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viernes, 30 de julio del 2021

Así­ funcionan las ‘drogas de la violación’ en América Latina

El viejo consejo de "nunca perder de vista tu vaso en una fiesta" se ha vuelto en el más repetido por organizaciones que denuncian numerosos casos de violaciones

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Podemos llamarla Cristina, pero también podrí­a ser Andrea o Isabel. Esta historia comienza con una mujer despertando desnuda al filo de la cama de un hotel al que no recuerda haber entrado. La drogaron en una fiesta y su memoria es una nube oscura.

El único recuerdo que le queda de la noche anterior es su propio cuerpo, en el que todaví­a son visibles las huellas de la violación.

El drama de esta mujer, que muchas veces es apenas una adolescente, es cada vez más común de un extremo al otro de América Latina.

"Cuando empecé en 2003, las violaciones usando drogas eran raras. Hoy son muy frecuentes. Es muy fácil conseguir estas sustancias", dice Maria Elena Leuzzi, presidenta de la ONG Ayuda a Ví­ctimas de Violación, una organización que se ha convertido en un referente para las ví­ctimas de abusos sexuales en Argentina.

Cada fin de semana Leuzzi asegura que suele recibir al menos cuatro llamadas de mujeres que describen la misma historia. Se divertí­an en un "boliche de barrio" o en una discoteca exclusiva de Buenos Aires y después no recuerdan nada.

Esta es la misma historia que se repite, una y otra vez, en toda América Latina.

"Sólo en Ciudad de México, más de 300 mujeres son violadas al año en completo estado de narcosis, y la cifra es cada vez mayor", asegura Laura Martí­nez, la presidenta de la Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas (ADIVAC), la única institución civil que atiende los casos de violencia sexual en México.

Esta cifra coincide con el cálculo que hace Carlos Dí­az, toxicólogo con 20 años de experiencia en el laboratorio de quí­mica forense que pertenece a la Procuradurí­a de Justicia de la Ciudad de México.

"En promedio analizamos casi una denuncia por dí­a (…) es notorio que el uso de sustancias que facilitan la violación va en aumento", señala. En la gran mayorí­a de casos las ví­ctimas no llegan a los 25 años.

Dí­az es también catedrático en el Instituto Tecnológico de Monterrey y advierte que existe "un catálogo cada vez más amplio de sustancias sicotrópicas" que se usan para cometer abusos sexuales.

El efecto que se busca en la ví­ctima es siempre el mismo: quebrar su voluntad hasta convertirla en un juguete de su agresor. Un juguete que no tendrá memoria del ataque.

Al alcance de la mano

Lo primero que Cristina vio al despertar fue la alfombra roja del hotel. Le dolí­an los brazos y las piernas. Su ropa estaba a ambos lados de la cama. En una pequeña mesa, bajo una lámpara, un reloj marcaba la 1 de la tarde. 16 horas antes se habí­a arreglado en la habitación de una amiga de la universidad para ir juntas a una fiesta.

Cristina  recuerda que conoció a un muchacho con quien estuvo bailando salsa y luego se quedó conversando con él cerca de la barra. No sabe por qué le pidió a su amiga que se fuera.

Ya en 2010 la ONU advertí­a sobre el incremento alarmante de las "drogas de la violación" y la aparición de nuevas sustancias.

El  informe anual de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) presentado aquel año consideró que estos delitos tienen una "evolución muy rápida" y que en muchos paí­ses los narcóticos usados para este fin se venden sin mayor control.

En el caso de Latinoamérica, las más utilizadas son las benzodiazepinas y pueden conseguirse con facilidad en cualquier farmacia.

Fue justamente benzodiacepina la droga que se encontró en los cuerpos de las turistas argentinas Marí­a José Coni y Marina Menegazzo, asesinadas en la ciudad costera de Montañita, en el oeste de Ecuador.

El  hallazgo refuerza la teorí­a de sus familiares. Ellos están convencidos de que las jóvenes no fueron por voluntad propia a la casa de los acusados, sino que éstos las condujeron narcotizadas, aturdidas y sin ninguna capacidad de resistencia.

"Los  violadores saben qué cantidades les permiten conseguir un estado de sedación y pérdida de memoria. Si se mezcla con alcohol el efecto se potencia", advierte Emilio Mencí­as, representante del Instituto Nacional de Toxicologí­a y Ciencias Forenses de España.

Las benzodiazepinas son drogas de efectos sedantes e hipnóticos que en dosis reducidas se recetan con frecuencia a pacientes que sufren de estrés, crisis nerviosas, somnolencia y ansiedad.

Aunque se suele necesitar una receta médica para conseguirla, los controles son muy fáciles de burlar.  Para Mencí­as, basta con que uno acuda a un médico del sistema público y  luego a uno del privado para conseguir dos prescripciones.

Según la ONU, en algunos paí­ses ni siquiera se exigen recetas y sus farmacias venden estos narcóticos a través de internet o por teléfono e incluso ofrecen enví­os internacionales.

De la Burundanga al GHB

Sin saberlo, muchos debemos de haber visto las plantas de las que se extrae la burundanga, quizá la "droga de violación" más conocida en América Latina.

El estramonio, el floripondio y el toloache, de la familia de las solanáceas, crecen de manera silvestre en toda la región y no es raro hallar sus flores acampanadas en algún parque público.

El principio activo de la burundanga, llamada también "aliento del diablo", es la escopolamina.

Según el Departamento de Salud de los Estados Unidos  este alcaloide provoca desorientación, alucinaciones, amnesia y en dosis elevadas resulta mortal. Sin embargo, a pesar de su peligrosa fama, esta droga se utiliza cada vez menos para agresiones sexuales.

"Esta sustancia hace que la ví­ctima pierda la voluntad, pero también la puede volver agresiva. No es práctica para el delincuente,  que prefiere otras drogas", dice Pilar Acosta, médico del hospital Santa Clara de Bogotá y vicepresidenta de la Asociación de Toxicologí­a Clí­nica Colombiana.

Y en Latinoamérica una de las nuevas drogas silenciosas que está reemplazando a la burundanga es el GHB.

Su  denominación cientí­fica es ácido Gamma-hidroxibutirato, un nombre tan complejo como difí­cil resulta detectarlo. Tiene usos médicos en el tratamiento de la dependencia al alcohol, pero sus usos ilegales son frecuentes y más célebres.

Erróneamente la llaman éxtasis lí­quido porque su primer sí­ntoma es la euforia.

"Es un ácido que no es complicado de sintetizar y algunos delincuentes la preparan hasta con removedor de pintura", dice el toxicólogo mexicano Carlos Dí­az.

El  GHB no tiene olor ni color y basta con mezclar dos o tres gotas en la bebida de la ví­ctima para que ésta quede a disposición del agresor.

Le sucedió a Andrea, en Perú. Siempre fue tí­mida,  pero lo último que recuerda de la noche en que abusaron de ella es que se animó a bailar sobre la barra de una discoteca en un balneario al sur  de Lima. Estaba irreconocible.

Habí­a tomado una copa que le invitaron dos jóvenes y se sorprendió a sí­ misma besando a uno de ellos. Después los acompañó al estacionamiento. Cree que su auto era de color gris, pero no está segura.

El  Centro de Información para la Educación y el Abuso de Drogas de Perú (Cedro) alertó que durante el último verano la venta de GHB se hizo común en las playas de Lima.

Milton Rojas, representante de esa institución, explica que en ese paí­s las drogas sintéticas han bajado de precio y jóvenes que antes no las compraban ahora lo hacen. Cuando se trata de GHB normalmente la piden como "viola fácil".

En comunicación con BBC Mundo, representantes de la Organización Mundial de la Salud señalaron que los controles internacionales para el comercio de GHB son mí­nimos.

Para  esta institución, ni siquiera el uso legal de esta droga se justifica porque existen medicamentos más seguros para tratar las mismas enfermedades.

Violaciones sin registro

Los dramas de Cristina y Andrea son aún invisibles.

En América Latina y España es significativa la ausencia de observatorios  especializados en abusos sexuales que involucran fármacos. Ni los expertos consultados ni tampoco la Oficina de las Naciones Unidas Contra  las Drogas y el Delito (UNODC) pueden dar estadí­sticas precisas.

"Es  arriesgado dar una cifra exacta porque no las hay. Analizamos ocho o nueve denuncias a la semana (…) eso no me lo puede refutar nadie", dice Carlos Dí­az, del laboratorio de quí­mica forense de la Ciudad de México.

"Creo incluso que estoy siendo prudente", agrega.

La poca información que existe en la región resulta incompleta o fragmentada y casi siempre depende de iniciativas ajenas a los gobiernos.

En  Colombia el último informe se desarrolló en la Universidad Nacional tras reunir reportes del Grupo de Élite de Delitos Sexuales entre junio de 2013 y marzo de 2014. Sólo en Bogotá se denunciaron 184 agresiones sexuales de las cuales 53 fueron facilitadas por drogas. Casi la tercera parte.

Tener  información exacta sobre estos casos resulta tan relevante para diseñar  polí­ticas públicas como lo puede ser un buen diagnóstico médico para curar a un enfermo.

"Estamos sólo viendo la punta del Icerberg", asegura Emilio Mencí­as, representante del Instituto Nacional de Toxicologí­a y Ciencias Forenses de España.

Según  Mencí­as, una de cada cinco violaciones atendidas en los hospitales clí­nicos de Barcelona y Madrid involucra drogas. A falta de una autoridad nacional que lo haga, algunos centros de salud han optado por llevar sus propias estadí­sticas.

Las drogas invisibles

A  diferencia de la mayorí­a de ví­ctimas, Isabel despertó en su propia cama. No recordaba la fiesta a la que asistió en casa de unos amigos, en  el barcelonés barrio de Gracia, pero pensó que era porque se habí­a pasado de copas y nada más.

Pronto descubrió detalles en su habitación y en el baño que delataban que alguien habí­a estado con ella.  Su cuerpo también lo notaba. Cuando se atendió en un hospital le confirmaron que la habí­an violado pero las pruebas toxicológicas resultaron negativas.

"Mi primer consejo a una ví­ctima cuando se sospecha que ha sido drogada es que vaya de inmediato a hacerse las pruebas médicas" dice la argentina Maria Elena Leuzzi, presidenta de la ONG Ayuda a Ví­ctimas de Violación.

"Las evidencias desaparecen muy pronto", agrega.

La mayorí­a de "drogas de la violación" se eliminan del organismo en menos de 12 horas. Luego, la única manera de detectarlas es con un examen capilar que se realiza en centros especializados.

Este proceso es más largo, requiere la elaboración detallada de la historia clí­nica del paciente y en muchos casos la ví­ctima debe de pagarla.

Aunque  Isabel llegó al hospital a tiempo, no detectaron nada. El problema en España, como en diversos paí­ses de América Latina, es el protocolo médico.

"Normalmente  se busca cocaí­na, cannabis, benzodiacepinas, alcohol y ya. No se busca más sustancias sicotrópicas porque el protocolo no lo exige", señala el toxicólogo mexicano Carlos Dí­az.

El GHB y otras drogas muchas veces pasan inadvertidas bajo el radar de las pruebas médicas que son fundamentales en un proceso judicial por violación.

Según  Pilar Acosta, vicepresidenta de la Asociación de Toxicologí­a Clí­nica Colombiana, en su paí­s los equipos y reactivos necesarios para detectar estas sustancias tampoco son comunes en los centros médicos.

"Hay un tema de costos, y además muchos delincuentes han aprendido y usan las drogas más difí­ciles de rastrear", advierte Acosta.

Sin  una prueba médica que certifique que fue drogada y muchas veces sin ningún recuerdo del agresor, la violación suele ser el inicio de un drama judicial más largo y también doloroso.

El Instituto Nacional de Toxicologí­a y Ciencias Forenses de España informa que sólo una de cada cinco mujeres que fueron narcotizadas para facilitar una agresión sexual se anima a denunciar el hecho.

Isabel  fue de las que se atrevió y empezó un proceso legal interminable. Llegó  a reconocer a su agresor a través del video de vigilancia del edificio en el que viví­a, pero estas imágenes sólo muestran que ella ingresó de la mano de un desconocido.

El acusado asegura que la relación fue consentida. Para Isabel es muy difí­cil probar lo contrario.

"Nunca pierdas de vista tu copa"

Quizá  éste es el consejo más común que escucha una adolescente que empieza a salir a sus primeras discotecas. No es una advertencia exagerada. Las "drogas de la violación" deben ser ingeridas para surtir efecto.

"Es  un mito que con el simple contacto o roce uno pueda resultar drogado. Ninguna de estas sustancias actúa de esa manera", afirma el toxicólogo español Emilio Mencí­as.

La cantidad que se requiere para narcotizar a alguien suele ser tan baja y se diluye con tanta rapidez que no hacen falta más que unos pocos segundos para que el violador deslice la droga en una copa. Y en un ambiente de fiesta y alcohol, no es difí­cil un descuido.

En  un intento por limitar el uso de diversos fármacos para cometer delitos  sexuales la ONU recomendó a la industria quí­mica desarrollar medidas de  seguridad con colorantes y sabores de manera que la ví­ctima pueda darse cuenta. Esta sigue siendo aún una recomendación.

Desde que diversos medios comenzaron a denunciar el creciente uso de "drogas de la violación"  y sus consecuencias, la mexicana Laura Martinez, presidenta de ADIVAC, empezó a contestar un tipo de llamadas telefónicas que nunca antes habí­a  recibido.

Son mujeres que le cuentan sobre una noche, meses o años atrás, que resulta confusa en sus memorias, y que siempre sintieron que algo no anduvo bien. Despúes de unos segundos le dicen con una convicción que les pesa:

"Hoy estoy segura que aquella vez fui violada".

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Ví­a: BBC Mundo.

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