivo después del suceso. Parecí­a un actor, Danny Trejo, con la mueca desparramada por todos lados. Continuaba funcionando a pesar de los indultos y los pesares. Danny Trejo no era un gran actor, pero sí­ que sabí­a gastarles “buena toma” a los directores, y sin duda mantení­a viva la pantalla por unas horas. Luego agarré una colcha rosada que tení­a amontonada en la mesita de noche, y mientras me envolví­a supe que necesitaba un trago. Ergo”¦, un hombre sin vicios no sirve. Al instante sonó el phone lisiado desde las esquina de la cama. No querí­a contestar porque ya me habí­a acomodado, pero acepté la llamada.

“”¿¡Y todaví­a tenés la osadí­a de colgarme!?””. Exclamó.

“”Oiga”¦ no sé quién es”¦””.

“”¿Creés que fingiendo esa voz tan estúpida me vas a engañar?”” Dijo la mujer.

Corté la llamada.

Acomodé  el pobrecito phone en el mismo lugar, se veí­a triste, algo en el semblante le generaba aquel modo peyorativo de apagarse. Querí­a saltar de nuevo, y morir. El phone no consumí­a pastillas, no andaba crudo, y no  ignoraba el vaho nocturno. Lo ideal serí­a copiar su ejemplo, y los genios hacen eso; agarran una navaja, o una corbata, y reposan en alguna  parte de la medianoche sin esperar que los molesten. Reposan. Los genios no habitan el cementerio de los ilustres con Claudia Lars, ni tampoco se les quedan viendo a los bueyes para hacer poemas. Sólo quieren que el balazo o la herida los raje diagonalmente, y en paz. Luego, arañaron el techo, y unas malandanzas invisibles torturaban el lomo de la casa: Me aventé de la cama, y en la sala rondaban los conejos  entre los sillones cansados; llevaban los ojos torvos y grises como un faro en agoní­a. La ventana de la sala tení­a un espacio sin solaires que únicamente se protegí­a por el balcón. Encima de la refrigeradora asomaban cuatro libros de cocina mexicana, y cuando los agarré, a uno se  le cayó la portada, no importa, no era una portada llamativa. Entonces regresé a la ventana, y acomodé los libros destartalados como si fueran piezas de dominó: La idea era crear una muralla en el espacio. El problema era que si caí­a uno, caí­an todos. Los conejos no sabí­an eso.

Regresé al cuarto, y el phone seguí­a tranquilo pero no por mucho”¦ ¡Ring! ¡Ring!

Acepté la llamada.

“”¿Con quién putas estás?””. Dijo la mujer, y le iba a contestar pero unos maullidos reventaron el techo gastado.

“”¿Quién es esa?””. Replicó.

“”Son gatas””. Le dije.

“”¿Va que andás con putas?””.

“”Mire, estaba a punto de echarme una paja hace un rato”¦””. Contesté.

“”¿Ya no me amás?””. Dijo, tristemente.

“”No””.

“”¿Pero por qué mi amor?””.

“”Nunca lo he hecho””.

“”No digás eso””. Dijo, enredando sollozos. [Soy un mal tipo, pensé].

“”Yo te amo””. Dijo. “”Me cogí­ a Charlie sólo por curiosidad”¦””. [Es una putita, pensé].

“”Por curiosidad mirás un eclipse””. Le dije.

“”¡Ay mi amor!””. Exclamó. “”¡No seas tan dramático!””.

“”¡¡¡Pero si le diste el culo a Charlie”¦!!!””. [Vaya, vaya, sí­ que soy bueno en esto, creí­]

“”Pero vos también””. Confirmó.

“”¿También qué?””. Le dije, asustado, jodidamente asustado.

“”Ya sé lo de ayer”¦””. Dijo ella.

“”Ayer no hice nada de nada””. Sentencié.

“”Cómo no, Charlie me contó todo””. Dijo.

“”¡Charlie es un hijo de puta!””.

“”Dice que ambos cabalgaron””.

“”No”¦ sólo cabalgó él”¦ ja”¦ ja”¦””. Chisté.

“”Que mentiroso es Charlie””. Dijo la mujer.

“”Sí­””. Dije.

“”¿Entonces vas a volver?””. Preguntó.

“”¿Por qué no?””. Dije.

“”Bueno”¦, Charlie está conmigo ahora””. Dijo la chica.

“”Decí­le hola de mi parte””. Le dije.

“”Dice que hola””. Dijo la nena.

“”Buenas noches””. Dije.

“”Buenas noches, cariño””. Dijo Charlie.

Corté la llamada, y apagué el phone.

La  gente sí­ que está loca; hace lo que sea por no abandonarse, y no mirar un poco más allá del borde, yo siempre he preferido el borde, así­ como mi phone. El phone es más valiente, mira el precipicio y se arroja, sin importarle la caí­da o el retorno. A veces, las cosas banales tienen más valor de lo que acostumbran. En especial a estas horas cansadas donde se  juntan todas las horas, y repiquetean la consciencia hasta dejar un alarido roto y descalzo en la estanterí­a de la misma. Puedo con eso, un par de abolladuras no cambia el fuselaje; allí­ andarí­a, como un demonio triste y flemático que no hace más que pensar en el castigo que aguarda lento pero seguro; tragando un titular que no es noticia pero tampoco afán.

La noche gélida continuaba respirándome sin prisa, absorbiéndome poro a poro en el ego de su gloria; ese capullo que abre despacio al ronroneo de las láminas que siguen allí­ mutiladas como Cristo en las iglesias romanas. La noche no deja de gritar, y cuando por  fin calla es porque entramada lleva la navaja: Un terror susurrado entre el cansancio de los sillones.

Entre los sillones y el trastero se albergaban pequeñas caritas rojas disimulando de un lado a otro sin engaño posible; se me quedaban viendo con la mueca disparatada.  No creí­ que fuera cierto, y ansiaba enterrar la obviedad del hecho: Eran ellos, dejaron el suave y aterciopelado papel para volverse sicarios”¦ pequeños homicidas peludos en cuatro patas”¦ profanadores en la  hermandad orejona”¦ traidores de la beldad”¦ ¿Pero quién habrá dado el primer salto? Presumo que fue el desgraciado más adorable, ese tuvo que adoptar la entera decisión de abandonar el guión que tan perfectamente habí­an desarrollado estos últimos años. Y lamento confesarle a las caritas rojas la envidia que me provocan con su sonrisa enervada en el piso, clavada en las láminas que observan fugaces al interior del alma la eudaimoní­a en la casa. Entre tanto, buscaba el cadáver, ¿dónde habrí­a  quedado semejante disfraz amargo? Debieron colgarlo en alguna parte para que conservara su forma original. De pronto, apareció la cola de uno de los disfraces, y en seguida otro de los disfraces enteros aún pegado en la ternura del orejón. Observé el otro disfraz con los ojos benignos entre las sombras de la esquinera. En efecto”¦, no habí­an colgado el traje, el papel. Sin embargo, las caritas continuaban sonriendo impregnadas en el piso, carcajeándole al techo arañado un recuerdo que probablemente yo habrí­a olvidado.

La solaire del dominó estaba abierta.

Llevé  atrás a los peludos, y cerré la puerta. Luego atravesé la sala entre los sillones hasta llegar al cuarto solo. Allí­, giré los quicios que cedieron fácilmente (aunque recordaba haberles puesto una tranca de caoba que un viejo escandinavo olvidó por casualidad). Al entrar, el armario estaba entreabierto, y a sus pies yací­a la orquesta de caritas lí­quidas expandiéndose como una máscara triste en el suelo. Llegué un poco más cerca del armario, y oscilaba el vaivén pendular de un quinto miembro sobre la fuente de la máscara triste de las caritas chistando. El embustero, y dueño de ese quinto miembro, no dejaba de mordisquearle los dedos a Centeno; ya le habí­a hecho un hueco en el arca de las carcajadas lí­quidas en las caritas. Del agujero asomaban extrañas blasfemias sobre las antiguas muecas solubles. Era una carcajada mayor que tragaba a la carcajada menor como en un bestiario invertido. Centeno  tení­a la mirada fija en el techo del armario, y el eco con el que veí­a me recordaba la sobria manera de reclamar asuntos inconclusos.

                                                           FIN

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