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jueves, 4 junio 2026

Artemis, la Tierra y el terraplanismo: evidencia científica frente a la ignorancia organizada

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Zarko Pinkas-Ramírez | FOTOS: NASA

Las imágenes recientes captadas por la nave Orión en el marco del programa Artemis de la NASA no deberían reabrir ningún debate sobre la forma de la Tierra. Sin embargo, en un escenario cultural donde la evidencia compite con la sospecha, incluso lo ya demostrado vuelve a ponerse en cuestión.


Las fotografías enviadas por la Orion spacecraft durante las pruebas del programa Artemis Program muestran la Tierra como lo que es: un cuerpo esférico suspendido en el vacío, con una curvatura claramente visible y una delgada capa atmosférica que filtra la luz solar. No se trata de imágenes simbólicas ni interpretativas, sino de registros obtenidos mediante instrumentos ópticos calibrados, diseñados para operar en condiciones extremas y sometidos a verificación técnica constante. En ellas, el planeta aparece como un objeto físico, no como una idea.

Lo que estas imágenes evidencian no es un descubrimiento reciente, sino la continuidad de un conocimiento que se ha construido a lo largo de siglos mediante observación, medición y contraste. Lo que sí resulta contemporáneo es la necesidad de volver a explicar ese conocimiento frente a un fenómeno que no responde a la falta de información, sino a su rechazo sistemático: el terraplanismo.

Para abordar el problema con seriedad, es necesario definirlo con precisión. El terraplanismo actual no consiste únicamente en afirmar que la Tierra es plana. Es un sistema de creencias que intenta reemplazar el modelo físico del planeta por una construcción alternativa que no presenta coherencia interna ni capacidad explicativa. En su versión más difundida, plantea que la Tierra es un disco con el Polo Norte en el centro, rodeado por una muralla de hielo —identificada con la Antártida— que impediría que los océanos se derramen. A partir de ahí, las explicaciones divergen, pero comparten un rasgo común: la negación de la física. Algunos sostienen que la gravedad no existe y que todo el sistema se explica por una aceleración constante hacia arriba; otros proponen que el Sol y la Luna son objetos pequeños que orbitan a baja altura sobre ese disco; y casi todos coinciden en que las agencias espaciales falsifican imágenes y misiones completas.

Las fotografías enviadas por la Orion spacecraft durante las pruebas del programa Artemis Program muestran la Tierra como lo que es: un cuerpo esférico suspendido en el vacío, con una curvatura claramente visible y una delgada capa atmosférica que filtra la luz solar. |

Este conjunto de afirmaciones no constituye una teoría en el sentido científico. Una teoría requiere coherencia interna, capacidad predictiva y posibilidad de ser refutada mediante experimentación. El terraplanismo no cumple con ninguno de esos criterios. En cambio, funciona como un sistema cerrado en el que cualquier evidencia en contra es reinterpretada como parte de la conspiración. Ese mecanismo lo vuelve resistente al debate, pero no lo acerca a la verdad.

Frente a este escenario, resulta imprescindible recordar que el conocimiento sobre la forma de la Tierra no depende de la tecnología espacial moderna. Mucho antes de la existencia de satélites o telescopios avanzados, pensadores como Aristóteles ya habían reunido observaciones que apuntaban de manera consistente hacia una Tierra esférica. Entre ellas, la forma de la sombra terrestre durante los eclipses lunares, que siempre se proyecta como un arco, independientemente de la posición del observador. Este fenómeno, observable sin instrumentos sofisticados, difícilmente puede explicarse mediante un modelo plano.

Un siglo después, Eratóstenes llevó esa intuición al terreno de la medición. Al comparar la inclinación de las sombras en dos ciudades distintas durante el solsticio de verano, logró calcular la circunferencia terrestre con un margen de error sorprendentemente bajo. Lo relevante de este experimento no es solo su resultado, sino su método: una demostración basada en geometría y observación directa, reproducible incluso hoy sin necesidad de tecnología avanzada. Este punto es central, porque establece que la forma de la Tierra no es una creencia heredada, sino una conclusión obtenida mediante procedimientos verificables.

La física moderna, desarrollada a partir de los trabajos de Isaac Newton, no modificó ese conocimiento, sino que lo explicó en términos más profundos. La forma aproximadamente esférica de los planetas responde a la acción de la gravedad, que atrae la materia hacia el centro de masa del cuerpo. Cuando un objeto alcanza suficiente tamaño, esta fuerza distribuye su material de manera uniforme, generando lo que se conoce como equilibrio hidrostático. Este principio no es exclusivo de la Tierra: se observa en todos los cuerpos celestes con masa significativa, desde planetas hasta estrellas.

Un modelo de Tierra plana no logra integrarse en este marco. No explica cómo se comportaría la gravedad en distintas regiones, ni cómo se mantendrían los océanos adheridos a la superficie, ni cómo podrían existir sistemas de navegación satelital que dependen de órbitas precisas. Tampoco puede dar cuenta de la trayectoria de los vuelos comerciales, que siguen rutas coherentes con una superficie curva, ni de la variación de las constelaciones visibles según la latitud. Estos fenómenos no son abstractos: son observables, medibles y consistentes entre sí.

Un modelo de Tierra plana no logra integrarse en este marco. No explica cómo se comportaría la gravedad en distintas regiones, ni cómo se mantendrían los océanos adheridos a la superficie, ni cómo podrían existir sistemas de navegación satelital que dependen de órbitas precisas. |

En este punto, las imágenes del programa Artemis adquieren un valor particular. No porque constituyan una prueba aislada, sino porque se integran en un conjunto de evidencias acumuladas. Funcionan como una confirmación visual contemporánea de un modelo que ya ha sido verificado por múltiples vías independientes. La curvatura del planeta, la distribución de la luz en la atmósfera y la relación entre la Tierra y el espacio circundante aparecen en esas imágenes de manera coherente con lo que predicen la física y la astronomía.

El hecho de que estas imágenes sean cuestionadas no responde a una falla en su calidad o en su origen, sino a un cambio en la forma en que ciertos grupos se relacionan con el conocimiento. Aquí es donde el problema deja de ser científico y se vuelve cultural. El terraplanismo comparte espacio con otros movimientos que rechazan consensos ampliamente establecidos, como el antivacunismo o el negacionismo climático. No se trata de fenómenos aislados, sino de expresiones de un mismo patrón: la desconfianza sistemática hacia cualquier forma de conocimiento institucionalizado.

El escritor Umberto Eco advirtió hace años que la expansión de las plataformas digitales permitiría la amplificación de voces que antes no tenían el mismo alcance, no necesariamente porque fueran censuradas, sino porque no pasaban filtros de validación. En ese contexto, la opinión y la evidencia comienzan a ocupar el mismo espacio, aunque no tengan el mismo valor. La consecuencia no es la democratización del conocimiento, sino su dilución.

En ese entorno, el terraplanismo deja de ser una curiosidad marginal para convertirse en un síntoma de algo más amplio: una cultura en la que la verificación pierde importancia frente a la narrativa, y donde la sospecha se convierte en criterio de verdad. Este desplazamiento no es inocuo. El mismo mecanismo que permite negar la forma de la Tierra es el que permite cuestionar la eficacia de las vacunas o rechazar evidencias sobre fenómenos complejos. En todos los casos, el resultado es el mismo: la sustitución del conocimiento por la creencia.

La forma de la Tierra no depende de una discusión contemporánea. Lo que sí depende de decisiones colectivas es el tipo de relación que una sociedad establece con el conocimiento: si lo somete a verificación o lo reemplaza por convicción.|

Hay, además, un elemento que no puede ignorarse: la dimensión ideológica. Muchos de estos movimientos encuentran cohesión no en la consistencia de sus ideas, sino en la identificación con un discurso que se define por oposición. La ciencia, las instituciones, los organismos internacionales y los sistemas educativos se convierten en enemigos abstractos, útiles para construir una narrativa de confrontación permanente. En ese contexto, la evidencia deja de ser relevante, porque el objetivo no es comprender la realidad, sino desafiarla.

El problema no es que existan personas que sostengan ideas erróneas. Eso ha ocurrido siempre. El problema es la escala y la organización de esas ideas en un entorno que amplifica su alcance y reduce los mecanismos de corrección. Cuando una afirmación sin fundamento puede circular con la misma velocidad y visibilidad que un conocimiento verificado, la diferencia entre ambos se vuelve menos evidente para una parte del público.

Las imágenes de Artemis no van a cambiar eso por sí solas. No porque carezcan de valor, sino porque el conflicto no está en la evidencia, sino en la disposición a aceptarla. La forma de la Tierra no depende de una discusión contemporánea. Lo que sí depende de decisiones colectivas es el tipo de relación que una sociedad establece con el conocimiento: si lo somete a verificación o lo reemplaza por convicción.

Y en esa elección, a diferencia de la forma del planeta, no interviene la gravedad, sino el criterio.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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